La Compañía de los santos (Palabras sobre la santidad - XXIV)
Desde el principio de su vida pública, Cristo no actuó solo sino que asoció a su persona, a su vida y a su misión a otros, a los apóstoles, a los discípulos, a un grupo numeroso. Fue una Compañía, una Comunión, lograda despacio hasta la Cruz. El nacimiento mismo de la Iglesia se produce como Compañía y Comunión: el Espíritu Santo no se da a cuentagotas, a individuos aislados, sino al grupo apostólico, en el Cenáculo. La Iglesia, desde su origen, es una Comunión.
Esta Comunión es visible, con la Iglesia peregrina hoy en el tiempo, presidida por Pedro y el Colegio apostólico, pero también es invisible, con todos los miembros de este Cuerpo, los santos, que a lo largo de la historia nacieron a la vida eterna por los sacramentos de la Iglesia. Es una Comunión diacrónica y sincrónica. Todos los santos están en ella, y nosotros hoy formamos parte de esta Comunión de los santos. Es una Compañía viva de santos, amigos de Dios, que es aglutinada por el Espíritu Santo que establece relaciones profundísimas que no nacen de la carne ni de la sangre, sino de Dios. Recordemos la preciosa doctrina del Catecismo:
La Iglesia, superando los aspectos visibles, organizativos, en cierto modo sociológicos, es un Misterio cuya entraña es la Comunión de los santos y su centro es Dios y el Cordero que está sentado en el trono, Jesucristo. A la Iglesia nos agregamos por el Bautismo, siendo introducidos en esta Comunión de los santos, participando de sus bienes y aportando cada uno lo propio: su caridad sobrenatural, su oración, sus obras, la santificación de lo cotidiano, su alabanza, sus virtudes...
Nuestras soledades y dificultades, que son muchas, no deben hacernos olvidar que realmente, no estamos nunca solos, sino arropados, y mucho, por esta Comunión de los santos, que experimentamos cercana, una de manera visible y otras muchas veces arropados de manera invisible pero eficaz. Los demás, los santos, nos sostienen.