«"Mi Cristo roto" me ha hecho querer ser más cura»
José Manuel García-Plaza, sacerdote de Chinchón, sobre la obra que llega a Madrid.
El monumental Cristo Roto de Aguascalientes (México), inaugurado en 2006 por el cardenal Norberto Ribera e inspirado en la reliquia española.
José Manuel García-Plaza, sacerdote de Chinchón (Getafe), vivió un privilegio único: ser el único espectador en el primer pase grabado de "Mi Cristo Roto", una fusión de teatro y música inspirada en el jesuita Ramón Cué.
Desde entonces, ha acompañado espiritualmente al equipo, destacando cómo la obra revela un sacerdocio de "restauradores" al modo de Cristo, que no evita el dolor, sino que lo habita.
En esta entrevista, comparte cómo le espolea a ser "más cura", sus resonancias en la oración y el impacto en feligreses y hermanos sacerdotes.
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Una obra sobre el sentido más hondo de la existencia. Una parábola que desmonta toda lógica humana y que va directa al corazón. Por primera vez en Madrid. ¡No puedes dejar de verla!
100% benéfica (Fundación REDA). Compra ya tu entrada (10-15€) en: https://tickets.oneboxtds.com/auditoriocolegiosanagustin/events/52718 La obra que está conmoviendo Madrid agota las entradas en apenas 7 días de venta y lanza ya una segunda representación el domingo 26 de abril. Con la participación de Ángel Catela en la parte musical. A beneficio de la Fundación REDA. No te quedes sin tu entrada:
-Lo primero que tengo que decir es que, desde un inicio, me he considerado muy afortunado y privilegiado de poder vivir esta representación muy cerca de todo el equipo implicado en el proyecto “Mi Cristo roto” (MCR), especialmente de José Antonio Turiégano (Turi para los amigos).
Siendo sincero, tengo que decir que no participé ni en los ensayos previos ni en el montaje de la obra, ni tampoco pude estar el día de su estreno ante el público. Pero sí que hay una anécdota que no puedo dejar de contar: uno de los días anteriores al último fin de semana se hizo una representación a puerta cerrada; la intención era poder grabarla en soporte digital y evitar que hubiera ruidos indeseables en dicha grabación. Absolutamente todos los que estaban en el teatro ese día tenían alguna función: actores, cámara, luz, sonido, vestuario, atrezzo… La única persona que acudió a ese pase como espectador fui yo. La obra se representó exclusivamente para la cámara y para mí. Fue todo un privilegio contemplar la representación de esa manera. Era la primera vez que la disfrutaba y desde ese momento me cautivó. Entendí que todo lo que ocurría en la obra tenía una trama muy sacerdotal y que había mucho mensaje dirigido tanto a cualquier persona como a los ministros ordenados.
José Manuel García-Plaza, contemplando el escenario de "Mi Cristo roto".
Después de disfrutar aquella representación vinieron otras más, estas ya con público. Cada vez que la veo me sigue provocando distintas emociones y reflexiones. Puede decirse que la primera vez que la vi experimenté la sorpresa de descubrir algo muy bello; la segunda, tomé conciencia de lo que verdaderamente dicen los textos y vive el protagonista; la tercera representación la viví con mucha emoción y disfrute y así todas las demás (siempre algo nuevo).
Me llama la atención que me preguntes por la obsesión personal de “restaurar imágenes rotas –similar a la del protagonista– que me ha llevado a apoyar este proyecto”. Te diría que, en un principio, no sé si considerar como protagonista de la obra al sacerdote o al Cristo mutilado, que es el verdadero interesado en restaurar imágenes rotas y dolientes. Al inicio de la obra, puede decirse que el sacerdote y Cristo comienzan siendo dos cosas distintas, pero poco a poco se van dando pasos de acercamiento hasta que al final se produce una identificación total entre ambos, de manera que puede decirse lo que el Apóstol de los gentiles les dice a los Gálatas: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”
Tal vez esa es la razón por la que me interesé tanto por esta obra, ya que al final el deseo de Cristo y el deseo del corazón de un cura es el mismo: restaurar imágenes rotas, empezando por la de uno mismo y, con bastante frecuencia, la idea de restauración de un sacerdote (de cómo deben hacerse las cosas y cómo deben quedar) no siempre coincide con la idea de restauración que tiene Dios. En un momento determinado de la obra, el Cristo que habla le dice al sacerdote: ¡Eres un restaurador! El sacerdote está llamado a ser un restaurador, pero un restaurador al modo de Cristo. En este sentido, la obra conlleva un gran aprendizaje.
Estoy firmemente convencido de que la obra “Mi Cristo roto” es más profunda de lo que en un principio puede parecer y por eso decidí implicarme más directamente en el proyecto, no tanto desde el punto de vista técnico o escenográfico, sino del espiritual. He comprobado que me hace mucho bien cada vez que la veo y hasta la fecha en la que escribo esto han sido cinco.
También veo que mi presencia como sacerdote entre el equipo que conforma el proyecto es acogida y sirve de ayuda.
-Sí. Cada vez que la veo reconozco con más claridad la belleza que hay en ella. No me refiero tanto a la belleza externa, que sin duda la tiene, sino a una belleza más oculta y, tal vez, mucho más verdadera.
La obra comienza con el protagonista hablando con la mujer más bella que ha existido y existirá nunca, la Virgen María. A ella se dirige el sacerdote restaurador para contarle la historia de “su Cristo roto”.
Hay cosas que un sacerdote no puede contar nunca, por aquello del sigilo sacramental… Pero hay otras, que pudiendo contar y necesitando hacerlo, muchas veces, no sabe a quién. Los sacerdotes que tenemos la madre de la tierra sabemos que podemos acudir a ella en las luchas específicas con las que los curas nos encontramos cotidianamente. Y también contamos con la Madre del cielo, que siempre vela y está atenta a todo lo que queremos y debemos contarle.
Hay un momento en el que el sacerdote tiene un diálogo con el Cristo de la cara mutilada y es uno de los momentos más bellos de la obra. Uno descubre cómo la imagen de Cristo mutilado sigue siendo bella. Igualmente, pienso en las vidas humanas que el pecado destruye: siguen siendo bellas para Dios. Nos hace falta mirar las realidades de este mundo con los ojos de Dios.
La imagen del Cristo roto que ha creado especialmente para esta obra el artista Miguel Ángel Laguna Villalobos es de una belleza espectacular. Tanto es así que el propio escultor la presta para las representaciones, pero ha preferido quedársela consigo.
Cuando digo que después de ver la obra salgo con ganas de ser más cura me refiero a que siempre hay algo que me espolea o me impacta de alguna forma y que veo que tiene una implicación muy directa a la hora de vivir mi sacerdocio. Algunas veces es una reflexión nueva en la que no había caído en la cuenta y otras es algo que, habiéndolo escuchado anteriormente, viene a modo de resonancia.
Desde un principio he pensado que la obra está dirigida a todos los públicos, pero de una manera especial a los sacerdotes. Los sacerdotes tenemos que ver cosas que nos animen y que nos renueven constantemente. Muchas veces, los curas tenemos el peligro de juntarnos para discutir sobre lo mal que está todo y lo difícil que lo tenemos, pero poder compartir este tipo de actividades renovadoras hace que uno se vaya, como digo, con más ganas de ser cura.
¡Cuánto me gustaría que todos los sacerdotes pudieran contemplar y disfrutar de la obra! Por supuesto, siempre que he podido hablar con algún compañero, no he dejado de recomendarla y pienso que en la Diócesis de Getafe se podría hacer un bien enorme a todos los que la vieran.
Alguna vez he pensado que para el día que tenemos dedicado a la santificación sacerdotal nos convendría más la representación de esta obra que, a lo mejor, una conferencia que también puede ser buena, pero que no impacta tanto ni tiene tanta resonancia posterior.
-Efectivamente. La única respuesta adecuada al sufrimiento humano es precisamente Cristo. “No hay que evitarlo, sino habitarlo".
Está claro que ninguna persona que viene a este mundo quiere sufrir. Sin embargo, basta echar un vistazo a nuestro alrededor para darnos cuenta de que estamos rodeados de sufrimientos y sufrimientos enormes en algunos casos.
Pero lo más escandaloso no es que uno sufra porque el dolor le sobrevenga sin él buscarlo, sino que este sufrimiento sea buscado y elegido por la propia configuración con Cristo sufriente.
En la obra hay un momento en que Cristo le “recrimina” al protagonista su mala comprensión de lo que es ser sacerdote. Le dice:
“¿No te entregaste a ello gustoso? ¡Ah! Pero tú creías que mis actos oficiales iban a ser otra cosa […] Pensaste que ibas a conocer y relacionarte con grandes personalidades de la política y del arte; que ibas a enterarte de sensacionales secretos y confidencias del mundillo social, de la chismografía eclesiástica… Que ibas a poder penetrar conmigo en ese mundo tentador y fascinante de los secretos que manejan el mundo. Y estás verificando que, al acercarte a mí, desaparece el político, el artista, el financiero o el intelectual y solo queda, libre de su disfraz, el hombre. Desnudo con su cruz y su dolor”
“¿Qué gente creías que me buscaba? ¿La gente que cree que es alegre y feliz, que ni se acuerda de mí, ni me necesita, ni que quiere verme en sus ruidosas y alocadas reuniones porque me consideran un aguafiestas, pero me dejan para cuando venga el dolor? Me tenéis en reserva para el día de vuestras penas”.
Cuando un sacerdote sabe que su vida consiste en configurarse e identificarse plenamente con la de Cristo, cae en la cuenta de que el sufrimiento ya no es solo opcional, sino que será algo intrínseco a su vida, algo que actualizará todos los días en el sacrificio de la Misa (esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros) A él acudirán, por supuesto, gente de toda condición, pero especialmente los que sufren. La experiencia que tenemos todos los curas es que a nosotros acude la gente con muchos sufrimientos tanto físicos como espirituales. Y que a nosotros tampoco se nos ahorra nada de la Cruz.
Otro de los momentos muy conmovedores de la obra, y que me ha ayudado a integrar el misterio del dolor en el acompañamiento pastoral a los feligreses, es cuando en la representación, el sacerdote pronuncia una homilía en la que dice:
“¿Quién de nosotros no ha encontrado una cruz? o mejor dicho: ¿Quién no tiene una cruz? Todos la llevamos. La llevamos encima, a cuestas, aunque no se nos vea, aunque sonriamos. A veces, por oculta, más pesada”.
“¿Y saben por qué a veces nuestra cruz resulta intolerable? ¿Saben por qué llega a convertirse en desesperación y suicidio? Porque entonces nuestra cruz es una cruz sola, sin Cristo. Solamente se puede tolerar cuando se lleva con Cristo al lado. Porque su yugo es suave y ligera es su carga”.
Es después de esa reflexión cuando ofrece la solución: Yo tengo un Cristo sin cruz y tú tienes, tal vez, una cruz sin Cristo. Sufrir así ha de ser irracional y no me explico cómo has podido tolerarla tanto tiempo, pero tienes el remedio en tus manos… Anda, dame esa carga tuya; te doy a cambio este Cristo sin cruz. Recíbelo, es tuyo. Dale tu cruz, toma mi Cristo para que te ayude a cargarla. Háblale y escúchalo.
“HÁBLALE y ESCÚCHALO”. Después de la obra he dado muchas veces este consejo a las personas que han venido a la confesión o simplemente a contar su dolor. Dios no te promete que el sufrimiento vaya a terminar en esta vida, pero sí te asegura que su yugo es llevadero y su carga ligera cuando vamos con Él. Tal vez, lo más fácil de ese consejo sea hablarle. Lo difícil está en escucharle y aceptar lo que te dice.
-Respecto de las renovaciones escenográficas, no sabría decirte nada, puesto que mi implicación en este proyecto no va tanto por el lado de la escenografía o de lo artístico, sino por el acompañamiento espiritual de las personas implicadas en la obra.
Con referencia a la música, puedo decir que la introducción de temas musicales tocados en directo en momentos decisivos de la obra va a servir, no solo para embellecer aún más la puesta en escena, sino que también servirá para que los espectadores puedan repasar y reposar la escena anterior que se ha contemplado. Este acto de reposo es muy necesario y considero que antes, a lo mejor, no estaba lo suficientemente considerado. La introducción de la música contribuirá mucho mejor a ese fin.
En un principio, la obra se concibió sin música, con excepción de un par de temas musicales de fondo y de una pequeña canción titulada también “Mi Cristo roto” que compusieron ad hoc Ana y Sandra, dos chicas de la parroquia muy implicadas en la pastoral parroquial y en el coro de Chinchón. Esa pequeña pieza musical, muy dulce y tranquila, ha servido y seguirá sirviendo como preparación y apertura de toda la obra.
No podemos obviar que la música es un arma muy poderosa para potenciar el impacto que nos puede generar una vivencia. Podríamos decir que es como la sal en la comida, que hace más sabroso el alimento. Ninguno de nosotros se imagina escenas épicas de la historia del cine sin música.
Pienso que lo más determinante en esta obra, como todo en la vida, no es buscar estrictamente ni solo las emociones. Estas por sí solas suelen ser como la gaseosa o los fuegos artificiales. Es decir: que producen mucho “subidón” al principio, pero luego duran muy poco. Pero tampoco me cabe la menor duda de que es necesario un impacto emocional para que uno empiece a interesarse por algo. Estoy seguro de que toda la música que se ha incorporado ayudará a amplificar, mucho más, ese impacto emocional y espero que no se quede solo en una emoción pasajera, como no lo ha sido en muchas personas que ya la han visto y no las ha dejado indiferentes. Como anécdota puedo decir que conozco el caso de una persona que, después de verla, le comentó a otra su deseo de confesar y que aquello no solo quedó en un deseo.
Considero que las canciones, algunas elegidas y otras compuestas para la ocasión, van muy en consonancia con la trama de la obra y son muy oportunas en los momentos en los que se escucharán. Personalmente, hay dos temas que me conmueven de una manera especial, como son “Amor abnegado” y “Restáurame”. Estoy deseando ver la obra completa con los cantos ya integrados y la idea de que sean en directo contribuirá a amplificar ese impacto emocional respecto a representaciones anteriores.
-Hasta la fecha, la obra se ha representado seis veces. Cuatro en el teatro de Chinchón en el mes de septiembre. Una en el Monasterio de las Clarisas de Chinchón y otra en el teatro de Valdelaguna.
Desde un principio se tenía claro que los beneficios de la obra irían destinados a ayudar a las Madres Clarisas de Chinchón y al ser monjas de clausura y no poder acudir ellas al teatro, se pensó en la posibilidad de representarla en el propio monasterio. Dicho y hecho: pudo adaptarse, no sin dificultad técnica, en el presbiterio de su capilla ante las seis religiosas que viven en el convento actualmente y ante un nutrido número de fieles que las acompañaron.
Después, como digo, se ha representado una vez más en el teatro de Valdelaguna. Para marzo está previsto otro pase en la ermita de Nuestra Señora del Rosario de Chinchón.
Esto quiere decir que lo que se concibió inicialmente para cuatro pases en dos fines de semana y en un teatro, al final ha terminado siendo algo que no sabemos dónde va a terminar. Es una obra que, al no llevar una gran técnica ni una descomunal puesta en escena, se ha podido adaptar muy bien a sitios que ni siquiera tienen escenario propiamente dicho, lo que implica que, a veces, ha sido complicado elaborar una composición del decorado digna y que el actor ha tenido que hacer verdaderos esfuerzos de ubicación y de adaptación a una disposición distinta de los elementos decorativos.
El sentimiento que nos embarga a todos los que estamos implicados en el proyecto es que, en cierto modo, esta nueva andadura que ha tomado la obra nos supera. No es que se nos haya ido de las manos, como suele decirse, sino que tenemos entre manos algo más grande de lo que imaginamos y que no sabemos por dónde nos quiere llevar el Señor. En estos temas como en todos, ya se sabe que el hombre propone y Dios dispone… Por otro lado, siempre pensamos que era una pena que algo tan bueno y evangelizador se quedara solo en cuatro representaciones y después se quedara “durmiendo” el sueño de los justos.
Lo que sí se ha tenido siempre claro es que, desde el principio, sean como sean las representaciones y se hagan donde se hagan, el destino de lo recaudado debía ir destinado a fines benéficos relacionados con la Iglesia.
Considero que aún es pronto para valorar en qué ha podido influir "Mi Cristo roto" en lo social, pero de lo que no me cabe duda es de que a muchas personas nos ha tocado de una manera especial y que nos ha dejado huella en el corazón. Y lo bueno que nos ha pasado es necesario compartirlo con el resto.
Creo que como iniciativa educacional debería presentarse en los seminarios. Al menos en el de la Diócesis de Getafe se ha hecho la propuesta, aunque todavía no hemos recibido ninguna respuesta por parte del equipo formativo.
-Sin duda el tema de fondo de la obra es el sacerdocio y la necesidad de restauración constante del mismo. Con mucha facilidad se nos olvida por quién y para quién somos sacerdotes y de qué modo debemos serlo, y esto se recuerda de manera constante en la obra.
A lo largo de las otras preguntas ya he comentado muchas cosas respecto de las implicaciones que Mi Cristo roto ha tenido en mi vida sacerdotal.
Lo más interesante de vivir bonitas experiencias no consiste en vivirlas y punto. O, en el mejor de los casos, volver a repetirlas cuando se puedan. Hace falta hacer un análisis o un juicio de esas experiencias. Esto hay que hacerlo con un libro o con una película o con cualquier vivencia.
Después de haber visto una película, a mí me gusta comentarla, no solo en lo artístico, sino intentando sacar lo profundo o alguna enseñanza para la vida. En el caso de Mi Cristo roto no ha sido diferente. Después de cada representación siempre ha habido ocasión de compartir testimonios con otras personas.
De manera especial, fue la última representación que se hizo en el teatro de Chinchón. A ella pudimos asistir todos los sacerdotes que conformamos el arciprestazgo (Chinchón, Colmenar de Oreja, Villaconejos, Belmonte de Tajo y Valdelaguna) y pudimos comentar qué cosas nos habían ayudado o llamado la atención, así como la conveniencia de que nuestras comunidades se pudieran beneficiar e ello.
Desde aquí quiero aprovechar para dar gracias a Dios por el párroco-compañero Don Pedro, que tanto me ayuda y me cuida, y por todos los hermanos sacerdotes de este arciprestazgo con los que se puede contar no solo para sustituciones o tareas administrativas, sino para compartir más aspectos de la vida sacerdotal. No somos curas aislados, sino que formamos un presbiterio en el que debemos crear espacios para que se puedan compartir testimonios como el impacto que nos ha dejado esta obra de teatro y muchas otras cosas. En ellos he podido verificar lo que dice el Salmo: “Ved qué dulzura, qué delicia convivir los hermanos unidos”.
-Efectivamente, el padre Ramón Cué Romano fue el autor de esta gran meditación. Considero que hizo una labor muy encomiable y que está poco reconocida y muy olvidada actualmente.
Yo recuerdo que era una meditación muy propia para el tiempo de cuaresma en mi época de seminario, pero cuando he hablado de ella con gente, me he dado cuenta de que es muy poco conocida en ambientes cristianos e incluso eclesiásticos.
Creo que esta adaptación, tan bien hecha, ha servido y servirá para poner de nuevo en el candelero los escritos del padre Cué a la par que se hace de una manera moderna y atractiva. Para mí es un texto que no está pasado de moda ni mucho menos.
Respecto a los diálogos que han resonado más, tanto en la oración como en el ministerio cotidiano, puedo destacar los siguientes:
“¿No te gustaría desempeñar el más nobilísimo cargo, siendo en tu vida, entre los que te rodean, la mano derecha de Cristo?". Esa es una frase que evoca mucho el llamamiento a la vocación.
Yo no quería, de ninguna manera, prestar la imagen de mi Cristo roto. Y es que a fuerza de repetir esa expresión, “mi” Cristo roto, ese pronombre posesivo mío, había echado raíces hasta crear un sentimiento de absoluta posesión sobre Cristo. ¿Con cuánta facilidad nos apropiamos de algo que no nos pertenece. Más bien somos nosotros los que pertenecemos a él. Siempre se nos explica que el gesto del sacerdote de tumbarse en el suelo en la ordenación tiene ese sentido de que somos ordenados para que los demás pasen por nosotros porque ya no nos pertenecemos a nosotros mismos.
“Cristo no es invitado a ninguna fiesta porque si lo invitan, los anfitriones no hubieran podido divertirse a sus anchas”.. Esto me recuerda mucho a lo que me decía un amigo sacerdote: Si tienes que dejar a Cristo fuera para que no entre en ese sitio, es que ese sitio no te conviene.
Hay un momento en el que el sacerdote está hablando con el Cristo y mientras está sonando el teléfono. Cuando Cristo le dice que si no oye el teléfono, este responde que pueden esperar o que llamen otra vez; que lo que le interesa en ese momento es escucharle. Ante esto, Cristo le responde: “Ahora lo importante es que acudas al teléfono”, a lo que el cura dice: “¿Dejarte a ti por el teléfono?” y Jesús le responde: “¿Estás seguro de que ese hermano débil en la fe volverá a llamar? ¿No se cansará? ¿No será la última oportunidad? No juegues así con las almas. Ve y apacienta mis corderos”.
Me recuerda a una historia de Santo Domingo Savio; cuando san Juan Bosco preguntó en medio de un recreo a los niños qué harían si supieran que iban a morir en ese momento. Domingo Savio respondió que seguiría jugando. Esto demuestra que la santidad no consiste en cosas extraordinarias, sino en cumplir con alegría el deber de cada momento. A veces, para la santificación de un cura, lo que conviene es simplemente “coger el teléfono” (“Desde entonces, el teléfono es como una gubia que va tallando en mí, llamada tras llamada, un pequeño Cristo roto”).
Por otro lado, uno piensa que cualquier labor en la Iglesia la puede desempeñar cualquier persona. Lo único que es insustituible del ministerio sacerdotal es la celebración de la Misa y la confesión. Los sacerdotes hemos sido ordenados principalmente para eso. La advertencia de “no jugar con las almas” y estar siempre disponible es importante porque la gracia puntual que uno recibe para dar el paso, por ejemplo, para una confesión, no sabemos si volverá a recibirse. Y con ello hemos desperdiciado una oportunidad de acercar a la gente a Dios.
Otro momento que ha resonado es cuando el sacerdote se queja de ser solo un ser humano con sus debilidades y dudas. Cristo le dice: “Eres un restaurador”. Así como un restaurador tiene unas determinadas cualidades específicas, como pueden ser la paciencia, el tacto o la delicadeza, el sacerdote debe poseer, cultivar y potenciar esas virtudes. Nuestro trabajo tiene entre manos lo más delicado que existe, que son las almas. Ciertamente, el trabajo de un sacerdote tiene que ver mucho con la restauración. En esto hay que tener en cuenta que el propio sacerdote también necesita restauración. Por eso, en un momento determinado de la representación, el sacerdote le pide a Cristo que le restaure.
Ya casi al final hay una reflexión que el sacerdote hace: “¿Por qué me condenas a servirte entre tinieblas? ¡Pareces un dios ciego, insensible, sordo y mudo! Si yo… lograra ver tus ojos aunque fuera solo una fracción de segundo. Yo sé que sería bueno de veras. Bueno, de veras, para siempre y que no podría yo ser malo nunca”. Ante esto, el Cristo le responde: “Te miro, aunque tú no veas que te miro. Yo no te voy a ver con unos ojos de madera. Y para verme a mí no se necesitan ojos. La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Hasta que un día, en recompensa, verás cara a cara a Dios. Y más aún, podrás mirarle a los ojos”.
Esto es el reflejo de que la vida de los sacerdotes tampoco es un camino de rosas, pero que va acompañada de la promesa de que un día podamos estar junto a Él en el Paraíso.
José Manuel García-Plaza (derecha), con el actor, en el teatro de Chinchón tras una función de Mi Cristo Roto.