Miércoles, 11 de diciembre de 2019

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Los tres padrinos

por La mirada impertinente

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La mejor película sobre los Reyes Magos no transcurre en el portal de Belén, ni en el hogar de Nazaret, ni está protagonizada por majestades a camello, sabios poderosos, o siquiera por astrónomos, o magos. Discurre por las desoladas arenas del desierto del Lejano Oeste, y tiene en los rostros secos y duros de John Wayne y Pedro Armendariz, y en el más infantil de Harry Carey Jr., a sus entrañables protagonistas. Se titula ‘Los tres padrinos’, y la dirigió hace 70 años John Ford, un cineasta católico, de origen irlandés, que dejó buena muestra en sus obras de la inteligente hondura de su sentido de lo religioso.

El motor de la película es un niño recién nacido que evoca a ese otro niño recordado estos días. Un niño especialmente indefenso en el film, pues su padre ha desaparecido -la primera misión de cualquier San José es estar ahí, no darse a la fuga- y su madre ha fallecido tras el parto. El destino le pone en manos de unos padrinos insospechados y torpes: unos forajidos huidos de la justicia que, sin embargo, se toman muy en serio la hondura del encargo recibido en el lecho de muerte materno: proteger esa vida que busca un futuro. Una demanda que les llega en un pesebre trágico con forma de carreta mortuoria, polvorienta y desvencijada. Pero ellos, como los otros Reyes del mito, son capaces de ver la verdad más allá de las apariencias.

El viaje de estos Magos es emocionante. Por el camino, una auténtica travesía del desierto, redescubren la fuente de una humanidad que había sido sepultada por la codicia y el egoísmo, y que se activa al responder a la llamada de auxilio del indefenso.

Una razón emocional que va más allá de la lógica les lleva a entender que la vida de ese niño es más importante que la suya propia, que en su sacrificio está la oportunidad de una salvación personal, de dar un sentido a una trayectoria que carecía de rumbo, ni propósito. Se trata de una verdadera conversión, que genera una alegría interior, no exenta de dolor, tragedia y muerte, porque el buen cine clásico siempre se caracterizó por su capacidad para encontrar luz en la oscuridad, sin dejar de mirar a la cara la verdad de las cosas, a diferencia de la cobarde blandenguería de los engendros de la corrección política.

Al fin, más allá de las apariencias, los revólveres y los sombreros, ‘Los tres padrinos’ narra lo más esencial del mito, que, como todos los relatos navideños, tiene que ver con la capacidad de salir de uno mismo, para pensar en el otro, en el prójimo, y, también, con el descubrimiento del milagro que tal movimiento produce. Un milagro de doble dirección: primero, en forma de transformación interior, y, luego, como la aparición de una providencia exterior que en el caso de Ford toma la forma de la mano auxiliadora de los otros. El rescatador es rescatado. En primer lugar, de sí mismo. Porque las más poderosas trampas que nos atenazan son siempre las que bullen en nuestro interior.

 

Publicado en El Norte de Castilla
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