Jueves, 25 de abril de 2019

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Los divorciados vueltos a casar y la Iglesia

Los divorciados vueltos a casar y la Iglesia

por Un alma para el mundo

En la ultima parte del artículo del Cardenal Schonborn, se plantea el tema controvertido sobre los divorciados vueltos a casar y los sacramentos. Considero que con gran lucidez aporta una respuesta acorde con la Palabra de Dios y la doctrina de la Iglesia. Invito al lector a que les despacio y con interés esta última parte del trabajo que venimos ofreciendo. Le dará claridad y argumentos para responder a las dudas que puedan plantearse.
 
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 ¿Qué es de aquellos o de aquellas que se quedan «fuera de banda» porque no encuentran otra pareja'' El divorcio crea soledades. Cuando uno se divorcia no encuentra automáticamente un nuevo compañero. Quizá a ellos les resulte más fácil, pero no a las mujeres, que suelen quedarse con los niños. Cuántas mujeres, cuántos hombres viven en nuestra sociedad «fuera de banda» porque su pareja los ha abandonado? Seguro que habréis hablado más de una vez con algún «sin techo», hombre o mujer —pero sobre todo hombres— que vive en la calle. Preguntarles cómo han ido a parar ahí: casi siempre es la misma historia: un divorcio, hay que dejar el hogar no tienen casa, deben pasar la pensión alimenticia 'a los niños y no les llega; al no tener casa pierden el norte, empiezan a beber —si es que no lo hacían antes—, y de ahí hasta acabar viviendo como vagabundos.' ¡Cuántas mujeres se quedan solas porque su pareja, su marido, las abandona por alguien más joven? Nuestra sociedad está repleta de la soledad de |as víctimas de los divorcios que se quedan «colgadas». ¿Habla alguien de ellas? Si el Evangelio se pone siempre del lado de los más débiles, de los pequeños ¿no deberíamos nosotros convertirnos en defensores, en miembros del lobby a favor de los pobres que se quedan solos o que no encuentran pareja'? ¿Seguro que la Iglesia es poco misericordiosa con los divorciados que se vuelven a casar? Con frecuencia la obra destructora más horrible es la del divorcio, incluso desde el punto de vista económico. Existen estudios interesantísimos sobre sus dramáticas consecuencias económicas. ¿Cuántas pequeñas empresas se han venido abajo al tiempo que se rompía el hogar sobre el que se sustentaban? ¡No! A la Iglesia no le falta misericordia cuando se trata de los niños y de los cónyuges víctimas. ¿Acaso ha existido un mínimo esfuerzo de reconciliación con el que se ha quedado solo, «fuera de banda»? ¿Qué significado tiene acceder a los sacramentos cuando aún existe todo ese sufrimiento irreconciliable, y ni un mínimo esfuerzo reconciliador?
 
El esfuerzo por llegar al perdón:
 
           En las historias de divorcio siempre existen culpas. ¿Han hecho los cónyuges algún esfuerzo por llegar a un perdón mutuo —al menos, a un principio de perdón—, o simplemente por acabar la guerra? ¿Cómo construir una nueva relación, una nueva unión, sobre el odio que queda del primer matrimonio, un odio con frecuencia encarnizado? Nosotros, los que tratamos a los divorciados que se han casado de nuevo, debemos apoyar ese esfuerzo: «¿Habéis avanzado siquiera un paso en el acercamiento a vuestra pareja, a vuestro marido, a vuestra esposa, después del divorcio?».
 
Hablar mas de los matrimonios que no se rompen
 
           En nuestras comunidades hay familias y matrimonios que resisten heroicamente y contra viento y marea porque se prometieron fidelidad y creen en el sacramento. ¿Qué les vamos a decir nosotros, pastores suyos, si nos dedicamos a hablar permanentemente de los «pobres divorciados y vueltos a casar»? Por supuesto que con estos últimos hay que ser compasivos, pero cuidado: no olvidemos el aliento, el reconocimiento, la gratitud hacia los matrimonios que no se rompen porque están cimentados en la fe. Conozco el hermoso testimonio de un diácono que recibió del obispo la misión de ocuparse de los divorciados casados de nuevo, y de los matrimonios con dificultades de su diócesis. Este diácono afirma que, si los acompañamos, el Señor puede salvarlos. Si en nuestras comunidades concediéramos más importancia a quienes de modo heroico conservan la fidelidad en su matrimonio y dan ejemplo de lo que es la fidelidad de Dios con nosotros, los jóvenes se sentirían animados a no separarse tan pronto y a la primera dificultad. ¿Cuántos divorcios conocemos de personas que llevaban veinticinco años de matrimonio, y hasta cuarenta? Yo acabo de enterarme del caso de un diácono permanente que se ha divorciado prácticamente el mismo día de sus bodas de plata. ¿Qué importancia damos a los que continúan siendo fieles a sus promesas matrimoniales? ¿Y qué les decimos a los divorciados cuando se quejan del rigor de la Iglesia? Podríamos decirles: «Mirad a tal o cual matrimonio de nuestra comunidad o de la parroquia, que se mantiene unido a pesar de las dificultades. Vosotros no lo habéis conseguido, habéis fracasado, pero por lo menos no acuséis a la Iglesia de falta de misericordia: acusaos vosotros primero y suplicad la misericordia de Jesús para vosotros y para todos los que sufren a causa de vuestro divorcio y de vuestro
nuevo matrimonio».
 
¿Cómo os veis en vuestro corazón los divorciados y vueltos a casar?
 
 A los divorciados vueltos a casar les digo siempre: «Incluso en el caso de que obtuvierais una sentencia de nulidad de vuestro matrimonio, incluso si vuestro párroco os permitiera, no sin reservas, recibir los sacramentos porque vuestro segundo matrimonio es un hecho y porque sentís el profundo anhelo de uniros a Jesús a través del sacramento, ¿cómo os veis en vuestro corazón, ante vuestra conciencia y en lo más íntimo de vosotros? A Dios no se le puede engullan delante de él no caben las apariencias». Sé que es muy difícil lidiar estas situaciones. Pero hay dos extremos que debemos evitar. En una diócesis cercana un sacerdote colgó este cartel en su iglesia: «Aquí puede comulgar todo el mundo». Ésta no es UIUI actitud ni pastoral ni de buen pastor. Se trata de una falsa misericordia, porque tocios debemos caminar hacia la conversión: a todos nos ha.ee falta. La otra postura es la de afirmar que nunca y en ningún caso existe solución para ellos: éstas son las reglas que hay que seguir, las cosas son así y no hay nada que hacer. Eso tampoco vale. Hay que estudiar detenidamente, como pastores, cada caso. Sé que es muy complicado. Muchos sacerdotes me dicen: «Señor obispo, ¡dé usted normas claras!». Yo les contesto que no puedo darlas; o, más bien, que la única norma, la de Jesús, la del Evangelio, es muy clara. Un día, en una parroquia, se me acercó un señor muy enfadado: «¿Por qué es tan dura la Iglesia? No tiene misericordia con los divorciados que se casan de nuevo». Yo me limité a recordarle las palabras de Jesús: «Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio» (Le 16, 18; Me 10, 11; Mt 19, 9). El hombre palideció y se quedó callado; estas palabras llegaron directamente al corazón. «Ese hombre eres tú; lo dice Jesús: has roto la promesa de fidelidad que habías hecho». Si llega este momento, la misericordia puede arraigar; sólo lo hace sobre la verdad. En la mentira no echa raíces. Mientras se continúe echando la culpa a los demás, la misericordia de Jesús no existe.    
 
¿Siguen un camino de fe los divorciados vueltos a casar?
            
Por eso lo primero que hay que ver es si se sigue un camino de fe. Conozco a divorciados que se han vuelto a casar y aceptan la situación de no poder comulgar ni confesar por fidelidad a la enseñanza de la palabra de Jesús. En mi libro sobre la Eucaristía aparece un ejemplo. Se trata de una familia de campesinos de nuestra diócesis a la que conozco bien. Tienen ocho hijos y son divorciados y casados de nuevo Los padres no reciben nunca los sacramentos y los niños, cuando se acercan a comulgar, dicen* «Mamá, hoy comulgo yo por ti». Cuando le pregunté a la madre: «¿No echa de menos la comunión*?» me contestó: «Sí, muchísimo. Pero cuando los fieles de la parroquia me dicen que hoy día la Iglesia es más liberal y que puedo comulgar de todas formas, les respondo: "Ocupaos primero de los que pueden comulgar y no lo hacen, y a mí dejadme en
paz"»-
Se trata de ejemplos heroicos y creo que es importante apoyarles en su camino, que es una bendición
para la Iglesia.
Pero también hay quien no logra una comprensión
tan profunda. A algunos el hecho de saberse excluidos de los sacramentos les hace sufrir mucho. En este caso las exigencias se hacen apremiantes, e insistentes las preguntas: ¿no existe una vía de reconciliación para aquellos cuyo matrimonio ha fraca-sado1? Y nos proponen la «solución» de la Iglesia ortodoxa, que acepta hasta tres uniones con divorcio
y posterior matrimonio (aun cuando este último no se considere plenamente sacramental). La Iglesia católica jamás ha aprobado esta práctica. Defiende con firmeza el matrimonio único, y la indisolubilidad es un valor tan grande para el mundo, para la familia, para los niños y para los cónyuges, que es preciso mantenerse firmes y fieles a las palabras de Jesús: «Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre».
No voy a dar recetas ni soluciones para los numerosos casos de divorcio y nuevo matrimonio; pero sí os propongo los cinco anteriores puntos como camino de conversión y reconciliación. Y esta llamada a la conversión es para todos. Ante aquellos cuyo matrimonio ha fracasado, recordemos las palabras de Jesús: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, arrójele la piedra el primero» (Jn 8, 7).
 
            Pienso que el Cardenal Arzobispo de Viena ofrece unas claves sencillas y claras para saber cómo hay que actuar. Lo que hay que hacer es obrar en conciencia y guiados sinceramente por los principios de la fe. Sin amañar la doctrina a nuestra conveniencia.
 
Juan García Inza
 
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