Religión en Libertad

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¡Misterio grande y admirable! La Iglesia es la Gran Comunidad, la Católica, Cuerpo de Cristo en la historia que no anula a la persona, ni la absorbe en la masa, sino que la integra y eleva por gracia. Lo contrario a cualquier asociación humana o cualquier 'colectivo' que despersonaliza llegando a ser una masa informe.

La persona en la Iglesia recibe los medios sobrenaturales necesarios para desarrollar su persona al máximo, hasta el punto de crecer a la medida de Cristo en su plenitud. Es un 'yo' que crece en el 'Yo' de la Iglesia, al vivir unido a Cristo-Cabeza y a sus hermanos, miembros del Cuerpo del Señor. Y así como el Señor conoce nuestro nombre, y a cada oveja la llama por su nombre, de una manera distinta y personalísima, así la Iglesia potencia este nombre personal recibido agregándonos a una Sociedad del Espíritu, siempre nueva y siempre personal, a la vez que comunitaria. Con Guardini, profundicemos hoy en esta relación entre la Iglesia y la persona, miembro de ella.

La persona cristiana se desarrolla en la plenitud de lo que ella puede llegar a ser, por Gracia, en la Iglesia. Aquí nadie se despersonaliza y se convierte en un número, sino que aquí recibe todo para llegar a ser ella misma. La Iglesia no es un obstáculo para el desarrollo personal sino la garantía para dicho desarrollo. La gran comunidad eclesial permite que cada persona llegue a ser ella misma, potenciando todo lo humano y elevando por Gracia al hombre creado y redimido. Pero el hombre -considerado en el verdadero humanismo cristiano- no es un ser aislado que vea en el otro un límite o un enemigo, sino es un ser en relación, que crece en relación de amor, a imagen de la Trinidad, comunidad de amor. La Iglesia es la Comunidad santa donde ese Amor sobrenatural fecunda lo humano y las relaciones humanas-comunitarias. Nace una nueva humanidad con la incorporación a la Iglesia. Nace un hombre nuevo en la Iglesia, unido a Cristo. Nace la posibilidad de vencer el egoísmo con la caridad sobrenatural vivida en la Iglesia por el Espíritu Santo. Se rompen las barreras del aislamiento, las murallas de la autosuficiencia. Lo humano -lo personal- recibe su plenitud en la Comunidad eclesial.

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