Religión en Libertad

León XIV toma la custodia y Madrid alza la mirada: evitar que la fe sea sólo folclor

En el Corpus de Cibeles, la procesión por Alcalá y el encuentro “Tejer redes”, el Papa muestra una Iglesia que adora, sirve y dialoga en el corazón de la ciudad.

Bajo palio y con la custodia en sus manos, León XIV recorrió ayer la calle de Alcalá desde el altar de Cibeles ante una plaza llena de fieles en la procesión del Corpus Christi.

Creado:

Actualizado:

En Madrid, la visita de León XIV pasó en dos días de una vigilia juvenil de rodillas ante el Santísimo en la Plaza de Lima a una misa de Corpus desbordante en Cibeles, una procesión por la calle de Alcalá y un encuentro exigente en el Movistar Arena. 

La ciudad afronta este lunes una jornada institucional con las autoridades del Estado y un gran encuentro diocesano en el Santiago Bernabéu, el Papa insiste en una misma luz: una fe que no sea museo del pasado, sino escuela de adoración, de caridad y de diálogo.

León XIV, rodeado de sacerdotes y fieles, llevó la Eucaristía por la calle de Alcalá en una procesión del Corpus que convirtió Cibeles en un templo al aire libre.

La noche del sábado en Madrid terminó de rodillas. En la Plaza de Lima, tras horas de testimonios, preguntas, silencios y música, la vigilia juvenil se apagó con “Tuyas son” y el himno “Alza la mirada”, mientras el Santísimo, expuesto en una custodia sobria sobre el escenario, imponía un silencio denso en plena Castellana y cientos de miles de jóvenes se arrodillaban sobre el asfalto frío. Muchos lloraban sin acabar de entender por qué: quizá porque, por una vez, no habían ido sólo a “ver al Papa”, sino a dejarse mirar por Cristo.

La mañana de ayer domingo despertó en la misma clave. Muy pronto, las entradas a la plaza de Cibeles y a las calles cercanas se fueron poblando de grupos que llegaban desde todos los rincones de la diócesis: familias con niños, ancianos con su silla plegable, jóvenes con la pulsera de la vigilia todavía en la muñeca, religiosas, sacerdotes, parroquias enteras que se buscaban a base de pancartas discretas. 

A medida que se acercaba la hora, la plaza, la calle de Alcalá y buena parte de la Gran Vía se fueron llenando hasta superar con creces el millón de fieles; pero lo que sorprendía no era sólo la cifra, sino la serenidad del conjunto: una multitud inmensa y, al mismo tiempo, recogida.

Quien venía de los sectores más lejanos hablaba de “una celebración de la unidad”. Otro resumía: “Le pedimos a Dios que acreciente la Iglesia”. Una joven, que había pasado la noche del sábado en Lima, enviaba un mensaje breve: “Sentías que de verdad éramos un solo Cuerpo”. 

La liturgia —popular en cantos y rezos, muy fácil de seguir— ayudaba a que nadie se quedara como espectador: todo el mundo sabía cuándo responder, cuándo cantar, cuándo callar. 

Y la comunión, larguísima, lejos de resultar un trámite pesado, se vivía como una lenta procesión de manos abiertas.

En la homilía, León XIV no se dejó deslumbrar por la imagen de la plaza blanca de gente. Agradeció la religiosidad histórica de España, sus custodias, cofradías y fiestas, pero advirtió del riesgo de que todo eso se convierta en “un museo del pasado que visitar” si no se deja atravesar por la vida del Evangelio. Pidió que la fe sea una “escuela de fe”, no una sala de exposición: un lugar donde se aprende a vivir de rodillas ante Cristo y, por eso mismo, de pie ante el hermano. Y trazó una línea que no admite excusas: “Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”.

La frase resonó con fuerza en el Día de la Caridad, que la Iglesia en España celebró precisamente ayer bajo el lema “Alzar la mirada para encontrarse con la paz de Cristo”. 

El sábado, en el CEDIA 24 horas de Cáritas, el Papa había empezado su visita por la puerta estrecha de quienes no tienen casa ni futuro, pidiendo alzar la mirada para ver en cada persona excluida un hermano. 

Ayer, en Cibeles, la ciudad entera levantó la mirada hacia la histórica custodia renacentista del Corpus madrileño, que ha acompañado siglos de historia de fe en la capital. Entre las literas de un centro de acogida y la plata labrada de la custodia se dibujaba un mismo misterio: el Señor que entra en la ciudad por la puerta pequeña de los pobres y por la puerta solemne del Corpus.

Después de la comunión, lo anunciado se hizo gesto en la procesión. Madrid conoce bien el Corpus, pero lo que ocurrió ayer en la calle de Alcalá no cabía del todo en los moldes habituales. Desde el altar de Cibeles, la custodia renacentista salió bajo palio por Alcalá en dirección a la iglesia de San José y al edificio Metrópolis, donde la calle roza ya la Gran Vía, y regresó luego por el otro carril hasta la plaza, donde se dio la bendición final. 

En el momento en que León XIV tomó con sus propias manos esa pieza del siglo XVI, encargada en su día por el Ayuntamiento como joya de fe y de platería, y comenzó a avanzar con ella, la ciudad contuvo la respiración. No era la imagen de un Papa contemplando desde el altar la devoción de los demás, sino la de un pastor que sostenía a Cristo en medio del pueblo.

Las crónicas hablarán, con razón, de gesto inédito. Pero tal vez lo decisivo sea cómo se vivió. “Ha habido muchísimo respeto en la procesión”, contaba una voluntaria al recoger su chaleco. “Me puse a llorar en cuanto vi a tanta gente unida por un mismo motivo”, confesaba un joven. 

Otra persona añadía algo que muchos pensaban en voz baja: “La mirada del Papa me transmitía la mirada de Jesús”. Los balcones, llenos de vecinos, oscilaban entre el aplauso y el silencio; abajo, los niños de Primera Comunión caminaban cerca de la custodia y el pueblo, a ambos lados, se ponía de rodillas con naturalidad cuando el Santísimo pasaba. Durante unos minutos, la calle de Alcalá dejó de ser un eje de tráfico para convertirse en un pasillo de adoración.

Ese gesto puso en su sitio muchos debates que venían calentándose semanas atrás: la discusión sobre el Corpus “a la española”, las críticas a las procesiones, la tentación de rebajar la fe a un folclore inofensivo. 

León XIV no respondió con declaraciones largas, sino con el lenguaje más antiguo de la Iglesia: tomó la custodia y caminó por el corazón de Alcalá. Para quienes sueñan con un cristianismo sin Eucaristía o con una Iglesia que no incomode, la imagen de un Papa bajo palio llevando a Cristo por esa arteria central de Madrid queda como una objeción silenciosa y poderosa.

“Ha sido una celebración de la unidad”. “Le pedimos a Dios que acreciente la Iglesia”. “Somos chispa de vida y luz para nuestra sociedad”. “La mirada del Papa me transmitía la mirada de Jesús”. 

Los testimonios de quienes estuvieron ayer en Cibeles y en la procesión se parecen en algo esencial: todos hablan de un pueblo que se ha sentido Iglesia, de una alegría profunda de recibir a Cristo en comunión con el Papa, con los obispos y con los sacerdotes, de un respeto poco frecuente en tiempos de ruido.

Entre la solemnidad de Cibeles y el eco popular de la procesión, la jornada de ayer tuvo un momento de familia en la Nunciatura: el encuentro con unos doscientos agustinos. Allí, sin cámaras ni drones, León XIV quiso mirar a los suyos a los ojos. Les agradeció su historia en España y les recordó que la unidad de corazón y de mente, tan querida por san Agustín, es hoy un mensaje para un mundo que parece vivir del enfrentamiento, subrayando la importancia del silencio y de la vida contemplativa en medio del ruido.

Ya por la tarde, el Papa cruzó de nuevo la ciudad hacia otro tipo de templo: el Movistar Arena, recinto acostumbrado a récords de venta y a estrellas que agotan entradas. No venía a dar un concierto, sino a escuchar. Bajo el lema “Tejer redes con el mundo de la cultura, del arte, de la economía y del deporte”, el encuentro reunió a artistas, responsables de la universidad, empresarios, líderes sindicales, deportistas y representantes de la sociedad civil, convocados a pensar juntos cómo alzar la mirada en una cultura del rendimiento y de la polarización.

En un escenario cuidado, con intervenciones breves y expresiones artísticas, se fue dibujando una idea común: la fe no quiere encerrar la cultura, sino ofrecerle raíces y horizonte. Antonio Banderas recordó que la Iglesia no ha sido sólo una buena amiga del arte, sino uno de sus grandes motores, y que Jesucristo es “el gran protagonista de la película de la vida”, la figura más representada en la historia del arte. 

Los representantes de la empresa y del trabajo hablaron de un “nuevo contrato social” en la era de la inteligencia artificial, insistiendo en que cuanta más tecnología tengamos, más humanidad hará falta; la universidad pidió ayuda para que la búsqueda de la verdad y la inclusión de los más débiles no se rindan ante la lógica de la polarización ni del simple rendimiento.

Cuando León XIV tomó la palabra, dijo, en el fondo, lo mismo que viene repitiendo desde que pisó Barajas: que la Iglesia anhela permanecer en diálogo con el mundo contemporáneo, no como un poder más, sino como una madre que ofrece un corazón y una memoria de humanidad. Agradeció la valentía de quienes se expusieron en el escenario y les pidió que no olvidaran a quienes no tienen voz, que no sacrificaran a nadie a la diosa eficiencia y que se dejaran interpelar por el Evangelio. 

Allí donde por la mañana había dicho que la religiosidad no puede ser museo, por la tarde añadió que la cultura, la economía, la educación y el deporte tampoco pueden convertirse en parques cerrados para unos pocos: están llamados a ser lugares donde la dignidad de cada persona sea inviolable.

Visto así, el domingo de Corpus de León XIV en Madrid no fue una suma de actos, sino un único movimiento de gracia. Empezó el sábado en un centro de Cáritas donde el Papa pidió “alzar la mirada” a Cristo en los pobres; se prolongó en una vigilia juvenil que terminó de rodillas; estalló ayer en una misa multitudinaria que suplicó que la religiosidad no sea museo, sino escuela de fe; se encarnó en una procesión donde el pastor llevó él mismo la custodia por Alcalá; se recogió en la Nunciatura alrededor de san Agustín; y se abrió en el Movistar Arena a un diálogo exigente con la sociedad civil. No fue el relato de una estrella que viniera a batir récords, sino el paso de un pastor que no tuvo miedo de decirnos que no tengamos miedo: miedo de mirarnos por dentro, de arrodillarnos, de hablar en serio de Dios en medio de una capital que a veces parece olvidar para qué vive.

  • Señor Jesús, que el sábado te dejaste velar por los jóvenes en la Plaza de Lima, que ayer te dejaste elevar en Cibeles y llevar por Alcalá en manos de León XIV, y que escuchaste en silencio las preguntas de artistas, empresarios, universitarios y deportistas en el Movistar Arena, no permitas que todo esto se quede en un álbum de fotos. Haz que la religiosidad de España no sea un museo de custodias admirables, sino una escuela de fe que forme adoradores, servidores y tejedores de redes. Te pedimos por los encuentros de este lunes, por quienes se reunirán contigo en la Nunciatura, en el Congreso, ante la Virgen de la Almudena y en el Bernabéu: que la vida pública, la política y la Iglesia en Madrid se dejen iluminar por tu presencia. Enséñanos a alzar la mirada hacia Ti para aprender a mirar de otra manera a los pobres del CEDIA, a los jóvenes sedientos de sentido y a quienes estos días han llenado Madrid de oración, para que lo vivido en estos días no se pierda, sino que se vaya haciendo vida cotidiana en tu Iglesia.

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente