Religión en Libertad

La hospitalidad alienta la esperanza

Entrevista al P. Alberto Ares, SJ, director del JRS Europe 
(Jesuit Refugee Service Europe, Servicio Jesuita a Refugiados de Europa)

El P. Alberto Ares, SJ es el director del JRS Europe

El P. Alberto Ares, SJ es el director del JRS Europe

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En un contexto de creciente incertidumbre y polarización, la hospitalidad se presenta como un acto revolucionario que puede sanar heridas y crear lazos de hermandad en una sociedad diversa y marcada por el miedo. En esta entrevista, el director del JRS Europa, Alberto Ares Mateos, SJ, nos habla sobre la importancia de la hospitalidad en la acogida de refugiados y migrantes, y cómo la Iglesia puede jugar un papel fundamental en la promoción de la justicia y la paz en el mundo.

-En su libro "Ser puerta abierta. La hospitalidad en el corazón de la espiritualidad", destaca la hospitalidad para crear lazos de hermandad en una sociedad diversa y marcada por el miedo. ¿cómo superar los miedos y prejuicios que impiden acoger a los demás en una sociedad diversa??

-La hospitalidad no es un lujo o un gesto bonito que hacemos cuando alguien nos cae bien. Es, en realidad, un acto revolucionario. Cuando recibimos a alguien con verdadera hospitalidad, le estamos diciendo: "Tú importas. Tu dignidad es sagrada. Mereces estar aquí."

»Los miedos y prejuicios que nos paralizan tienen una raíz común: el desconocimiento y la distancia. Cuando vemos al otro como amenaza, como cifra, como problema, es fácil construir muros. Pero cuando nos atrevemos a escuchar su historia, a sentarnos a su mesa, a compartir pan —algo tan simple y tan poderoso— las narrativas cambian.

»He visto en mi trabajo con el JRS cómo una conversación transforma tanto al que acoge como al acogido. Un vecino que inicialmente temía a los refugiados en su comunidad terminó siendo padrino de un joven sirio. Una mujer que había votado en contra de la acogida ahora trae comida a la casa donde viven familias migrantes. Estas historias nos muestran que el cambio es posible.

»Para superar los prejuicios necesitamos tres cosas: encuentro auténtico, información veraz y testimonios vivos. No podemos cambiar lo que no conocemos. A mi siempre me gusta citar un refrán castellano que creo que da en el clavo: “El roce hace el cariño”. La hospitalidad nos obliga a conocer. Y cuando conocemos de verdad, el miedo se disuelve casi naturalmente. Lo que queda es humanidad reconocida en el otro, y eso es lo que hiere y cura a la vez. Porque al abrir la puerta al otro, nos abrimos también a nosotros mismos.

-¿Qué papel debe jugar la Iglesia en la acogida y defensa de los refugiados?

-La Iglesia tiene una responsabilidad que no puede eludir. Somos herederos de una tradición que comienza con Jesús refugiado en Egipto, que continúa con los primeros cristianos acogiendo a perseguidos, y que atraviesa toda nuestra historia.

»Pero decir que la Iglesia "debe acoger" es insuficiente si eso significa simplemente abrir un comedor o proporcionar ropa de abrigo. Necesario, sí. Pero insuficiente. El papel de la Iglesia es múltiple y debe ser valiente:

»Primero, ser voz profética. La Iglesia debe levantar su voz en los espacios públicos para denunciar las injusticias, las políticas de cierre que olvidan que los derechos humanos no son negociables. Cuando se criminalizan los rescates en el mar, cuando se separan familias: ahí debe estar la Iglesia, clara y firme, diciendo "esto no es justo".

»Segundo, acompañar de forma integral. No se trata solo de caridad en la emergencia, sino de caminar con las personas en su proceso personal. Acompañamiento legal, psicológico, espiritual. Ayudar a la persona a recuperar su dignidad, no ser autónomos.

»Tercero, transformar comunidades. Nuestro trabajo es catalizar encuentros, crear espacios donde el refugiado y el ciudadano local descubran que comparten humanidad. La parroquia, el grupo de oración, la escuela dominical: pueden ser lugares donde se fragüe esta transformación.

»Cuarto, incidir en políticas. La Iglesia no debe solo acoger a las víctimas de políticas que deshumanizan, sino trabajar para que esas políticas cambien. Debemos estar en las mesas donde se toman decisiones.

»Lo que hemos aprendido en JRS Europa es que cuando la Iglesia hace esto, cuando es auténticamente hospitalaria y profética, se convierte en un agente de esperanza. Y eso es lo que el mundo necesita.

-¿Qué estrategias son efectivas para incluir a los refugiados y migrantes en la sociedad europea??

-La inclusión social es a mi modo de ver el gran desafío que vivimos en Europa. Nuestras sociedades diversas necesitan de una estrategia, de una mirada a largo plazo, que requiere paciencia, creatividad y, sobre todo, ayudarnos a soñar juntos la Europa que queremos. Cuando nos centramos primeramente en alimentar una Europa fortaleza, con más seguridad y muros, solo vemos una parte de la figura. Nos olvidamos que donde nos jugamos el futuro de nuestras sociedades es en cómo crecemos en cohesión social y como ayudamos a sentarnos todos a la misma mesa.

»Desde JRS hemos identificado algunas estrategias que funcionan:

  • La mediación y el diálogo. Necesitamos figuras que sean constructores de puentes, personas que conozcan diversas culturas, que hablen diversos idiomas, que puedan traducir no solo palabras sino significados. En JRS trabajamos con mediadores locales que conocen el barrio y que, a menudo, han sido ellos mismos migrantes. Son los más creíbles.
  • El acceso al empleo digno. Creo que uno de las dimensiones que más ayuda a la integración es permitir que una persona trabaje. Cuando un refugiado encuentra un trabajo donde se respeta su dignidad y sus competencias, deja de ser "el refugiado" para convertirse en "mi colega", en "mi vecino".
  • Los espacios de encuentro estructurados. No basta con la buena intención. Necesitamos programas: grupos de conversación en español, espacios de deporte compartido, huertos comunitarios donde trabajar juntos. Estos espacios humanizados crean vínculos reales.
  • La educación, especialmente con los menores. Las aulas son laboratorios de inclusión. Un niño maliense que comparte pupitre con un niño español desde los cinco años crecerá con una visión completamente diferente del otro. Por eso la educación inclusiva es una inversión de futuro.
  • El reconocimiento de saberes y habilidades. Los migrantes no llegan sin nada. Traen formación, experiencias, talentos. Reconocerlos públicamente, certificarlos, incluirlos en la vida profesional y social, transforma la narrativa. De "personas a las que ayudamos" pasan a ser "personas que contribuyen".

»Pero todo esto tiene un requisito previo: que los gobiernos locales y nacionales lo faciliten. Marcos legales que permitan el trabajo, educación inclusiva, vivienda digna. Sin esto, nuestro trabajo sería como regar un árbol en medio del desierto.

-En su libro, usted destaca la importancia de la hospitalidad para crear una sociedad más justa y equitativa. ¿Cómo equilibrar la hospitalidad con la justicia y los derechos humanos en la migración??

-Esta es una pregunta que toca de lleno el corazón de la espiritualidad ignaciana.

»La hospitalidad sin justicia puede convertirse en paternalismo. Somos bienvenidos, sí, pero como beneficiarios. Podemos quedarnos, pero siempre bajo nuestras reglas. Eso no es verdadera hospitalidad.

»La justicia sin hospitalidad, por su parte, se vuelve fría, legal, impersonal. Puede garantizar derechos, pero sin el calor del encuentro humano.

»Lo que necesitamos es un tercer camino: la hospitalidad como justicia. Esto significa varias cosas:

»Primero, reconocer que muchas de las personas que llegan como "migrantes" o "refugiados" están huyendo de violencias que nosotros, Occidente, hemos contribuido a crear. Guerras, cambio climático, explotación económica. Nuestra hospitalidad, entonces, no es únicamente caridad: es también reparación, es reconocimiento de complicidad.

»Segundo, la hospitalidad debe ser radical, no me atrevo a decir igualitaria porque seguiremos siendo diferentes, pero sí sin asimetrías de poder. El refugiado que entra en mi comunidad merece los mismos derechos que yo, no como un favor, sino porque es justo. No puede haber hospitalidad donde persiste la discriminación.

»Tercero, la hospitalidad exige estructuras justas. No es suficiente que yo, individualmente, sea hospitalario. Necesitamos sistemas que protejan el derecho a migrar, que garanticen una documentación básica, que no criminalicen la vulnerabilidad.

»En el corazón de todo esto está la dignidad humana. La persona no es un problema a resolver, ni una víctima pasiva, ni un invasor a temer. Es alguien creado a imagen de Dios, con derechos inalienables. Cuando actuamos desde esa verdad, la hospitalidad y la justicia no solo se equilibran: se encuentran y se refuerzan mutuamente.

-¿Qué mensaje de esperanza podemos ofrecer a los cristianos y la sociedad sobre la acogida de refugiados?

-Los europeos estamos cansados. Cansados de noticias que nos asustan, de políticos que nos dividen, de una sensación de que todo se desmorona. Yo creo que ese cansancio es real y lo palpamos en la vida cotidiana, pero precisamente ahí reside el desafío y la oportunidad.

»A los cristianos les diría que recordemos de dónde venimos. Nuestras comunidades nacieron en las catacumbas, donde los cristianos acogían a perseguidos. Se construyeron sobre la experiencia de saber que no tenemos un hogar permanente, que somos peregrinos. Eso nos da una perspectiva única para entender a quien huye, a quien ha perdido su casa.

»En quizás la primera definición de “cristiano” que aparece en la Carta a Diogneto, en el siglo II, se dice: “Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña.”

»Somos portadores de una promesa revolucionaria: que otro mundo es posible, que la comunión humana es más fuerte que el miedo, que la vida prevalece sobre la muerte. Eso no es ingenuidad. Es realismo cristiano.

»A la sociedad en general, creyente o no, les diría: miremos a nuestro alrededor. En casi cualquier ciudad europea encontrarán historias de transformación. Cirujanos venezolanos trabajando en hospitales. Ingenieros ucranianos reconstruyendo ciudades. Maestros de primaria que vienen de Argentina. Emprendedores que llegan sin nada y crean empleos. La migración no es solo crisis, como algunas personas intentan remarcar, es también y sobre todo renovación.

»Lo mismo le ha tocado vivir al pueblo español y europeo en muchas partes de su historia, como pueblos migrantes y refugiados por medio mundo. Pero tenemos a veces una mala memoria tanto personal como colectiva.

»El desafío es enorme, lo sé. Pero lo más peligroso sería sucumbir al fatalismo, a la idea de que "no se puede hacer nada". La hospitalidad es el acto más político y más espiritual que podemos hacer. Porque dice "sí" a la vida, "sí" a la comunidad, "sí" a un futuro compartido.

»Mis amigos migrantes, algunos con historias como las que pueden encontrarse en el libro “Ser puerta abierta”, me han enseñado más sobre esperanza que cualquier manual de teología. Porque ellos, habiendo perdido casi todo, siguen soñando. Siguen creyendo que hay futuro. Si ellos pueden esperar, ¿cómo no podemos nosotros?

-¿Cómo puede la Unión Europea abordar la crisis migratoria de manera efectiva?

-La crisis del Sistema de Dublín IV es, fundamentalmente, una crisis de reparto justo de responsabilidades. El sistema actual es profundamente injusto, porque concentra toda la carga en los países de frontera, mientras que otros pueden elegir cuántos refugiados aceptar.

»Esto no es un defecto secundario del sistema. Es su estructura misma. Y desde 2023, sin reforma, estamos viviendo sus consecuencias: países fronterizos desbordados, acuerdos bilaterales desesperados, personas durmiendo en las calles de Atenas o Palermo.

»Sin entrar en los pormenores del Nuevo Pacto Europeo de Migraciones y el inicio de su implementación en 2026, es bueno que haya unas sólidas bases.

»Necesitamos un sistema de reubicación obligatoria y vinculante. No más declaraciones de intención. Si aceptamos el marco de derechos humanos compartidos —y así debe ser— entonces todos los miembros de la UE tienen la responsabilidad de acoger según su capacidad: población, PIB, infraestructura.

»Necesitamos un fondo europeo de solidaridad sustancial. Los países de frontera no pueden absorber solos el costo. Esta es una inversión en estabilidad europea.

»Necesitamos armonizar estándares de protección. No puede ser que una persona refugiada reciba protección total en un país pero sea rechazado en otro. La dignidad humana no debería depender de dónde cruces.

»Y necesitamos ser claros y reconocer que la migración es una realidad del siglo XXI. Las fronteras cerradas son un mito: el cambio climático, la violencia política, la persecución seguirán empujando personas hacia lugares más seguros. Eso les pasó a los españoles que buscamos un futuro mejor en América o que nos vimos obligados a huir fruto de la guerra civil. La pregunta no es si habrá migración, sino como logramos vivir juntos con esperanza.

»Algunos dirán: "Es idealista, es imposible". La respuesta es: hemos hecho cosas más difíciles. Si podemos lanzar satélites al espacio, seguro podemos crear un sistema justo de protección. Lo que falta no es capacidad: es voluntad política. Y esa voluntad solo emerge si los ciudadanos, si todos nosotros exigimos a nuestros gobiernos que actúen.

-¿Qué medidas tomar para proteger a los menores no acompañados en la migración?

-Los menores no acompañados son nuestro espejo moral. Porque no hay argumento de "seguridad nacional" o "límite de capacidad" que justifique abandonar a un niño solo en la calle. Lamentablemente, es lo que está sucediendo en algunas ciudades europeas. Niños durmiendo en estaciones de autobús, explotados, traficados. Además de que las cifras de menores son ridículas cuando vemos las cifras globales. Es cierto que en una isla como el Hierro, con cantidades sustanciales, pero volvemos de nuevo a la corresponsabilidad en el sistema de protección europeo.

»Algunas medidas que sería necesario tomar no son nuevas:

»Crear sistemas de acogida especializados. No pueden ir a centros de adultos. Necesitan hogares de acogida con educadores, psicólogos, abogados. Esto tiene un costo, pero es un costo de civilización.

»Acelerar los procesos de determinación de mayoría de edad. La incertidumbre es psicológicamente destructiva. Un niño que no sabe si será deportado mañana o en un año no puede curarse, no puede estudiar, no puede vivir. Los procesos deben ser más rápidos y justos.

»Garantizar representación legal efectiva. Todo menor debe tener un abogado, no para que gane un proceso judicial, sino para que sea visto y escuchado. Alguien que le diga: "Tu voz importa".

»Facilitar la búsqueda y reunificación con familias. Muchos menores no vinieron solos por elección. Los "dejaron" sus padres como acto de amor, confiando que estarían más seguros. Necesitamos invertir recursos en encontrar esas familias y, cuando sea posible, reunificarlas.

»Protección especial contra la explotación. Los menores no acompañados son presas fáciles del tráfico humano, la explotación laboral y sexual. Necesitamos formación para policía, educadores, trabajadores sociales. Necesitamos que la sociedad esté alerta.

»Oportunidades educativas y de formación. Un menor puede formarse. Si no lo hace, a los 18 cuando "sale" del sistema de protección, no tiene nada. La educación no es un lujo para ellos, es salvavidas, y además una necesidad en nuestras sociedades europeas envejecidas.

»He conocido a muchos de estos menores, que ahora son mayores. Algunos han caminado semanas por el desierto, han sobrevivido naufragios, han visto cosas que no debería ver ningún ser humano. Y a pesar de todo eso, muchos de ellos conservan una inocencia, una capacidad de reír, que nos debería avergonzar. Porque somos nosotros, los adultos, muchas veces quienes hemos fallado en cuidarlos.

»La protección de menores no acompañados no es una política migratoria. Es una prueba fundamental de si creemos realmente que todos somos humanos, que todos tenemos dignidad.

-¿Cómo promover una cultura de acogida y fraternidad hacia los migrantes y refugiados?

-Esta pregunta toca algo que, honestamente, me preocupa: la indiferencia. Porque el miedo al migrante, aunque sea injusto, al menos es una reacción. Pero la indiferencia es peor. Es un no mirar, un no escuchar, un seguir adelante como si el sufrimiento no existiera.

»He visto cómo la indiferencia crece en Europa. Vemos imágenes de naufragios y muchas veces cambiamos de canal, o deslizamos la pantalla en TikTok. Leemos sobre personas que viven en las calles y pensamos "qué triste" antes de pasar al siguiente titular. Es como si tuviéramos un escudo psicológico que nos protege del dolor ajeno. Y la Iglesia, si no es cuidadosa, puede reproducir esa indiferencia.

»Creo que como nos recordaba el Papa Francisco, somos llamados a combatir esa cultura de la indiferencia:

  • Primero, creo que la Iglesia debe hacer visible lo invisible. Las estructuras de injusticia funcionan mejor cuando están ocultas, cuando no las vemos. La Iglesia debe traer a la luz, con valentía, esas realidades que preferimos ignorar. Eso significa invitar a nuestras comunidades a ver con ojos nuevos. No predicar desde el púlpito únicamente, sino crear espacios de encuentro, donde se conviva con personas migrantes. El encuentro cara a cara es irrefutable. No puedes ser indiferente ante una madre que te cuenta cómo perdió a su hijo cruzando el Mediterráneo, que lo dejó con su hermana en Nicaragua, para buscar un futuro mejor y poder alimentarlo.
  • Segundo, necesitamos una liturgia que encarne estos valores. Nuestras misas, nuestras oraciones deben reflejar esta urgencia. No como añadido político, sino como expresión de nuestra fe. Cuando rezamos por los migrantes en la intercesión, cuando el migrante está en el altar como diácono o catequista, cuando su realidad permea nuestro encuentro con lo sagrado, algo cambia en nosotros. La liturgia nos transforma. Y la transformación es contagiosa.
  • Tercero, la formación es fundamental. No basta con la buena intención. Los párrocos, los catequistas, los líderes de comunidades necesitan formación profunda sobre migración, derechos humanos y justicia. Necesitan herramientas para combatir los prejuicios; necesitan historias que compartir, datos que citar, reflexión teológica que fundamentar. Porque cuando un párroco lleva años acompañando migrantes, su predicación es completamente diferente. Es más encarnada. Es viva.
  • Cuarto, creo en el poder de las comunidades de hospitalidad. No pueden ser solo las estructuras. Necesitamos comunidades donde se encarne esa profecía dentro de la Iglesia. El JRS es testigo de que esas comunidades no solo son una bendición, ayudan a la transformación social, de nuestros entornos, pero sobre todo de nosotros mismos. La fraternidad se construye en la cercanía, no en las grandes declaraciones.
  • Quinto, debemos cambiar la narrativa. Esto es crucial. Los migrantes son presentados en muchos espacios públicos como una amenaza, como una carga, como números. La Iglesia tiene el poder de ayudar a narrar esa historia. De mostrar al migrante como imagen de Dios, como portador de dignidad, como hermano y hermana, como enriquecimiento y oportunidad. Las historias que contamos determinan cómo vemos la realidad. Si la Iglesia cuenta historias de transformación, de encuentro, de esperanza compartida, estamos reescribiendo la cultura.
  • Sexto, alianzas estratégicas. La Iglesia no puede trabajar sola. Juntos somos más fuertes. Juntos podemos incidir en políticas reales.
  • Y finalmente, creo que necesitamos profetas entre nosotros. Personas que no tengan miedo de decir no, de enfrentar la injusticia, de cuestionar estructuras. Eso cuesta un precio. Algunos mártires de hoy son defensores de migrantes encarcelados, asesinados, perseguidos. La Iglesia debe honrar esa profecía y apoyarla.

-¿Qué papel deben jugar los cristianos en la promoción de la justicia y la paz en el contexto de la migración?

-Esta es, para mí, una pregunta con mucho sentido. Porque nos devuelve a lo esencial: no se trata de políticas, de sistemas, de leyes únicamente. Se trata de cómo vivimos nuestra fe cotidianamente.

»El cristianismo no es una ideología privada, guardada para los domingos. Es una forma de estar en el mundo.

»¿Qué significa vivir la fe de manera misionera en este ámbito de las migraciones?

  • Primero, significa reconocer el carácter misionero de la vida cotidiana. Todos tenemos en el imaginario de la misionera o misionero en tierras extrañas, pero todos somos misioneros. Una abogada que defiende gratuitamente a una persona migrante sin papeles está viviendo la misión. Una maestra que crea un aula inclusiva donde niños de diferentes orígenes aprenden juntos está viviendo la misión. Un empresario que contrata a un refugiado y lo trata con dignidad está viviendo la misión.
  • Segundo, significa ser presencia profética en nuestros espacios de influencia. En los ayuntamientos, en los debates públicos, en nuestras asociaciones profesionales, en la mesa familiar, en la parada del autobús. Ahí es donde la justicia realmente se encarna o se niega. El cristiano no puede ser un extraño en esos espacios. Debe ser una voz —quizá incómoda— que recuerda que hay seres humanos detrás de esas políticas, esas decisiones, esas leyes.
  • Tercero, significa construir redes de hospitalidad. Apoyar a las Delegaciones de Migraciones de nuestras diócesis, Caritas, al JRS y otras muchas organizaciones católicas. Cuando estamos unidos y formamos comunidad, tejemos red, tenemos mucho más impacto y somos realmente agentes de comunión.
  • Cuarto, creo en el poder de la vulnerabilidad compartida. Los cristianos somos también migrantes, en cierto sentido. Peregrinos que no tenemos aquí una ciudad permanente, como dice san Pablo, y como narraba la Carta a Diogneto. Cuando reconocemos nuestra propia vulnerabilidad, nuestra fragilidad, se nos hace más fácil reconocerla en otros. Un cristiano que ha experimentado el miedo, la incertidumbre, la pérdida, está mejor preparado para acompañar a quien ha huido y lo ha dejado todo.
  • Quinto, es vivir con esperanza realista. Realista porque vemos las dificultades, los retrocesos, las políticas xenófobas. Pero esperanza porque sabemos, por experiencia, que el cambio es posible. He visto comunidades que hace diez años eran xenófobas convertirse en espacios de acogida. He visto personas que llegaron con las manos vacías convertirse en pilares de sus barrios. Si hemos visto eso, ¿cómo no creer en la posibilidad del cambio?
  • Sexto, creo en la importancia de la formación espiritual. No podemos vivir este compromiso únicamente desde la razón o desde la culpa. Necesitamos raíces profundas en la experiencia mística, en la oración, en el encuentro con Dios. Porque hay días en que el cansancio nos vence, en que vemos más injusticia de la que podemos soportar. Esos días, solo la fe nos sostiene. Solo el contacto con lo trascendente nos recuerda por qué estamos aquí, qué sentido tiene todo esto.
  • Séptimo, significa ser testimonio vivo de reconciliación. En un mundo dividido, fragmentado, lleno de resentimiento, el cristiano está llamado a tender puentes. No ingenuo, pero sí valiente en sus esfuerzos por reconciliar. Eso es profundamente misionero.
  • Y finalmente, creo que los cristianos estamos llamados a ser agentes de esperanza, como este año se nos recuerda en el Jubileo. No la esperanza de promesas vacías. La esperanza que brota de la convicción de que Dios ama a los pobres, a los desplazados, a los perdidos, como nos dice la última encíclica del Papa León XIV: "Dilexi te". Que el Reino de Dios ya está entre nosotros, germinando, creciendo. Que otro mundo no solo es posible: ya está naciendo en los actos cotidianos de miles de cristianos comprometidos.

»He conocido a familias de nuestra red de comunidades de hospitalidad que acogen a jóvenes migrantes y que ya los sienten como si fueran hijos suyos. He conocido a abuelos que enseñan a leer a niños refugiados. He conocido a jóvenes que dedican si vida a defender los derechos de las personas migrantes. Estos son los verdaderos misioneros de nuestro tiempo. No son famosos. No aparecen en las noticias. Pero están tejiendo un mundo nuevo, hilo a hilo, encuentro a encuentro, abrazo a abrazo.

»Eso es vivir la fe de manera misionera. Eso es ser cristiano en el siglo XXI. No desde la seguridad de nuestras capillas, sino en el corazón de las ciudades, en las estaciones de tren, en nuestras empresas, en la cola del super, en los juzgados, en la peluquería, en las mesas donde se toman decisiones.

»Jesús vino a inaugurar el Reino, donde todos —todos— tienen un lugar. Los migrantes, los refugiados, los sin papeles, los excluidos también, un lugar privilegiado. El P. Rutilio Grande lo describió muy bien en una homilía que es conocida como el Sermón de Apopa: “Un mundo material para todos sin fronteras. Una mesa común con manteles largos para todos. Cada uno con su taburete. Que para todos llegue la mesa, el mantel y el conqué.”

»Eso es lo que nos movió a Jennifer, a María del Carmen y a mí a escribir el libro "Ser puerta abierta". No un idealismo ingenuo, sino una convicción arraigada en nuestra fe de que otro mundo no solo es posible: está germinando ya, en los actos de acogida de aquellas personas que abren su puerta, su mente y su corazón, que son testigos y testimonios vivos del milagro de la hospitalidad.

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