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Arcoíris

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La tradición occidental ha reconocido desde hace mucho tiempo que el arcoíris tiene siete colores. Fue Newton quien asignó esta cifra y, dada la importancia de su figura, es el estándar que se ha seguido desde entonces. Sin embargo, estas últimas décadas lo vemos en numerosas ocasiones representado con seis colores, aunque también en Oriente y en África se representa a menudo con cinco tonalidades. Y seguramente habrá otras variantes. ¿Quién tiene razón?

Si nos atenemos puramente a la ciencia, el arcoíris no posee un número limitado de colores. Más bien es un continuo de coloraciones que se forman al dispersarse la luz solar a través de las gotas de lluvia. Por eso lo vemos en esos días excepcionales en que, a pesar de estar lloviendo, al sol no lo tapan del todo las nubes.

Entonces, ¿por qué unos ven cinco, seis, siete u ocho? Porque el ser humano trasciende lo terrenal. Somos imagen y semejanza de Dios, tal y como se recoge en la Sagrada Escritura. De modo que nuestro parecido con este ser inteligente supremo nos empuja a hacer algo semejante a lo que Él hace en el Génesis, donde vemos cómo separa las aguas, crea el firmamento y lo llama Cielo (Gn 1,7-8). Nosotros, aunque no creamos de la nada como Él, sí inventamos cosas con nuestras manos, ordenamos la realidad y le damos nombre.

La aceptación del siete en la cultura occidental encaja también con que es un número asociado a la perfección. Siete son las notas musicales y también una serie de elementos clave de la tradición cristiana: los sacramentos, los dones del Espíritu Santo y muchos de los grandes símbolos proféticos del Apocalipsis. También el Génesis nos dice que Dios creó el universo en seis días y el séptimo descansó, y precisamente aquí vemos un gran contraste con el seis. El siete representa la plenitud y el descanso en Dios, mientras que el seis representa un mundo todavía incompleto, donde no existe ese día dedicado a descansar y glorificar al Creador. Por eso no es extraño que la tradición cristiana haya asociado también el seis con lo demoníaco. En este sentido, resulta muy llamativo que esta sea la cifra elegida en numerosos ámbitos institucionales y culturales de hoy.

La ciencia nos ayuda a entender cómo se forma el arcoíris y por qué se sitúa en un lugar y con una elevación concretas. Existen unas leyes de refracción y reflexión con las que se puede calcular de manera precisa todo esto, hasta el punto de poder calcular el ángulo exacto con el que vemos el arcoíris principal: aproximadamente 42 grados respecto a la línea entre el observador y el sol. Sin embargo, esto no nos satisface del todo. También necesitamos darle un sentido. De modo que, dependiendo de nuestra visión religiosa del mundo, le asignaremos un significado diferente. A los cristianos se nos muestra en el propio libro del Génesis: “yo pongo mi arco en las nubes, como un signo de mi alianza con la tierra. Cuando cubra de nubes la tierra y aparezca mi arco entre ellas, me acordaré de mi alianza con ustedes” (Gn 9, 13-15). Sería bueno que, cada vez que vislumbremos el arcoíris, al contemplar su belleza, no nos quedemos en lo material y le correspondamos a Dios acordándonos de él, de nuestro Creador, que nos hace regalos como este.

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