Religión en Libertad

León XIV

Creado:

Actualizado:

Santo Padre León XIV: una oportunidad para la claridad

Robert Francis Prevost lleva poco más de un año como Papa, y lo que ha mostrado hasta ahora invita a la esperanza. Su perfil de misionero agustino formado en el corazón de América Latina, su sobriedad, su cercanía pastoral y su conocimiento profundo de la Iglesia universal desde el Dicasterio para los Obispos le dan una credibilidad que no se improvisa. El mundo lo eligió personaje del año 2025. Los católicos que anhelamos claridad le pedimos algo más: que aproveche este momento histórico para decir lo que necesita ser dicho.

Hay cuestiones que llevan demasiado tiempo envueltas en una ambigüedad que no beneficia a nadie, salvo a quienes quieren usar esa ambigüedad para avanzar agendas que la Iglesia no puede abrazar sin traicionar a su Señor. León XIV tiene ante sí una oportunidad única: la de un pontificado nuevo, sin las hipotecas del anterior, con autoridad moral intacta y con el mundo mirando. Sería una pena desperdiciarla.

El nudo que nadie quiere desatar: los actos homosexuales

La Fiducia Supplicans, la presión ejercida durante el Sínodo sobre la sinodalidad, las declaraciones de cardenales que compiten entre sí por ver quién va más lejos, han creado en los fieles una confusión que no es teológica sino existencial: ¿ha cambiado algo en la doctrina de la Iglesia sobre la homosexualidad? La respuesta es no. El Catecismo no ha cambiado. Pero la percepción de muchos es que sí. Y la percepción en pastoral tiene consecuencias reales.

León XIV tiene la ocasión de reafirmar, con la caridad que le caracteriza y sin acritud, algo que ya está dicho pero que necesita ser repetido con voz clara: la Iglesia ama a todas las personas, incluidas las que experimentan atracción homosexual, con un amor que no negocia con la verdad. Ese amor no puede consistir en aplaudir lo que no es bueno para la persona, del mismo modo que un médico que ama a su paciente no le dice que el veneno es medicina. La bendición de personas siempre es posible. La bendición de uniones que contradicen el plan de Dios no lo es, por mucho que se disimule con eufemismos pastorales.

Lo que los fieles necesitan no es que el Papa condene a nadie. Lo que necesitan es saber que la Iglesia sigue creyendo lo que siempre ha creído, y que la misericordia y la verdad no son enemigas sino esposas. Esa claridad, Santo Padre, es un acto de amor.

El doble rasero que corroe la credibilidad

Hay una incoherencia visible que muchos fieles perciben aunque no siempre sepan articularla: la Iglesia parece tener un baremo distinto según la dirección en que se producen las desviaciones. Comunidades que celebran la Misa según el rito antiguo y que no han cambiado una coma de su fe son tratadas con desconfianza y restricciones crecientes. Al mismo tiempo, voces que cuestionan abiertamente la doctrina sobre la familia, la sexualidad o la moral, o que introducen en la pastoral categorías tomadas del pensamiento woke más que del Evangelio, se mueven con una libertad que nadie parece querer cuestionar.

No pido que la Iglesia se convierta en un tribunal de la Inquisición. Pido coherencia. Si la fidelidad al Magisterio es exigible, que lo sea para todos, con independencia de la dirección ideológica en que se produzca la desviación. León XIV, que conoce bien la Iglesia universal por haber sido responsable del nombramiento de obispos durante años, sabe mejor que nadie lo que está pasando. Tiene la autoridad y el conocimiento para poner orden. Y tiene la oportunidad de hacerlo desde el principio, sin que nadie pueda acusarle de romper con su propio legado.

La FSSPX: sanar una herida innecesaria

Para quien no esté familiarizado con este tema: la Fraternidad Sacerdotal San Pío X es una comunidad de sacerdotes fundada en 1970 por el arzobispo Marcel Lefebvre como respuesta a lo que él consideraba una aplicación excesivamente rupturista de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II. Celebran la Misa según el rito tradicional anterior al Concilio y defienden una doctrina católica sin ambigüedades. Su situación canónica es irregular desde 1988, cuando Lefebvre ordenó obispos sin mandato pontificio y fue excomulgado. Juan Pablo II inició gestos de acercamiento, y Benedicto XVI dio un paso decisivo en 2007 con el motu proprio Summorum Pontificum, que liberalizó la Misa tradicional para todos los sacerdotes y levantó las excomuniones de los obispos lefebvrianos en 2009, abriendo un proceso de diálogo que nunca llegó a completarse. Francisco frenó ese proceso con la Traditionis Custodes en 2021, que volvió a restringir la Misa antigua, enfriando las posibilidades de regularización. La Fraternidad sigue hoy en ese limbo canónico, sin estar plenamente integrada en la estructura de la Iglesia. 

La situación canónica de la Fraternidad San Pío X sigue siendo un enigma que muchos fieles no entienden y que causa un daño pastoral real. No se trata de dar la razón a nadie en los debates litúrgicos o eclesiológicos que subyacen. Se trata de que hay comunidades que confiesan, bautizan, celebran la Eucaristía y defienden sin ambigüedades la doctrina católica, y que sin embargo permanecen en una situación irregular que contrasta llamativamente con la tolerancia que se dispensa a quienes se mueven en la dirección contraria.

El pontífice que lleva el nombre de León, que en la historia de la Iglesia ha sido sinónimo de fortaleza doctrinal y de capacidad para afrontar los retos del tiempo, podría encontrar una vía para regularizar esta situación. Sería una señal de que la Iglesia es capaz de ser maternalmente amplia con quienes la aman, y que las regularizaciones canónicas no son patrimonio exclusivo de una tendencia. 

Reconozco que la FSSSPX se ha enrocado en su posición, y que no lo está poniendo fácil. Reconozco que sería necesario sentarse largo tiempo para que comprendieran algunas cosas. Pero creo también que volver a un tema de sanciones canónicas sin más no ayuda - y más cuando a otros que defienden verdaderas herejías no se les dice nada. Creo que una buena dosis de claridad arreglaría muchas cosas. Corremos el riesgo de volver al posconcilio... 

Los mártires de hoy: la vergüenza del silencio

Hay algo que debería avergonzarnos a todos y que sin embargo no parece mover demasiado las agendas eclesiales: en este momento los cristianos son la minoría religiosa más perseguida del mundo. En Nigeria, en el Sahel, en Oriente Medio, en India, en China, en Corea del Norte, nuestros hermanos son asesinados, encarcelados, violados y expulsados de sus tierras por el único delito de llevar el nombre de Cristo.

León XIV reconoció este año como mártires a 124 sacerdotes de Jaén fusilados durante la Guerra Civil española, y es un gesto hermoso que honra una memoria necesaria. Pero los mártires de hoy también necesitan una voz. La Iglesia tiene la obligación profética de denunciar sin ambigüedades la persecución de los cristianos donde quiera que ocurra, sin que el lugar o el perpetrador de esa persecución la haga más o menos incómoda de denunciar. El silencio selectivo tiene un precio moral.

La agenda woke no es el Espíritu Santo

El Espíritu Santo ha guiado a la Iglesia durante dos mil años por caminos que con frecuencia han contradicted los consensos culturales de cada época. En los primeros siglos contradijo el paganismo. En la Edad Media puso freno a los abusos de poder. En la modernidad se enfrentó al materialismo y al totalitarismo. Hoy tiene también algo que decir frente al pensamiento dominante que quiere redefinir al ser humano desde sus deseos más inmediatos.

La agenda woke —con su disolución de la identidad sexual, su relativismo antropológico, su cultura de la cancelación y su sustitución de la verdad por el relato— no es una versión moderna del Evangelio. Es, en muchos puntos, su contrario. Cuando esa agenda entra en diócesis, seminarios, documentos pastorales y sínodos diocesanos, no es el Espíritu Santo quien entra: es el espíritu del tiempo, que en la Escritura tiene otro nombre bastante menos amable.

León XIV tiene el perfil para decir esto sin sonar a reaccionario. Él sabe lo que es vivir en el mundo real, en Perú, entre los pobres, lejos de los salones académicos donde se fraguan estas teorías. Que hable desde esa experiencia. Que diga que la Iglesia ama a todos los seres humanos precisamente porque cree que tienen una dignidad objetiva que no depende de sus elecciones, y que esa dignidad merece algo mejor que ser disuelta en un caleidoscopio de identidades intercambiables.

Una propuesta, no una queja

Escribo esto sin amargura y sin la pretensión de dar lecciones a nadie. Lo escribo como sacerdote que acompaña a personas reales, que recibe preguntas reales, que ve cómo la confusión tiene víctimas reales. Y como alguien que cree que la Iglesia tiene todas las respuestas que el mundo necesita, si encuentra la valentía de darlas con claridad y con amor al mismo tiempo.

León XIV lleva el nombre de quien escribió la Rerum Novarum y de quien, siglos antes, defendió el misterio de Cristo frente a los que querían diluirlo en formulaciones ambiguas. La historia del nombre que eligió es la historia de la claridad al servicio de la verdad. Que su pontificado esté a la altura de ese nombre.

El Sagrado Corazón de Jesús reinará. Y mientras tanto, la Iglesia necesita pastores que hablen claro.

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente