Santidad de la Iglesia (Palabras sobre la santidad - VII)
Brilla el misterio de la Iglesia, y éste misterio está constituido por su santidad. Ella, Templo de la gloria de Dios, es santificada constantemente por el Espíritu Santo, que así la embellece para su Esposo y Señor.
Las categorías humanas se quedan pequeñas, simples balbuceos, para poder definir a la Iglesia: asamblea, grupo, organización, poder... y se quedan igualmente pequeñas para intentar enumerar sus características fundamentales. El Credo, compendio de la fe, señala las cuatro notas básicas y determinantes: una, santa, católica, apostólica. La Iglesia es santa porque es un pueblo escogido por el Señor, propiedad suya, y el Señor mismo la eleva para para participar de su propia vida y santidad. Es una obra del Señor que embellece a su Esposa, la regenera, la lava por el Bautismo, la viste de gloria y gracia, la perfuma con el óleo de alegría y la presenta ante sí, santa e inmaculada, como señala el Apóstol (Ef 5).
La Iglesia es santa y pecadora; santa en sí misma por la santidad de su Señor y porque ha recibido todos los medios necesarios para la santificación de sus hijos, pero pecadora en sus miembros, en cada uno de sus hijos, que siguen siendo pecadores y que con su pecado afean a la Iglesia. Es la santa Iglesia de Dios que alberga en su seno a los pecadores; es la Iglesia santa, pero siempre necesitada de renovación: Ecclesia semper reformanda.
La Lumen Gentium, para explicar la llamada universal a la santidad de todos los bautizados, comienza partiendo de la santidad de la misma Iglesia:
La Iglesia, en sí misma, es santa; pero en ella, nosotros, hijos de Adán, somos pecadores, necesitados de la santidad de la Iglesia para llevar a plenitud la consagración del bautismo, luchando contra el pecado, creciendo en las virtudes, configurándose a Cristo. Es una tensión en el seno mismo de la Iglesia, entre su santidad original, dada por Cristo, y el pecado de sus miembros.