Miércoles, 11 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

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Los sentimientos colectivos

por La mirada impertinente

El lugar propio de los sentimientos es el mundo interior de cada cual. Y su extensión más razonable, la que se deriva de las relaciones interpersonales directas, sean estas familiares, de amistad o de trato social. Cuando se ciñen a ese ámbito de lo próximo, deben ser escuchados siempre. Porque, incluso si están equivocados, nunca dejan de ser verdaderos. Siempre nos cuentan algo cierto de quien los expresa; incluso si, a veces, es justo lo contrario de lo que parece. No es posible una verdadera vida interior si uno no escucha sus emociones, y las atiende, del mismo modo que no es posible mantener una relación saludable con los demás si no nos tomamos en serio sus sentimientos. Lo que no significa tener que darles la razón o dejarnos avasallar.

Pero el ámbito de lo social es diferente. Aunque a veces parece que nuestras sociedades se empeñen en borrar las barreras que separan lo público de lo privado, la realidad nos demuestra una y otra vez los peligros de tal confusión. Las redes sociales son una buena muestra de lo que ocurre cuando no sabemos distinguir.

Y el problema se complica aún más cuando los sentimientos son compartidos, o colectivos. Ese es el terreno más delicado, el más susceptible de manipulación y engaño. Y de autoengaño. El problema de los sentimientos colectivos, como estamos viendo en Cataluña, es que no necesariamente cuentan alguna verdad. ¿Cuál sería esa verdad si quisiéramos tomarlos en serio? ¿Qué los catalanes están oprimidos? ¿Qué España los explota? ¿Qué no se atienden sus necesidades y demandas? No es difícil dar respuesta negativa a esas preguntas. Y, sin embargo, esas eran las causas que históricamente motivaron (y aún motivan) las revueltas nacionalistas que podemos contemplar con simpatía.

Pero en realidad nada de eso importa, todos los argumentos que se esgrimen contra España son sólo combustible para alimentar un fuego preexistente. Y por eso las respuestas racionales – si bien son necesarias- apenas sirven para apagar las llamas. El fuego previo es una convicción emocional, políticamente alentada y utilizada, que podríamos resumir gráficamente del siguiente modo: España es una buena esposa y no me trata mal, pero si me separo seré un soltero resultón que podrá ligar con mujeres mucho más guapas.   

El problema, claro, es medir la verosimilitud real de tal sueño y valorar qué puede ocurrir si en su lugar nos convertimos en unos solitarios amargados. Pero ya sabemos que la esperanza es lo último que se pierde. Desde la mentalidad separatista, la ruptura es una puerta abierta a esa esperanza. Pero no porque el presente sea un infierno, que obviamente no lo es, sino porque han decidido que merecen mucho más. Y viven en un mundo en el que los deseos sin freno han sido sacralizados, y los límites, penalizados. Por eso hoy, y mañana, el conflicto es inevitable en Cataluña. Porque no hay nada tan difícil como pinchar un globo. Y la legalidad siempre resulta fría comparada con el sueño.

Publicado en El Norte de Castilla
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