Religión en Libertad

Ignasi de Bofarull

Profesor emérito de la Universidad Internacional de Cataluña

El dolor tiene sentido y no es absurdo

El dolor de Cristo

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Un hecho universal, una interpretación decisiva

El dolor forma parte de la vida. Nadie escapa a él: ni creyentes ni no creyentes. Aparece en la enfermedad, en la pérdida, en la humillación, en la vejez, en la angustia. Es la antesala de la muerte. La cuestión decisiva no es si sufriremos, sino qué sentido tendrá ese sufrimiento.

Nuestra época intenta ocultarlo, anestesiarlo o reducirlo a un fallo biológico o, a veces, psicológico. Pero el dolor vuelve siempre. Y cuando no encuentra sentido, se vuelve más difícil de soportar.

Cuando el dolor se vuelve absurdo

Para quien no tiene fe, el sufrimiento corre fácilmente el riesgo de convertirse en absurdo. Es una fuerza que interrumpe, hiere, limita y rompe los planes. Entonces el dolor parece no servir para nada. Corroe, abaja, desorienta y desencaja la vida salvo que se sea sumamente estoico. El sinsentido campa a sus anchas.

Todos, hasta los más creyentes, se pueden derrumbar. No se trata de juzgar a nadie, sino de reconocer una experiencia humana real: cuando el dolor no puede ofrecerse a nadie que pueda entenderlo y acompañarlo, o vivirlo serenamente como la culminación de una vida, cuando, sencillamente, no se inscribe en una historia de salvación, en la trascendencia resulta mucho más difícil no romperse por dentro.

La novedad cristiana: nada se pierde

La visión cristiana no niega la dureza del sufrimiento. No dice que el dolor en sí mismo sea bueno. Dice algo más profundo: el dolor, unido a Cristo, no se pierde. Da fruto.

Esta es una de las enseñanzas centrales de Salvifici Doloris carta apostólica de san Juan Pablo II dada a conocer en 1984. A la luz de la cruz, el sufrimiento humano puede participar del sufrimiento redentor de Cristo. Por eso san Pablo escribe: “Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).

Esto no significa que a la cruz de Cristo le falte eficacia. Significa que el Señor ha querido abrir un espacio para nuestra participación. El cristiano no solo soporta el dolor: puede ofrecerlo, unirlo, entregarlo.

El dolor como participación en la redención

Aquí aparece una verdad inmensa: el dolor vivido en Cristo puede ser corredentor. No porque el hombre se salve a sí mismo, sino porque Cristo le permite unirse a su obra salvadora.

Entonces el sufrimiento puede convertirse en ofrenda, reparación, purificación y maduración interior. En la economía de la salvación, ninguna lágrima ofrecida es estéril. Ninguna enfermedad llevada con amor, ninguna noche vivida en fe, ningún cansancio aceptado por Cristo queda vacío.

Por eso puede decirse también que el dolor repara, en unión con el Señor, los sufrimientos del Corazón de Jesús. No como si Cristo necesitara ser completado en su divinidad, sino porque su amor crucificado quiere asociarnos realmente a su entrega.

Tomar la cruz: no una metáfora, sino un camino

El Evangelio lo dice con una claridad radical: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16,24).

La cruz no es un elemento secundario de la fe cristiana. Está en el centro. No porque Dios ame el sufrimiento, sino porque ha querido vencer el mal desde dentro, atravesando el dolor extremo y transformándolo en camino de vida.

Desde entonces, la cruz ya no es aparentemente una derrota. Puede ser también fidelidad, amor, reparación y esperanza. La cruz es victoria sobre la muerte y el pecado.

San Juan de la Cruz, Edith Stein y la cercanía a Cristo

San Juan de la Cruz y Edith Stein, santa Teresa Benedicta de la Cruz, comprendieron esto con una profundidad singular. En ambos, acercarse a la cruz no significa buscar el dolor por sí mismo, sino acompañar a Cristo y dejarse configurar por Él.

Muy a vuela pluma: mientras que en San Juan de la Cruz el dolor es purificación (quitar lo que sobra) en la Noche Oscura, en Edith Stein, es configuración (hacerse uno con Cristo en el sacrificio) desde la Ciencia de la Cruz.

En esta escuela espiritual, el sufrimiento no aplasta sin más. Purifica, fortalece, ordena el alma, la hace más verdadera. El dolor abrazado a la cruz nos enrecia y nos eleva. No elimina las lágrimas, pero les da una dirección. No suprime la prueba, pero impide que el absurdo tenga la última palabra.

No es casual que san Juan Pablo II se sintiera cercano a esta tradición espiritual. Su comprensión del sufrimiento cristiano participa de ese horizonte: la cruz no destruye al hombre cuando se vive en Cristo; lo puede transfigurar.

Una pedagogía del dolor

Todo esto exige una verdadera pedagogía del dolor. Y esa pedagogía no puede ser abstracta. Debe ser narrativa, encarnada, visible en vidas concretas. El dolor se aprende a vivir viendo cómo otros lo viven.

No bastan ideas generales. Hace falta testimonio. Hace falta compañía. Hace falta una pastoral del dolor con palabras verdaderas, sacramentos, silencios, presencia y también buenos libros para acompañar a enfermos y agonizantes. En definitiva, sobrenaturalizar el dolor desde la oración.

Porque hoy el peligro es claro: en un mundo descreído, el dolor puede tumbarnos, desorientarnos, hacernos pensar que todo carece de sentido. Por eso hay que explicar, presentar y ofrecer esta vía cristiana para que nadie se rompa por dentro creyendo que su sufrimiento no vale nada.

La familia, primera escuela del sentido

La familia es el primer lugar donde el dolor puede recibir sentido. Los hijos aprenden allí cómo se sufre: mirando a sus padres, a los abuelos, a la familia cercana.

Si ven desesperación, aprenderán miedo. Si ven amargura, aprenderán resentimiento. Pero si ven dolor vivido con verdad y esperanza, aprenderán algo decisivo: que el sufrimiento no tiene la última palabra. Vivirán en la confianza y en el abandono, y no es facil, hay que perseverar, y sus vidas tendrán y ofrecerán paz.

Una madre que cuida con amor, un padre que ofrece su cansancio, un abuelo que soporta su enfermedad con paz: todo eso educa más que muchos discursos. La familia, y también la familia extensa cuando es posible, puede ser una escuela silenciosa de fortaleza y consuelo. Y además porque el dolor de suyo necesita ser acompañado por manos expertas.

Semana Santa: de alguna manera como derrota del absurdo

Al acercarnos a la Semana Santa, esta verdad se vuelve especialmente luminosa. El Señor nos salvó desde el dolor más extremo. Entró en el abandono, en la humillación, en la herida, en la muerte. Y desde ahí venció.

Cristo venció el absurdo de un dolor que no sirve para nada. Desde la cruz, el sufrimiento ya no es solo caída: puede ser entrega. Ya no es solo pérdida: puede ser ofrenda. Ya no es solo noche: puede ser paso.

Una verdad que hay que volver a enseñar

Estamos ante un tema inagotable. Estamos ante uno de los grandes temas que esta sociedad del espectáculo esconde cuanto puede. Hay que enseñarlo en la familia, hablarlo con los amigos, presentarlo en la catequesis, pensarlo en la pastoral. El hombre contemporáneo sigue sufriendo, aunque ya no sepa interpretar su sufrimiento. Y este estadio hay que superarlo con formación, mancomunadamente, en grupos amplios de oración bien conducidos catequéticamente. De jóvenes, adultos y mayores

Por eso urge repetir esta verdad sencilla y decisiva: en las manos del Señor, todos los dolores pueden ser acogidos. Y cuando se viven desde la cruz, con Cristo y en Cristo, ya no hunden necesariamente al hombre, sino que pueden purificarlo, sostenerlo y abrirlo a una esperanza más fuerte que el dolor mismo.

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