Miércoles, 11 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

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Luces y sombras del episodio que cambió la relación entre la Iglesia y la ciencia

El caso Galileo como excepción

por La mirada impertinente

Por lo que sabemos de lo que ocurrió antes, y de lo que ocurrió después, el episodio en torno a Galileo Galilei debe verse más bien como la excepción que como la norma en las relaciones entre la teología y las ciencias.

Pero si podemos hablar del “mito Galileo” es precisamente porque se ha extendido la idea contraria: esto es, que el caso evidencia el modo habitual de proceder en caso de conflicto entre ciencia y fe. De hecho, el terrible episodio ha sido utilizado por la Ilustración, y las distintas corrientes de pensamiento laicista que vinieron después, para, a partir de él, construir una idea general en torno a la relación entre religión y saber. Según esta tesis, de gran éxito, las religiones en general, y la Iglesia católica en particular, habrían sido un freno para el conocimiento y su relación con el saber se habría caracterizado por el oscurantismo y la negación de cualquier novedad por miedo a que cuestionara el papel de Dios. El cine ha insistido muy abundantemente en esta idea, que tiene como soporte fundamental el ‘caso Galileo’, aunque no necesita ya ni citarlo.

Para entender la fuerza del mito conviene describir brevemente el suceso que permite construirlo. Como es sabido, el núcleo del conflicto entre Galileo y la Iglesia gira en torno a las ideas de Nicolás Copérnico, quien, a mediados del siglo XVI, en 1543, publica el libro ‘De revolutionibus orbium coelestium’, que daría pie al llamado “giro copernicano”, donde defiende que la Tierra no es el centro del universo, como se venía creyendo, sino tan sólo uno más de los planetas que giran en torno al Sol. Esta visión, radicalmente novedosa, se denomina heliocentrismo y se opone al geocentrismo dominante hasta entonces, que se basaba en una metafísica de origen aristotélico. Hasta el proceso de Galileo la Iglesia había aceptado que las teorías de Copérnico explicaban mejor el funcionamiento aparente de los planetas y su movimiento que la teoría convencional, que partía de Ptolomeo, pero se negaba a aceptar que ese acierto en el terreno de las apariencias reflejara una realidad cosmológica.

Galileo nace dos décadas después de que Copérnico publique su célebre libro, y se convertirá en el principal defensor de sus teorías, gracias al desarrollo de un telescopio que le permite observar que los planetas tienen características que contradicen las afirmaciones de Aristóteles sobre el cuerpo celeste. Otra serie de evidencias, como las mareas, y sus cálculos matemáticos le llevan a la convicción de que Copérnico tiene razón. Galileo está convencido de la verdad del heliocentrismo e intenta convencer a sus colegas, primero, y a la Iglesia después, sin éxito.

Esta nueva visión del universo supone un cambio demasiado drástico con respecto a la que se tenía hasta ese momento, y que había permitido ordenar el mundo durante prácticamente quince siglos. Además, aparentemente, comprometía también la lógica de la creación divina. Este presunto cuestionamiento se basaba fundamentalmente en dos argumentos: el primero era de orden lógico: si el hombre es el centro de la creación divina ¿cómo es posible que Dios lo haya colocado en un lugar periférico, y no central en el Universo? El segundo tenía que ver con la Biblia y con su interpretación, pues algunos textos bíblicos dan por hecho el geocentrismo. Por otra parte, aunque Galileo aportó buenos argumentos para avalar la tesis de Copérnico, no resultaban aún definitivos. Por ello, la Iglesia se resistirá a aceptar el heliocentrismo y en 1616 le amonestará. Más tarde, en 1633, será sometido a un triste juicio en el que Galileo será obligado a retractarse de unas teorías que eran correctas.  

El episodio en torno a Galileo Galilei refleja un proceder eclesial ciertamente equivocado y muy lamentable, que encaja bastante bien con el estereotipo negro de la Iglesia antes mencionado. En efecto, vemos en esta polémica el miedo a que la ciencia deje sin lugar a Dios, así como también la disposición eclesial a aplastar y acallar el saber, si se considera no conveniente. Pero el caso Galileo debe, en justicia, interpretarse como una excepción, más que como una realidad habitual, en la relación entre ciencia y fe. De hecho, hasta ese momento, no sólo la religión y el saber habían ido prácticamente de la mano, sino que la Iglesia había jugado, en la Edad Media, un papel crucial en la preservación del conocimiento, especialmente del legado de Grecia y Roma.

Para entender la excepcionalidad del caso hay que situarse en el contexto histórico y tener en cuenta al menos tres circunstancias muy singulares que lo rodean. La primera y la más importante, es que el ‘giro copernicano’ supone un desafío de gran magnitud a la visión que primaba en la época. Por un lado, como se ha dicho, porque desmantela la metafísica de Aristóteles que había sido el sostén racional del mundo durante 1.500 años y que tenía, como es fácil de entender, defensores que se resistían a dejarla morir. Pero, sobre todo porque es la primera vez que el saber racional impugna de forma frontal la cosmovisión teísta del mundo, aunque ni Copérnico ni Galileo lo pretendieran. Hasta entonces, el saber no había entrado en contradicción flagrante con la teología, y por ello sus avances no habían supuesto antes un desafío tan radical como el que planteaba el heliocentrismo.

La segunda circunstancia, derivada de la anterior, es que por primera vez la ciencia parece refutar de forma clara la literalidad de la Biblia en un aspecto importante. Aunque ya en el pasado eminentes personalidades de la Iglesia habían defendido la necesidad de interpretar el texto bíblico, especialmente en aquellos pasajes más dependientes del estilo literario o del contexto en el que fueron escritos, nunca antes el libro sagrado del cristianismo se había enfrentado a semejante reto, lo que llevó, seguramente por miedo, a refugiarse en las tendencias más literalistas, frente a las más interpretativas. Las primeras las encarnó con celo el cardenal Bellarmino, y se recogen en su carta a Foscarini, mientras que la posición alternativa la defendió con gran convicción, pero poco éxito práctico, el propio Galileo en su célebre epístola a la gran duquesa Cristina de Lorena.

Y, finalmente, la tercera excepcionalidad tiene que ver con el contexto en el que se produce la polémica, las guerras de religión provocadas por la Reforma protestante, que desataron uno de esos episodios históricos de especial susceptibilidad hacia todo lo que pudiera verse como herejía o, aún peor, como un posible cuestionamiento irreverente de la autoridad papal, de Roma.

Estas tres singularidades explican por qué la solución del conflicto con Galileo fue especialmente desafortunada. Y sirven también para entender por qué no volvió a producirse una situación parecida. De hecho, la reacción de la Iglesia fue ya muy distinta con Darwin y su libro “El origen de las especies”, y evitó aprobar un pronunciamiento oficial al respecto. Da la sensación de que importantes sectores de la Iglesia no se sintieron nada cómodos con la decisión papal de mantener al sabio de Pisa en arresto domiciliario durante los últimos años de su vida, pese a las condiciones de notable confort en las que se desarrolló el encierro y que ya delatan una cierta mala conciencia. Y, aunque los bulos relativos a su tortura por la Inquisición y a su muerte en la hoguera son rotundamente falsos, este maltrato civil por parte de la Iglesia Católica a uno de los hombres más ilustres de su época resulta indudablemente un episodio muy doloroso.  

Máxime cuando se trataba de un pensador que no renegaba de su condición de hombre de fe y que había aportado él mismo algunas de las claves para superar el aparente conflicto teología-ciencia que las teorías que defendía parecían suscitar. En la epístola a la gran duquesa Cristina de Lorena el astrónomo italiano aporta las claves para desenredar la madeja; claves que la propia Iglesia terminará asumiendo. Allí defiende que la ciencia y la teología tienen objetos y métodos distintos y que cada cual debe ser autónoma en su ámbito. Esa libertad debe enmarcarse en la confianza de que no puede haber contradicción entre una y otra, dado que ambas se refieren a aspectos de la obra creadora del mismo Dios. Si puede parecer en un momento dado que no hay concordancia, debe interpretarse más bien como indicio de la parcialidad de nuestro conocimiento, que nos impide entender del todo los designios de Dios y ver la conexión entre lo que nos dice en la Naturaleza y lo que dice en la Biblia.

Es verdad que la relación entre teología y ciencia ha tenido otros momentos de fricción y de desencuentro, si bien la mayoría no se resolvieron tan mal como el caso Galileo. En todo caso, esa tensión debe ser interpretada desde la viveza de una discusión intelectual intensa (no hay que olvidar que los geocentristas plantearon algunas objeciones al heliocentrismo que Galileo no supo resolver) y también de una capacidad de autocrítica que la caricatura ilustrada suele negarse a reconocer. Y que tuvo su más reciente expresión en la decisión de Juan Pablo II de abrir en 1979 una comisión de investigación sobre el caso Galileo que concluyó sus trabajos en 1992 con la completa absolución del astrónomo y el reconocimiento del erróneo proceder eclesial.

Por otra parte, algunos de los principales defensores del heliocentrismo fueron religiosos, como el citado Foscarini o el filósofo escolástico agustino Diego de Zúñiga. De igual modo, más tarde serían también personalidades católicas las principales defensoras de la teoría de la evolución de Charles Darwin. Tanto un caso como otro desmienten esa idea esclerotizada, rígida y dictatorial de la Iglesia que el laicismo ilustrado ha impulsado como caricatura amparándose en el llamado “mito Galileo”.

No obstante, y dicho esto, hay que reconocer que el caso Galileo inaugura una nueva etapa en las relaciones entre teología y ciencia, que pasan a estar marcadas por la desconfianza y el miedo de la Iglesia ante las innovaciones durante más de un siglo. Recordemos que hay que esperar hasta 1757 para que el papa Benedicto XIV se decida a sacar del Índice de Libros prohibidos las obras que defienden el heliocentrismo, si bien la obra de Galileo el ‘Diálogo en torno a los dos grandes sistemas del mundo, el ptolemaico y el copernicano’ tendrá que esperar hasta 1819, casi dos siglos después de que se celebrara su juicio. 

Por otra parte, el profesor Emili Marlés reconoce que la Iglesia tardó también un tiempo en dilucidar el conflicto en torno a la interpretación de las sagradas escrituras que desató el juicio al heliocentrismo. De modo que, si bien hay que reconocer que lo ocurrido con Galileo fue excepcional, algunas de las líneas de fuerza que explican el suceso (cerrazón en la interpretación de las sagradas escrituras, miedo a los nuevos saberes…) aún se mantendrían durante un tiempo lo suficientemente largo como para proporcionar abundante munición a la crítica que la Ilustración desatará sobre la Iglesia católica y sus prejuicios.

 

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