Religión en Libertad

«La devoción al Nazareno es mayor de la que nos podemos imaginar»

El cardenal Baltazar Porras ve en el Nazareno, en la “labor de hormiguita” y en la alegría de la diáspora los caminos concretos de conversión, reconciliación y esperanza que Dios abre hoy para Venezuela.

El cardenal venezolano, acompañado de fieles, con la sotana roja que simboliza la entrega total al servicio de Cristo y de su pueblo.

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Con más de cuarenta años de ministerio episcopal, el cardenal Baltazar Enrique Porras Cardozo (Caracas, 1944), arzobispo emérito de Caracas, conoce por dentro la historia reciente de Venezuela: desde sus años como obispo auxiliar y luego arzobispo de Mérida hasta su servicio al frente de la Conferencia Episcopal Venezolana y del CELAM, y su etapa como administrador apostólico y arzobispo de la capital. 

Considerado por muchos como uno de los principales historiadores de la Iglesia en la Venezuela contemporánea, miembro de número de la Academia Nacional de la Historia e incorporado también a la Academia Venezolana de la Lengua, ha estudiado a fondo la memoria creyente de su pueblo. 

Hijo espiritual de la parroquia de Santa Teresa y marcado desde niño por la imagen del Nazareno de San Pablo —una de las devociones más multitudinarias y antiguas del país—, este pastor creado cardenal por el papa Francisco en 2016 contempla hoy una fe “mayor de la que imaginamos”, una “labor de hormiguita” que resiste al odio y una diáspora que, con su fe, su alegría y su buen humor, está enriqueciendo a la Iglesia en todo el mundo. 

Desde esa experiencia, resume en una frase muy venezolana —“para atrás, ni para coger impulso”— el camino de conversión, reconciliación y esperanza que propone a los suyos, dentro y fuera del país.

-Eminencia, después de más de cuatro décadas de ministerio en Mérida y Caracas, cuando ve hoy al pueblo ante el Nazareno de San Pablo, ¿qué le revela esa devoción sobre la fe de los venezolanos? ¿Le viene a la memoria algún gesto o rostro concreto?

-La devoción al Nazareno es mayor de la que nos podemos imaginar. No es una superstición ni algo marginal. Es la herencia de una fe que se expresa de mil formas y que crece día a día. Este último Miércoles Santo, celebrando la Eucaristía en Santa Teresa, sentí la emoción de cuando como monaguillo estaba en esa iglesia. La gente aspira y desea la paz, asume el sufrimiento con la esperanza de un cambio profundo, de una resurrección que no llega, pero que no hace flaquear a pesar del miedo y la opresión reinante. Se me viene a la mente tanta gente sencilla y honesta y siempre el rostro de Mons. Hortensio Antonio Carrillo, el párroco de Santa Teresa, de quien aprendí a querer más al Nazareno, que me ha acompañado a lo largo de toda mi vida.

-Usted suele decir que los cambios verdaderos se construyen “desde abajo”, con labor de hormiguita. En esta crisis, ¿qué experiencias concretas —parroquias, obras, comunidades humildes— le hacen pensar: “Aquí el Evangelio está sosteniendo a Venezuela mejor que cualquier plan humano”?

Ciertamente, la creatividad y el emprendimiento de la gente son superiores a lo que el miedo y la desesperanza quieren imponer. La fraternidad es mayor que la prédica de odio que busca paralizar y tomar la vía de la violencia. Las pequeñas obras, que no son tan pequeñas, van dando razón de que vale la pena seguir adelante por vías pacíficas, aunque cueste esfuerzo, sudores, pero en las que no nos abandona el amor de Dios sembrado en el Evangelio de cada día.

-Como pastor ha tenido que alzar la voz sin dejar de llamar a la reconciliación. ¿Cómo puede un venezolano vivir hoy su cruz, dentro o fuera del país, sin resignarse ni caer en el resentimiento? ¿Hay alguna experiencia que a usted le haya confirmado que la reconciliación es posible?

-La tarea más ardua, pero indispensable, es la de sanar heridas. No podemos vivir de resentimientos, aun cuando pensamos o estamos seguros de tener la razón. La racionalidad, la paciencia y la constancia, el trabajo comunitario, es el que nos acompaña en cada una de nuestras comunidades con alegría y dolor. Como nos repetía el Papa Francisco, con cara de velorio o de cementerio estamos derrotados, y esa no es la postura de un cristiano auténtico. No podemos ser como los discípulos de Emaús, irnos de Jerusalén… Mantenernos firmes en medio de la tormenta es el martirio de cada día que nos conduce a la resurrección.

-Usted conoce el sufrimiento dentro de Venezuela y la vitalidad de la diáspora. ¿Qué está recibiendo la Iglesia universal de la fe de los emigrantes venezolanos y qué rasgos de esa fe le gustaría que nunca perdieran, aunque estén lejos?

-La experiencia más rica que he encontrado en estos años de diáspora de tantos millones de venezolanos ha sido muy reconfortante. Tenemos la tentación de vernos incapaces y resulta que el testimonio de aquellos que encontramos en el exterior es la admiración por la honestidad, la capacidad de trabajo, la alegría en medio de las carencias y el dar lo mejor de lo aprendido en casa: la fe y el ejercicio de cualquier profesión u oficio con competencia. A ello hay que agregar el buen humor que, visto así, es catalizador de las penas y trampolín para el bien.

-Si mira su camino entero —obispo, arzobispo, cardenal y enviado del Papa—, ¿qué le ha enseñado el Señor sobre Venezuela que quisiera compartir hoy en una sola frase, en clave de conversión y esperanza?

-Hay una frase muy venezolana: “Para atrás, ni para coger impulso”. Esta es la virtud samaritana que nos lleva a pararnos en el camino y atender al que está en la cuneta.

-A la luz de la oración y de la historia reciente, ¿qué tipo de conversión y de reconciliación siente que Dios pide hoy al pueblo y a sus responsables públicos?

-Al pueblo, constancia. A los dirigentes, que quien no respeta la dignidad y la vida de los demás es merecedor de una piedra de molino al cuello e ir al fondo del mar.

-En todos estos años, ¿hay alguna persona sencilla cuyo testimonio le haga decir: “Esto es lo que Dios puede hacer con Venezuela cuando se deja tocar por el Evangelio”?

-Es lo que he encontrado a lo largo de mi ministerio: la certificación de que hay mucha gente mejor que yo, mejor cristiano que yo, mejor testimonio alegre que yo...

-Cuando se pone de rodillas ante el Señor y ante la Virgen por Venezuela, ¿qué le pide por la Iglesia y por quienes toman decisiones graves? ¿Cómo puede un lector fuera del país unirse a esa súplica diaria?

-De rodillas ante el sagrario o delante de cualquier imagen, me viene a la memoria la imagen del Nazareno: el dolor y el sufrimiento es camino de conversión para la vida, no solo la propia sino la de todos los que nos rodean.

El 9 de abril de 2026, el cardenal Porras volvió a alzar la voz en defensa del derecho a manifestarse pacíficamente en Venezuela.

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