Joaquín Ferrando: “El desierto no es huida, sino volver al corazón”
El sacerdote murciano reflexiona sobre la escucha, la familia y la vida parroquial

El autor presenta "Los sonidos del desierto", un itinerario por el silencio interior.
Joaquín Ferrando, párroco en una zona periférica de Murcia y capellán hospitalario, presenta "Los sonidos del desierto", un libro nacido de su experiencia pastoral y de su búsqueda espiritual.
En estas respuestas, ofrece claves concretas sobre cómo el silencio, la música y la vida comunitaria pueden ayudar a vivir con más verdad en una sociedad cansada y dispersa.

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-La parroquia en la que estoy, muy envejecida y marcada por años de sequía pastoral, vive un proceso de renovación en clave misionera. Al llegar en 2022, opté por escuchar: encuesta a fieles, asamblea parroquial y un plan pastoral nacido de lo que la gente compartía. En ese clima de diálogo aparecieron con fuerza la soledad no deseada, la necesidad de socializar, la sed de Dios y el gran cansancio de una sociedad saturada de ruido y presiones. En el hospital descubro a Dios con‑sufriendo en cada enfermo y, a la vez, un enorme miedo a la muerte en muchos familiares. Ahí el silencio suele ser más elocuente que las palabras, y acompañar consiste sobre todo en estar, amar y ayudar a vivir ese tránsito con paz.

En el hospital, Ferrando acompaña el sufrimiento y el tránsito de muchos enfermos, uno de los “sonidos del desierto” que más marcan su ministerio.
-Sí, porque el desierto es justamente ese espacio de silencio contemplativo que necesitamos para mirarnos con verdad por dentro y mirar a los demás con ojos de resurrección. San Agustín nos invita a “volver al corazón”, y hoy sigue siendo urgente pasar de vidas vividas “a medias” a una existencia que brote de lo más hondo. El desierto ayuda a quitarnos disfraces y apariencias para descubrir qué quiere Dios de cada uno y acortar la distancia entre lo que somos y lo que estamos llamados a ser. En esta línea, el Papa León XIV ha recordado que, en un mundo absorbido por la exterioridad mediática y tecnológica, la llamada a la interioridad, al silencio y al contacto con uno mismo, con el prójimo, con la creación y con Dios es más necesaria que nunca.
-Me preocupa que terminemos atrapados en lo que se ha descrito como “sociedad del cansancio”: personas agotadas, deprimidas, sin aliento vital ni sentido. El ruido permanente ensordece la conciencia y nos impide detenernos a pensar, alejándonos de los demás, de la naturaleza y de Dios. La dispersión nos convierte en peonzas que giran sobre sí mismas, incapaces de vivir con‑los‑demás y para‑los‑demás. Frente a un clima que alimenta el ego y no soporta la alteridad, creo que urge recuperar un humanismo del Otro: reconocer la dignidad personal de cada rostro y abrirnos a una espiritualidad que nos saque del encierro en nosotros mismos. Para eso hace falta parar, vaciarnos de individualismo y volver al corazón siempre abierto de Dios.

Celebración de la Eucaristía en la parroquia donde ejerce su ministerio, con una participación destacada de los niños.
-Es clave que los niños vean en sus padres que el silencio se valora y se vive. Más que grandes teorías, hacen falta gestos muy concretos: cuidar las comidas y cenas sin televisión ni móviles, de manera que la mesa sea un espacio de diálogo, escucha y respeto del turno de palabra. Propongo también un momento breve diario de oración en familia, aunque solo sea un Padre Nuestro precedido de unos instantes de silencio. Ayudan mucho las salidas a la naturaleza, aprendiendo a contemplar, a admirarse y a hacer pequeños ratos de silencio para escuchar los sonidos del entorno. Y conviene educar en tiempos de lectura, estudio u oración sin otros estímulos, evitando tener siempre encendidos televisión o radio. Todo ello enseña a no temer la soledad, a quitar máscaras y a vivir con más autenticidad e interioridad.

Asamblea parroquial en la que sacerdote y laicos comparten propuestas y caminos para la comunidad.
-En nuestra parroquia estamos intentando “construir con ladrillos nuevos” en clave sinodal, aprovechando este tiempo de restauración para revisar modos y estructuras. Inspirados por el impulso del Sínodo, queremos dejar el “siempre se ha hecho así” y optar por una pastoral más misionera, en la que lo que hacemos lo hagamos juntos, integrando a muchos más. Eso significa poner en marcha consejos de pastoral y de economía que funcionen, comisiones donde no todo pase por el sacerdote, fortalecer Cáritas con nuevos proyectos, abrir espacios de silencio y oración, promover grupos misioneros y cuidar la catequesis infantil y de adultos. Vamos dando pasos hacia una mayor corresponsabilidad y hacia un protagonismo más claro de la mujer en servicios de responsabilidad y en la liturgia. El clericalismo se combate poniendo a Cristo y su Evangelio en el centro, fomentando la escucha, el diálogo, el discernimiento comunitario y un estilo donde el poder sea sustituido por el servicio.
-La música forma parte de mi forma de vivir, de rezar y de anunciar el Evangelio; por eso he publicado también dos discos con San Pablo, Heridas y En un portal. No toda música es espiritual por sí misma, pero tiene la capacidad de crear “alma común” y de conducir a un silenciamiento interior que acalla el ego. Ciertas melodías y climas musicales disponen a experimentar la unidad de la existencia y a percibir, de algún modo, la presencia del Resucitado que “suena” en los gestos de ternura, en los niños, en la lluvia, en la solidaridad. En las presentaciones del libro, comenzar con música ayuda a centrar, a provocar silencio y escucha atenta. Cuando se escucha con el oído del corazón, la música se vuelve casi un “sacramento”: hace audible, en lo profundo, el misterio invisible de Dios.

La música del arpa ayudó a crear el clima de silencio interior en la presentación de "Los sonidos del desierto".
-Si la Cuaresma es tiempo para valientes que se atreven a atravesar el desierto y enfrentarse a sus tentaciones, la Pascua es la posibilidad de que algo viejo muera y algo nuevo nazca en nosotros. En ese contexto, el libro puede ayudar a muchos a salir del desencanto, como los discípulos de Emaús, y a encontrarse con el Resucitado en el silencio y en la revisión de la propia vida. Recoge experiencias de cansancio, de ruido exterior e interior y de silencio de Dios que son muy comunes, y propone el desierto como camino para vaciarnos de lo que pesa y abrirnos a sonidos curativos, reparadores y alentadores. Cuanto más aceptemos estos tiempos de desierto, más aprenderemos el arte de pedir perdón y perdonar, de dar sentido a los compromisos, de servir con alegría a la justicia y de estar al pie de muchas cruces, habitando las fronteras donde viven tantos heridos de la vida.

Una conversación que termina en silencio y en tinta: el autor sigue escuchando y acompañando también desde las páginas de "Los sonidos del desierto".