Cristianismo y mundo secular
El cristianismo está en el mundo y es "su alma" según aquella imagen de la Carta a Diogneto.
Está en el mundo sin ser del mundo: esto conlleva un equilibrio difícil de mantener en muchas ocasiones.
1. A veces, para no ceder al ambiente del mundo, se busca que la Iglesia se repliegue, lo vea todo malo y todo lo condene, y se fabrica una historia de la Iglesia "irreal", donde en el pasado todo era perfecto, y los males han surgido de pronto fruto del Concilio Vaticano II.
2. Otras veces, por estar en el mundo y dialogar con él, se ha caído en una adaptación tal a los principios secularizados de la modernidad y post-modernidad, que la Iglesia se ha mundanizado.
Difícil, repito, el equilibrio: ni encerrarse ni anquilosarse ni emplear lenguajes de condena, pero tampoco la asimilación y confusión con las ideas imperantes de la post-modernidad.
Hemos sido quizá demasiado débiles e imprudentes en esta actitud a la que nos invita la escuela del cristianismo moderno: el reconocimiento del mundo profano en sus derechos y en sus valores; la simpatía incluso y la admiración que le son debidas. Hemos andado frecuentemente en la práctica fuera del signo. El contenido llamado permisivo de nuestro juicio moral y de nuestra conducta práctica; la transigencia hacia la experiencia del mal, con el sofisticado pretexto de querer conocerlo para sabernos defender luego de él...; el laicismo que, queriendo señalar los límites de determinadas competencias específicas, se impone como autosuficiente, y pasa a la negación de otros valores y realidades; la renuncia ambigua y quizá hipócrita a los signos exteriores de la propia identidad religiosa, etc., todo esto ha insinuado en muchos la cómoda persuasión de que hoy, incluso el cristiano, tiene que asimilarse a la masa humana, tal y como ésta es, sin preocuparse de marcar por su propia cuenta alguna distinción, y sin pretender, que como cristianos, tengamos algo propio y original que, confrontado con lo de los demas, pueda aportar alguna saludable ventaja. Nos hemos propasado en el conformismo con la mentalidad y con las costumbres del mundo profano. Volvamos a escuchar la apelación del apóstol Pablo a los primeros cristianos: "No queráis conformaros al siglo presente, sino transformáos con la renovación de vuestro espíritu" (Rm 12,2); y el apóstol Pedro: "Como hijos de obediencia, no os conforméis a los deseos de cuando errábais en la ignorancia" (1Pe 1,14). Es necesario diferenciar la vida cristiana de la profana y pagana que nos asedia; es necesaria una originalidad, un estilo propio; más aún, una libertad propia para vivir según las exigencias del Evangelio. Respecto al mundo hemos de mantener una independencia espiritual. A este propósito, el dominio de sí, el espíritu ascético, la actitud viril de la conducta cristiana, no nos deberán sonar a piadosas advertencias ya superadas; sino que serán ejercicios de lucha cristiana, hoy tanto más necesaria cuanto mayor es el asedio y el asalto del ambiente amorfo o corrompido que nos rodea. Defenderse, preservarse; como quien vive en un ambiente de epidemia» (Pablo VI, Audiencia general, 21111973).
Es realmente lo contrario a la secularización: la identidad cristiana que se forja reciamente en la escuela del Evangelio, adquiriendo una originalidad y una libertad verdaderas que son cristianas. Pero hacen falta otras virtudes, las que nacen del ejercicio ascético, de la madurez y de discernir lo que nos viene del mundo con su lenguaje post-moderno. Hay que estar en el mundo, y aprovechar también lo bueno que el mundo presenta, que no todo es malo, pero, repitámoslo, sin ser ingenuos optimistas en nuestro trato con el mundo, ni encerrarnos en la iglesia/sacristía con miedo a todo y viendo perversión en todo.
"Queda una última pregunta: ¿Debemos en ese caso salir del mundo? ¿La fuga mundi de los maestros medievales ha de ser nuestra propia regla? El estilo espiritual hoy es diverso, y nos recuerda los matices del Evangelio: no ser del mundo, sino ser para el mundo; es decir, para impregnarlo con nuestro espíritu cristiano, darle un alma nueva, servirlo por amor. ¡Éste es el espíritu del Concilio!" (Ibíd.)