Puentes de piedra sobre el infierno
Al seminarista que se prepara para el sacerdocio le aguarda un poder que solo él tiene y le distingue de los demás.
Cuando el seminarista llega a la ordenación y se postra en el suelo, un compromiso que adquiere es esencial: llevar los sacramentos.
He visto a jóvenes entrar en el seminario con la mirada empañada por un romanticismo de guardería, creyendo que el sacerdocio es una especie de voluntariado con uniforme de gala. ¡Incautos! Se lo dije a uno que sentía la "vocación" como quien siente un cosquilleo en las vísceras:
-Mira, infeliz -le espeté-, si vas allí para ser "buena persona", quédate en tu casa. Si vas para ejercer la caridad, para predicar con palabras dulces o para evangelizar a los infieles, no tienes más obligación que yo, muchacho. Porque también debo amar al prójimo hasta que me duela el alma; también debo dar testimonio de Cristo en el fango de mi oficina y en el exilio de mi celda cotidiana. En eso, tú y yo somos iguales: dos soldados rasos cubiertos de la misma mugre.
»Pero hay una frontera, un abismo de fuego que nos separa. Tú vas a tener algo que yo, por más que me desangre en la retaguardia, jamás podré poseer. Vas a tener un poder que haría palidecer las fantasías del Tolkien más místico; un poder que no es tuyo, que te ha sido dado por el Altísimo para que no muramos de asfixia en este mundo oscuro.
»Escúchame bien:
»¡Administra los sacramentos! Esta es tu única, absoluta y aterradora razón de ser. No me vengas con tus crisis de identidad, con tus planes pastorales o con tu sociología barata. No me importa si eres simpático, si eres inteligente o si te dejas crucificar por todos los poderes del mundo. Todo esto es nada, humo y ceniza, comparado con el milagro de tus manos consagradas.
»Nosotros, los que estamos en la trinchera del siglo, los que nos arrastramos entre las espinas de la familia y el trabajo, necesitamos los sacramentos.
»Estamos sedientos, devorados por la lepra del pecado, y tú eres el único que tiene la llave de la fuente. No podemos conseguirlos de otra parte. No hay sustituto, no hay alternativa, no hay sucedáneos en el mercado de las almas.
»¡Confiesa! ¡Limpia nuestra podredumbre con el perdón que solo tú puedes pronunciar! ¡Danos la Santa Misa! ¡Baja a Dios al altar aunque tus manos tiemblen de indignidad! ¡Bautiza, unge a los moribundos, arranca a las almas de las garras del abismo!
»Haz que descienda lo Sagrado, maldita sea. Haz aquello que los demás, por más que amemos a Cristo, no podemos hacer. No busques ser "uno más entre nosotros", porque si te haces igual a nosotros, ¿quién nos salvará? Sé el canal de la Gracia, sé el puente de piedra sobre el infierno. Todo lo demás es paja que el viento se lleva. Danos a Dios, porque para todo lo demás, ya nos bastamos nosotros mismos.
»"Dadles vosotros de comer ". Esa es la orden, la misión, el amor mismo. Por favor, por favor: hoy, ahora. Mañana será tarde.