Miércoles, 21 de agosto de 2019

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Tolerancia cero al mal

por La mirada impertinente

Nunca antes les ha resultado a los poderosos tan difícil mantener ocultos sus abusos. Nunca antes hemos tenido tanta conciencia sobre los problemas y miserias que aún sobreviven en nuestro mundo. Ni nos hemos sentido tan interpelados o concernidos por ellas. Y, sin embargo, en gran parte de nuestros ciudadanos cunden el desánimo, la desolación y el malestar. No nos basta con que el mundo evolucione a mejor: nos desasosiega que aún esté lejos de ser perfecto. Podríamos decir que tenemos ‘tolerancia cero’ hacia el mal, por usar una expresión muy en boga. Pero ‘tolerancia cero’ es tan eufemismo de intolerancia, como ‘crecimiento cero’ lo es de decrecimiento. De modo que crece la intolerancia ante la imperfección del mundo y cada vez más personas no soportan vivir en un lugar distinto del paraíso.

El aumento global del bienestar no nos ha vuelto más pacientes, ni más confiados, ni más esperanzados. Al contrario. Cada contrariedad es vista con angustia e ira. Hemos olvidado esa sabiduría ancestral que nos advierte de que debemos prepararnos para los siete años de escasez que seguirán a los siete de bonanza. No queremos saber nada de apretarnos el cinturón pues el ideal de vida que se ensalza es el de la cigarra. Pero nada es más incompatible con la sostenibilidad que el carpe diem.

Hoy, en España, cada exceso policial es visto como prueba de que volvemos a los tiempos de los grises; cada caso de corrupción -probado o sin probar- la evidencia de que todo es un gran engaño; cada guerra, la demostración de que el mundo es más violento que nunca; cada persona que pasa hambre, la confirmación de que el capitalismo no funciona. Poco importa que hoy la proliferación de cámaras portátiles limite al mínimo la posibilidad de impunidad policial, como se ha demostrado en una reciente sentencia. O que la labor de los tribunales, lenta pero infatigable, vaya estrechando su cerco, como evidencia la reapertura del caso del asesinato de los jesuitas de El Salvador, casi 30 años después, en busca, ahora, de la autoría intelectual.

Poco importa, tampoco, que hoy haya menos guerras y menos violencia que nunca, como demostró Steven Pinker en ‘Los ángeles que llevamos dentro’, o que todos los datos indiquen que la hambruna extrema disminuye en el mundo a notable velocidad. La fría estadística no nos consuela porque hemos decidido instalarnos en el sentimiento. No para que nos ilumine, para que nos ayude a ver aquello que la razón no alcanza, sino para refocilarnos en el perverso placer de la queja inconsolable, o el gratificante confort de sentirnos ‘los buenos’, en medio de un mundo poblado por miserables.  

Desengáñense. El mundo nunca será perfecto. Y, por ello, todos nuestros intentos de mejorarlo deberían estar presididos por la prudencia. La historia nos ha demostrado, una y mil veces, que los que más prisa tuvieron en ‘transformar’ la sociedad fueron los que causaron los mayores, y más irreparables, destrozos.

Publicado en El Norte de Castilla
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