Lunes, 22 de julio de 2019

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La era del juicio moral

por La mirada impertinente

“No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y se os perdonará”. La frase es de las más conocidas, y perturbadoras, de la prédica de Jesús, y se recoge en el Evangelio de San Lucas. Estamos ante una de esas enseñanzas contra intuitivas de Cristo, quien, en lugar de exhibir la espada flamígera de la condena moral contra los pecadores, como sería lógico esperar de un predicador, reivindica justo lo contrario: la suspensión del juicio.

La propuesta es muy desconcertante, desde luego. Por eso, lo primero que genera es rechazo. E inmediatamente después, la emergencia de justo aquello que invita a evitar: “Alguien que dice estas cosas es un idealista que no tiene los pies en la tierra”, piensa para sí el lector, un instante antes de descubrir que ya está juzgando. Y de caer en la cuenta de hasta qué punto estamos constantemente emitiendo valoraciones sobre los demás (ya sea de viva voz o para nuestros adentros), y cuán a menudo lo hacemos con precipitación, placer morboso, y desconocimiento.  Y, por descontado, sin la más mínima piedad.

Desde el principio de los tiempos de nuestra civilización, como se ve, no hemos sabido vivir sin juzgar. Hasta cierto punto es lógico, porque nos ayuda a situarnos ante los demás, nos permite ponderar y valorar, y nos da claves para elegir. Pero, sobre todo, nos aporta un bálsamo formidable para sentirnos bien. O, mejor dicho, para sentirnos mejores que los demás. El juicio es la llave que abre la puerta a la reconfortante sensación de superioridad moral que está en la base de muchas de las aberraciones que el ser humano ha cometido. Pero sin necesidad de ir tan lejos, hoy podemos ver cada día, en tantas tertulias televisivas de todo tipo -y no digamos ya en las redes sociales- cómo la pasión por juzgar genera una polución que resulta corrosiva de la convivencia.

El juicio moral alimenta el conflicto, y cuanto más extremo es, y más incendiario e infundado, más. De ahí que resulte ideal para la refriega política. Pero cuando caemos en el exceso y en la saturación no hacemos sino envenenarnos y envenenar el clima social.

La prueba es que hoy, en España, y en otras partes, es muy difícil no ya dialogar, sino, ni siquiera, discutir. A las mínimas de cambio aparece el batallón acorazado de las palabras panzer, auténticas armas de destrucción masiva del debate social. Ya saben: racista, machista, homófobo, sexista, misógino, nazi… palabras que, más allá de las realidades obvias a las que remiten, se han ido cargando de adherencias ideológicas que han aumentado su ambigüedad y las han convertido en mortíferas armas de combate. Armas cargadas de desesperanza, inútiles para explicar el mundo y para entendernos.

Proponer un mundo donde juzguemos menos e intentemos entendernos más no debería ser un sueño insensato. Pero hoy lo parece, refocilados como estamos en la orgía constante de buscar la paja en el ojo ajeno.


Publicado en El Norte de Castilla
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