Jueves, 13 de agosto de 2020

Religión en Libertad

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Comunión espiritual: la eucaristía en tiempos de confinamiento

por Mientras el mundo gira

Traduzco y comparto este iluminador artículo aparecido en L'Homme Nouveau:

Sacerdote de la diócesis de Bayona que entró en la Compañía de Jesús en 1850, el R.P. Justin Etcheverry (1815-1890) es autor de numerosas obras. Durante sus años en la isla de la Reunión, escribió La Communion spirituelle, libro de espiritualidad en el que recuerda los efectos de esta práctica así como las condiciones esenciales para obtener todos sus beneficios:

"Así es como el santo Concilio de Trento definió la comunión espiritual: “aquellos que recibiendo con el deseo este celeste pan, perciben con la viveza de su fe, que obra por amor, su fruto y utilidades”. […]

“La comunión sacramental es más que la estrecha unión de dos amigos que se abrazan, más que la unión del esposo y la esposa; la Comunión espiritual es definitivamente algo más que la unión que puede tener lugar entre dos corazones, por el pensamiento, el afecto y el recuerdo. Sabemos  que Aquel que es amor supera infinitamente todo lo que puedan soñar las más ricas imaginaciones y los corazones más ardientes; alegrémonos al escuchar a la Iglesia decirnos que cuando comulgamos espiritualmente, nos alimentamos por el deseo de este Pan Celestial, y que en virtud de la fe que la caridad hace fructífera, sentimos el fruto y la utilidad. […]

Y no se piense que se trata aquí de la unión sólo con la Divinidad; que actúa, como dijimos al principio, por la gracia santificante; crece y se intensifica por todos los actos de virtud y por todos los impulsos del santo amor. Aquello de lo que estamos hablando es más completo; es todo nuestro ser que se une misteriosamente a todo el Hombre-Dios; es la Eucaristía que recibimos espiritualmente con todos sus dones y efectos. Nos unimos con Jesús por una gracia especial que viene de la Eucaristía: también los actos de nuestra comunión espiritual deben dirigirse a Jesús en la Eucaristía.

Nuestro acto de fe se aplica a la presencia de Nuestro Señor en el Sacramento del Altar; nuestra esperanza es el deseo confiado de recibir al autor mismo de la gracia; nuestro amor se dirige al Hombre-Dios en el misterio que es aquí abajo la más alta expresión de su caridad. Es necesario que estos sentimientos tengan su carácter determinado de este modo, para producir la comunión espiritual, como acabamos de explicarlo y como vamos a explicar al exponer su método.

Puesto que la comunión espiritual suple a la comunión sacramental, tiene que convertirse en su fiel copia y ser calcada a ella en todo lo que la precede, la acompaña y la sigue. Así que también tiene su preparación, su recepción y su acción de gracias.

Preparación: En primer lugar, el estado de gracia. Un corazón que esté en los lazos del pecado mortal debe antes que nada ocuparse de romper sus cadenas y de regresar por el arrepentimiento al Dios que ha abandonado; hasta que una reconciliación plena no se pueda lograr, no se pueden pretender esas efusiones íntimas que están reservadas al más tierno amor.

Además, ni siquiera puede imaginarlo […] Cuando está en el estado de gracia, que es ya la unión con Dios, el alma procede a actos de fe, de amor, de deseo, de humildad, que la unirán perfectamente al Hombre-Dios. Un acto de fe la transporta hasta el tabernáculo y allí ella se postra y adora. Por lo tanto, allí está, siempre presente, siempre encerrado para nosotros, este Dios que los elegidos contemplan en sus eternos esplendores; ahí está, humilde y velado, pero tan grande como en los cielos.[…]

Recepción: Ha llegado el momento de la unión: hay que emplear todas nuestras potencias espirituales. Nuestra imaginación, nuestra memoria, nuestro corazón las tienen en abundancia; tanto que a menudo tenemos que defendernos de la invasión de sus peligrosos sueños. Las fantasías van y vienen, presentándonos todo un mundo que bulle ante nosotros con todos los encantos y todas las tentaciones de la realidad; porque, ¿quién puede decir que la fertilidad de sus pensamientos no llegue a ser un tormento diario? Santifiquemos estas facultades tan vivas, tan activas, aplicándolas a las ideas divinas y a los impulsos del amor sagrado. Tenemos que dilatar toda nuestra alma para recibir al huésped divino; una vez recibido, le abrazaremos estrechándolo con respetuosa ternura; y permaneceremos un instante en esta deliciosa alegría de la posesión, que expresa tan bien la Esposa del Cantar de los Cantares: «Mi amado es mío, y yo suya» (Cantares, II, 16).

Acción de Gracias: Sin embargo, no debemos separarnos (los corazones que se aman nunca se separan), pero sí interrumpir estos santos disfrutes. Aquí abajo los gozos, incluso los más puros, sólo pueden durar un instante. Volverán pronto, sin duda, pero para terminar rápidamente de nuevo y sucederse como grados de ascensión hacia el cielo.

Agradezcamos a Jesús; bendito sea por honrar con una visita tan grande el alma que no es más que su humilde sirvienta y a la que eleva a la dignidad de su esposa. Él ha estrechado los lazos de su ternura que cada contacto divino hace más íntima y dulce; que nos ha dado un beso de su boca (Cantares, I, 1), y este beso misterioso nos ha dejado una huella viva y un suave recuerdo.

Nos retiramos felices; y en medio de este mundo del que aún escuchamos su voz, en medio de los trabajos que estamos a punto de reanudar, en la carrera habitual que todavía tenemos que recorrer, este recuerdo permanecerá con nosotros para mantener vivo nuestro inmortal amor. Podremos, como expresión de nuestra gratitud, servirnos de algunas de las hermosas oraciones que la Iglesia dirige a su Esposo en el tabernáculo”.

R. P. Justin Etcheverry,
La Communion spirituelle (Édition Périsse Frères 1863)
Traducido de L’Homme Nouveau (28 de marzo de 2020) n.º 1708

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