Avancemos en la teología de la Navidad
Siempre me ha parecido que el hombre pretende disimular u ocultar la fuerza del Misterio escondiéndolo tras lo banal o lo cultural, a lo mejor no tanto porque no se sepa preguntar al Misterio, cuanto que prefiere la comodidad del quedarse quieto y no indagar, no buscar para no hallar. Se amordaza el Misterio tras expresiones humanas o culturales y así se sobrevive con el Misterio sin atreverse a dejarse fascinar por lo bello y verdadero del Misterio.
El ciclo litúrgico de la Navidad es, en verdad, un Misterio, el gran Misterio, el Misterio accesible y palpable del Verbo, de la Presencia del Dios-con-nosotros, que descubre el hombre al hombre, le revela sus inmensas posibilidades, le señala el camino de su sobrenatural vocación a la santidad, el Misterio de la condescendencia divina, del admirable intercambio entre la naturaleza humana y la divina para hacernos a nosotros partícipes de la vida de Dios.
No obstante, frente al Misterio que sobrecoge al hombre y le hace brotar el estupor, la admiración y la adoración, el hombre ha preferido amortiguar el golpe de Dios, ocultar sus refulgentes rayos, envolviéndolo todo en un vulgar y simple papel de regalo; hemos querido arrebatarle fuerza transformándolo en dulzura meliflua, empalagosa, chorreante de miel; es un folclore navideño, aceptado y participado por todos que resulta más “entretenido” y falsamente “humano” que la acogida del Misterio que se da. La fuerza de Dios y la belleza del cristianismo que engendra se oculta tras los velos de la “solidaridad”, del compartir navideño, de los regalos y de lo convencionalmente aceptado por la sociedad, ya incluso, abierto y descaradamente, sin referencias a Jesús en muchos eventos, adornos o felicitaciones. El que se manifiesta lo preferimos como un Dios oculto y escondido; el que habla lo preferimos mudo. Un simple y último ejemplo: la liturgia misma de Navidad es abarrotada y colmada de cantos y villancicos populares, coros de niños vestidos de “pastorcitos” y Misas “flamencas o rocieras”, marginando los grandes cantos de la liturgia de Navidad, incluso el mismo salmo responsorial o el Gloria.Pero volvamos al principio: estamos ante el Misterio.
Y el hombre sabio, el creyente, sabe que ante el Misterio hay que ponerse de rodillas, llenos de asombro y gratitud, adorar y amar, acoger y dejarse coger por el Misterio. Aquí está la Belleza, la Verdad, la Bondad, la Luz, la Palabra y la Vida.