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La cuarta vigilia

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¿Por qué se aparta el Señor de sus discípulos temporalmente después del gran signo de la multiplicación de los panes y los peces? ¿Por qué les deja solos y perdidos en una barca durante toda la noche? ¿Por qué no es hasta el amanecer cuando Jesús sube a la barca con ellos después de hacer ademán de pasar de largo?

No sé si te has hecho alguna vez estas preguntas, pero estoy convencido de que sí te has hecho, al menos, una de las siguientes: ¿Por qué tengo la sensación de estar atravesando esta difícil situación en soledad? ¿Por qué se alarga tanto esta agotadora temporada en la que siento que todo se mueve bajo mis pies? ¿Por qué reaparece el fantasma del miedo y la incertidumbre en el horizonte de mi vida?

Yo me he hecho estas preguntas, y alguna más, en varios momentos de estos últimos años. El relato del Evangelio correspondiente ha traído consuelo y gran esperanza a mi corazón, en situaciones concretas que quizás no he terminado de comprender por tener la mente embotada como los discípulos.

Es posible que necesitemos vernos solos en mitad de la noche para valorar el esfuerzo de hacer todo lo que esté en nuestros manos para avanzar; sin embargo, hasta que no descubrimos que la obra es suya y que solo junto a Él es posible dar fruto abundante y duradero, el viento contrario no amaina para que nuestra barca pueda continuar su camino.

La noche, según la costumbre romana, comenzaba con la puesta del sol y se dividía en cuatro partes o vigilias, de tres horas cada una: atardecer, media noche, canto del gallo y aurora. El Señor, por tanto, se dirigió hacia los discípulos hacia el amanecer. De esta manera les enseña que, aun en medio de las situaciones más apuradas e inexplicables de la vida, Él siempre está cerca de nosotros para sacarnos adelante, no sin antes habernos dejado luchar para que se fortalezca nuestro carácter y nuestra fe.

Este relato evangélico nos muestra que, tanto los discípulos como nosotros mismos, en muchas ocasiones no acabamos de entender las maravillas sobrenaturales por tener aún el corazón y la inteligencia endurecidos. Las palabras de Jesús -Ánimo, soy yo, no tengáis miedo- son capaces de sostenernos para no bajar los brazos y rendirnos. Cuando estamos en el colmo del estupor, como los discípulos, no somos capaces de reaccionar y de caer en la cuenta de que lo único que resulta decisivo en nuestra vida es que nunca me baje de la barca en la que Jesús desea remar conmigo.

No sé cuál es tu historia y cómo es el momento que te encuentras viviendo hoy, pero lo que sí te puedo decir es que tu vida no pasa inadvertida para Él. Esto significa que camina contigo, que no desea pasar de largo y que no es un fantasma. Su amor es real y lo único que espera es que seas capaz de reconocerlo junto a ti para que así puedas tener ánimo y el miedo desaparezca por completo.

“Ánimo, soy yo, no tengáis miedo.”

Fuente: kairosblog.evangelizacion.es

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