La construcción de la ciudad (política y oración)
La vocación apostólica del laicado en el mundo es la construcción de la ciudad secular según el diseño de la Ciudad de Dios; es ordenar las realidades temporales según el Espíritu de Cristo y por tanto transformar las realidades sociales en una cultura de la vida.
Lo propio del laicado es el mundo y el orden civil, social y político, para aportar según Cristo construyendo según los patrones de lo bueno, lo verdadero y lo bello. Sostenido, respaldado y enviado por la Iglesia, el laicado católico tiene una vocación grande, la de buscar el bien común de la ciudad sin plegarse a la cultura secularizada, sino inyectando vida verdadera en todo.
De modo particular y más directo, movidos por la identidad católica y llenos de fe, los políticos, parlamentarios y gobernantes reciben un mandato del mismo Cristo para desarrollar su vocación política y pública en consonancia con la fe, sin compartimentos estancos o reduciendo la fe a lo privado.
Ofrecen así un testimonio válido, una palabra autorizada, una búsqueda real del Bien común:
Los católicos que ejercen de manera directa tareas políticas, gubernamentales o legislativas, deben hacerlo responsablemente, buscando el Bien común, "no buscando la propia utilidad, ni la de su propio grupo o partido, sino el bien de todos y de cada uno y, por lo tanto, y en primer lugar, el de los más desfavorecidos de la sociedad" (Juan Pablo II, Disc. en el jubileo de los políticos y gobernantes, 4-noviembre-2000). Nosotros somos ciudadanos del cielo, pero no nos desentendemos ni de la tierra ni del orden temporal, sino que trabajamos la materia del mundo en Cristo, dándole la forma de Cristo, como corresponde a la verdad de la naturaleza creada. Todos, de una manera u otra, construimos la ciudad terrena.
Para no ser llevados adonde no queremos ir, arrastrados por la secularización y en lugar de transformar el mundo, ser transformados según la mentalidad del mundo, no cabe duda de la necesidad de una vida muy fuerte y seria de oración y contemplación, de contacto con el Señor:
Una reflexión muy sugerente, interpelante, nos la puede ofrece Jean Danielou. La oración y la contemplación no aislan, sino robustecen, concretan y envían a algo, a una misión; es la fuerza para asumir un reto y un compromiso, es un envío. La oración y la contemplación refuerzan la unión con Cristo y la identidad como católicos para salir al mundo e insertarse en las realidades temporales.