Religión en Libertad

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¡Oh, Israel! ¡Qué dolor hiere el costado de la Historia al contemplar tu desvío, amada viña del Señor! No es el juicio de un juez lo que resuena, sino el llanto de un Padre que ve a su primogénito mendigar el oropel de los hombres cuando ya era heredero de la Eternidad. Eras la elegida para ser "luz de las naciones" (Isaías 49:6), y sin embargo, suspiraste por las cadenas de una corona de barro pagano.

Recordamos con amargura aquel día en Ramá. Samuel, viejo y cansado, escuchó vuestra voz pidiendo un rey para ser "como todos los pueblos". La respuesta del Cielo no fue de ira, sino de una profunda y herida tristeza: "No te han rechazado a ti, sino a mí me han rechazado para que no reine sobre ellos" (1 Samuel 8:7).

Desde aquel primer trono, que solo David condujo a la efímera dignidad de su reinado, la historia se volvió una espiral de sombras. Quisisteis la seguridad de los muros y los ejércitos, olvidando que vuestra fuerza era el Nombre del Señor. Por eso, el profeta Oseas lamentó siglos después: "Te perdiste, oh Israel... ¿Dónde está ahora tu rey, para que te guarde en todas tus ciudades?" (Oseas 13:9-10). Los reyes os llevaron a la idolatría, y la idolatría os entregó en las manos de Asiria y Babilonia. El Templo, que debía ser casa de oración para todos los pueblos, quedó desolado porque buscasteis la gloria política antes que la santidad de todos vuestros hijos e hijas. Gloriosas excepciones confirmaron la patética regla... A lo largo de los siglos, terrible eterno retorno, nuevas Babilonias uniformadas os esclavizaron y persiguieron y asesinaron.

Israel, tú no naciste para el encierro dentro de una frontera, sino para la expansión del Espíritu. Tu vocación era la de "un reino de sacerdotes y gente santa" (Éxodo 19:6). Dios te dispersó por el mundo no solo como triste castigo, sino como una siembra.

Porque debías fecundar la tierra con la sangre de tus mártires, esa "víctima de alabanza" que purifica el aire de la Historia.

Porque debías ser el cerebro del mundo con tus sabios y científicos y maestros; y el motor del progreso con tu ingenio.

Pero en la modernidad, caíste en la misma tentación de los días de Samuel. Copiaste a los nacionalismos del mundo mundano, y te miraste en el espejo de las naciones gentiles y buscaste una patria terrenal, olvidando que tu patria es el Reino que no es de este mundo. Como advirtió Jeremías: "¿Acaso ha cambiado alguna nación sus dioses, aunque ellos no son dioses? Pero mi pueblo ha trocado su gloria por lo que no aprovecha" (Jeremías 2:11). Al encerrarte en el orgullo nacional, la savia de tu sabiduría dejó de nutrir al árbol de la humanidad entera, o lo nutrió con tus propios pecados ancestrales.

¡Oh, si hubieras conocido el tiempo de tu visita! Las lamentaciones alcanzan su cúlmen agónico al ver que Israel se hizo pequeño cuando ya se le había dado el Todo. Zacarías profetizó: "Alégrate mucho, hija de Sión... he aquí que tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno" (Zacarías 9:9).

Y el Rey vino. Pero como no traía legiones, sino amor; como no traía decretos, sino el Sermón de la Montaña; como no buscaba expulsar a los romanos, sino al pecado, no fue reconocido. En Cristo Jesús, el Mesías, todas las promesas de los profetas se hicieron carne y sangre. Y se cumplieron hasta la última tilde. Él es el verdadero Israel, Él es el que finalmente cumplió la misión de ser bendición para todas las familias de la tierra (Génesis 12:3).

¡Ay de ti, Israel, que buscas todavía la sombra de un trono nacional, sin ver que el Trono de David ha sido elevado a la derecha del Padre, y que tu verdadera corona es la corona de espinas que hoy redime al mundo entero! Vuelve a tu misión alta, exacta; vuelve a ser la luz que fecunda, porque el Mesías ya ha vencido y Su reino no tiene fin. Y tú, Israel, tú esperas Su venida gloriosa, ¡oh, misterio inefable!, tanto como la esperamos nosotros, los cristianos.

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