Religión en Libertad

«Dios ha elegido nuestra carne: no hay cristianismo sin cuerpos concretos»

Rafael Gómez Miranda, sacerdote y filósofo, explica en "Habla la carne" cómo la Encarnación convierte nuestra fragilidad en lugar de salvación y abre un camino nuevo para vivir la fe hoy.

Rafael Gómez Miranda, sacerdote y filósofo madrileño, autor de

Rafael Gómez Miranda, sacerdote y filósofo madrileño, autor de "Habla la carne" (Ediciones Encuentro).

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En un tiempo en el que muchos viven la fe como algo “interior” y casi desencarnado, el sacerdote madrileño Rafael Gómez Miranda (Madrid, 1975), doctor en Filosofía por la Universidad Complutense y en Teología por la Gregoriana, profesor en la Universidad Eclesiástica San Dámaso y en la Facultad de Enfermería Salus Infirmorum de la Universidad Pontificia de Salamanca, alerta del riesgo de olvidar que el cristianismo siempre pasa por la carne: por rostros, historias y cuerpos concretos. Subdirector del Instituto Superior de Ciencias Religiosas de San Dámaso y autor de obras como "La obediencia como ética de la verdad", "Mirar amando" o "Historia de la filosofía moderna y contemporánea", acaba de publicar "Habla la carne" (Ediciones Encuentro). 

En este libro, propone redescubrir que, desde la Encarnación, nuestra debilidad y nuestras heridas se convierten en lugar sagrado de encuentro con Dios y en el método elegido por Cristo para salvar al mundo. Replantea así la libertad, la afectividad de los jóvenes y la vida sacramental, y anima a “pensar sin barandillas” en fidelidad a la Iglesia.

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-Como sacerdote y profesor, en contacto con muchas heridas y búsquedas. ¿De qué experiencias concretas nace "Habla la carne" como ayuda para vivir hoy la fe sin “espiritualizarla”?

-"Habla la carne" nace de la percepción de que, en el presente, existe una cierta tendencia a espiritualizar el acontecimiento cristiano (al menos en los ámbitos en los que yo me muevo), reduciéndolo en ocasiones a experiencias que olvidan de hecho la dinámica de la encarnación, es decir, no tienen en cuenta que la fe católica siempre es mediada eclesialmente y, por tanto, carnalmente.

El hecho cristiano acontece siempre en una carne y en unos rostros concretos. Pensemos en cómo sucedió al principio: Juan y Andrés encuentran a Jesús a orillas del Jordán; Andrés se lo cuenta a su hermano Simón Pedro; luego se lo encuentra Felipe, quien se lo comunica a Natanael… Es una cadena ininterrumpida de encuentros a través de la carnalidad de los testigos.

Pero pensemos también en cómo ha llegado Cristo a nuestras vidas: a través de nuestros padres, que nos llevaron a la parroquia; a través de un profesor que nos habló de Jesús en el colegio; a través de un sacerdote, de unos amigos… Siempre a través de una carne concreta. Si olvidamos esto, podemos reducir el acontecimiento cristiano a experiencias meramente individualistas y subjetivas, con todas las consecuencias que esto conlleva.

-Cuando afirma que “la carne habla”, ¿qué está nombrando exactamente y cómo lo explicaría, en sencillo, a un cristiano de parroquia que quiere tomarse en serio su cuerpo y su fe?

-Afirmar que la carne habla significa que, desde la Encarnación del Verbo, es decir, desde que Dios asume nuestra fragilidad y debilidad, la carne ha llegado a ser mediación y lugar para la salvación. Esta idea no es nueva; ya estaba presente en los Padres de la Iglesia.

Como dice Ireneo: “La carne no está separada de la sabiduría ni del poder de Dios, porque su fuerza se manifiesta precisamente en la debilidad, es decir, en la carne”.

-Usted recuerda que Dios, en Cristo, ha elegido nuestra carne —que sufre y que goza— como método para salvar al mundo. ¿Por qué nos cuesta tanto ver nuestra fragilidad como lugar de encuentro con Dios y qué esperanza ofrece Habla la carne a quien se siente débil?

-En primer lugar, hay que decir que Dios, en Cristo, ha hecho de la carne un método, es decir, ha elegido la carne para manifestarse al mundo. Y ha elegido una carne como la nuestra, una carne que sufre, que llora y que muere; también una carne que ríe y que goza. Cristo salva al mundo con su carne.

Podría haberlo hecho de otra forma, pero ha elegido el método de la carne. A partir de aquí, y porque Cristo ha asumido nuestra carne, nosotros también podemos participar de su misión con nuestra carne, con nuestro sufrimiento, con la enfermedad y, también, con nuestras alegrías y nuestros gozos.

Para participar de la misión de Cristo y de su Iglesia, no existe camino que no esté atravesado por la carne.

-Habla de la carne como algo “indisponible”, que no se puede usar y tirar. En una cultura que quiere tenerlo todo bajo control, también el cuerpo, ¿qué cambia cuando redescubrimos la carne como lugar de salvación y cómo se vive ahí la libertad cristiana?

-En la medida en que intentamos poseer la carne de manera, podemos decir, instintiva, se convierte en objeto, en cosa, en algo que se puede usar y tirar. Esta experiencia es muy común en nuestra sociedad, donde predomina un pensamiento que pretende tener todo a disposición, es decir, reducirlo todo (incluida la carne) a realidades que pueden ser manejables de manera inmediata y fácil.

En cambio, la carne, entendida como lugar de salvación, solicita una nueva forma de tratarla y de mirarla; la carne pide un ejercicio de la libertad que respete su ser más propio. La tradición de la Iglesia ha usado muchos conceptos para intentar definir este ejercicio de la libertad ante la carne: respeto, dignidad, pureza, pudor…

En el libro uso el concepto “virginidad”, según lo definió el sacerdote italiano Luigi Giussani, un genio educativo de nuestro tiempo, que describe el modo en que trataba Jesús a los hombres y mujeres que encontraba, un modo de amar sin aferrar, podemos decir, un modo de amar la carne que lleva dentro una distancia que coincide con el sacrificio de la reacción instintiva. Jesús amaba virginalmente y, de este modo, hacía accesible lo indisponible de la carne.

-Muchos jóvenes viven una gran confusión en torno al cuerpo, la identidad y la afectividad. Si tuviera que destilar Habla la carne en una sola luz para la pastoral con jóvenes, ¿qué les diría sobre lo que significa ser carne ante Dios en un mundo que promete ser “como dioses”, sin límites ni cruz?

-No encuentro otro camino para la pastoral (con jóvenes y con todos) que no sea el de la educación y el testimonio. Educación, en primer lugar, a un modo más pleno y más humano de amar, el cual permite, como ya he dicho, poseer la carne en su verdad, es decir, poseernos a nosotros mismos y a los demás de manera más plenamente humana.

Ahora bien, esta educación, si no va acompañada de los testigos que ya viven así, es decir, de adultos en la fe, no llega muy lejos. La educación necesita del testimonio de aquellos hombres y mujeres (casados, consagrados, sacerdotes…) que viven de un modo distinto a como dicta el mundo.

Solo viendo a los testigos y, sobre todo, conviviendo con ellos, se puede llegar a ser adultos en todos los ámbitos, también afectivamente.

-Usted afirma que una fe “espiritualizada” no es católica. Después de escribir este libro, ¿qué ha cambiado en su manera de celebrar la Eucaristía y de acompañar a los enfermos, y qué matiz nuevo descubre en palabras como “Esto es mi cuerpo”?

-Insisto en lo ya dicho: el método cristiano es la encarnación, con todo lo que conlleva. La mediación eclesial y sacramental, la comunión y la caridad, la esperanza y la felicidad nuestra y la de los demás pasan por la carne, por la carne de Cristo que se ha hecho uno como nosotros.

En este sentido, los que formamos parte de la Iglesia no podemos vivir los sacramentos, no podemos vivir la comunión entre nosotros, no podemos, por tanto, rezar o participar de los sacramentos sin nuestra carne y sin la carne de los otros.

Lo contrario, la espiritualización de la fe, no es católico.

-En la presentación de "Habla la carne" se habla de “pensar sin barandillas”. A la luz de Gaudium et spes, ¿cómo se conjuga ese pensar arriesgado con la obediencia de la fe y qué puede ganar la Iglesia si escucha con más libertad lo que la carne está diciendo hoy?

-El número 44 de la Constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II lo deja bien claro: “La Iglesia, por disponer de una estructura social visible, señal de su unidad en Cristo, puede enriquecerse, y de hecho se enriquece también, con la evolución de la vida social, no porque le falte en la constitución que Cristo le dio elemento alguno, sino para conocer con mayor profundidad esta misma constitución, para expresarla de forma más perfecta y para adaptarla con mayor acierto a nuestros tiempos”.

Podemos decir, por tanto, que, con la ayuda del Espíritu Santo, el Pueblo de Dios está llamado a discernir la realidad presente para expresar mejor la verdad revelada. De este modo, la Iglesia se enriquece y comprende más profundamente su propia misión en el mundo.

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