Miércoles, 13 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

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Adviento, una Presencia en el centro de la historia

por El rostro del Resucitado


Celebramos el Primer Domingo de Adviento, punto de partida de un nuevo año litúrgico. Es el camino que lleva a la Navidad, a ese pesebre iluminado sólo por la luz de la luna y las estrellas, y que marcó el inicio de una historia distinta, la Historia de todos y cada uno de nosotros. Con este motivo, me gustaría ofrecer a nuestros lectores mi traducción de la homilía pronunciada por Maurice Zundel en el Primer Domingo de Adviento de 1954.


Propongo dos imágenes: una, Otoño en Nazareth, obra de Rouault, pintor expresionista francés, nos muestra a Jesús caminando al atardecer y yendo al encuentro de dos mujeres con hijos, posiblemente dos madres. Es una imagen cotidiana. Jesús, hecho hombre en todo, se mezcla con los hombres y como ellos, después de un día de trabajo en el taller de su padre, sale a dar un paseo, remembranza del paseo que su Padre solía hacer al atardecer en el Paraíso, cuando bajaba para hablar con Adán y Eva. Está aún en su vida oculta y la gente no sabe quién es, no lo reconoce.





 

Como tampoco lo reconocen los dos Discípulos de Emaús (al final del artículo), en la representación que hizo Rembrandt de este episodio del Evangelio y que es el motivo de la segunda imagen, obra citada por Zundel en su homilía.



Homilía en el primer domingo de adviento de 1954 (Maurice Zundel)

"Cuando al principio de nuestras cartas escribimos 1954, esta fecha contiene una referencia a Jesucristo. 1954: referencia a ese centro de la Historia que es el nacimiento de Jesucristo. De este modo, toda la Historia está estructurada. Esta sucesión de generaciones no está sin vínculo, por mucho que ellas parece que se olviden al desaparecer sin dejar rastro. Todas estas generaciones viven en el corazón de Jesucristo y si nosotros, precisamente, damos fecha a todos nuestros acontecimientos en relación a Él, es porque Jesús carga con toda la Historia.

 

De todos esos seres humanos que nos han precedido desde hace casi quinientos mil años, ninguno de ellos ha desaparecido definitivamente y Jesús, en la inmensidad de Su Amor, los acoge, haciendo de todos esos siglos un único presente en una única ofrenda para llevar a cumplimiento todas esas vidas en la Suya.

 

Sin Él la Historia no tendría centro, todas las generaciones se sucederían al azar sin orden ni razón; pero en Él encuentran su significado porque en Él constituyen una sola humanidad; es más, una sola persona.
 

Mientras nosotros escribimos la fecha 1954 en este año del Señor en el que nos encontramos nos convertimos en los contemporáneos de Jesús y, con Él, asumimos toda la Historia. El cristiano es justamente aquel que, al convertirse en contemporáneo de Jesucristo, toma sobre sí toda esta sucesión de generaciones y, con Cristo, las lleva a cumplimiento en su propia vida. Es el significado del Adviento: el Adviento recapitula toda la Historia. El Adviento representa toda la Historia como una aventura que permanece aún abierta, suspendida ante la elección que nosotros hacemos sobre nuestras propias vidas, pues cada uno de nosotros puede modificar toda esta Historia, darle una nueva conclusión, hacer que ascienda a Dios o que baje hacia uno mismo.

 

Rilke ha expresado de manera magnífica la unicidad e infinitud que representa, en cada hogar, el nacimiento de un niño, pues un niño que nace es ¡una nueva mirada, una libertad nueva, una elección nueva, una nueva persona en el mundo! Porque esta libertad del pequeño que hará eclosión, más allá de sus instintos, esta libertad dará al mundo una nueva perspectiva, recuperará toda esta historia para darle una nueva conclusión, asentando el universo en un orden nuevo.

 

En Jesucristo, toda la humanidad reunida en Su Amor recibe una nueva dignidad, pues se nos propone un horizonte nuevo a cada uno de nosotros, se deposita otra vez en nuestras manos todo el destino, todo el sentido de la historia.

 

El cristiano debe tener un corazón universal. El cristiano está llamado con Jesucristo a superarse infinitamente porque no sólo carga con sí mismo, sino que carga con todo el universo, con toda la humanidad. Es más, carga con Dios en toda la Historia y en todo el universo.

 

El sacerdote que se arrodillaba en Pompeya para hacer un acto de contrición en los lugares de placer arrasados por la erupción del Vesubio hace unos dos mil años, este sacerdote sabía, entendía, vivía esta admirable continuidad. Sabía que esos hombres que habían sido sorprendidos por la muerte en pleno pecado no habían muerto: en Jesús, ¡su vida había sido salvada! Y sabía que su acto de contrición podía alcanzarlos, podía llevar a cumplimiento su vida, podía salvarlos de ellos mismos.

 

Por eso, cada niño pequeño aporta al mundo esta posibilidad nueva, esta elección infinita: en el corazón de este pequeño, la historia y el universo están suspendidos, pues la Creación, como la Redención, es una historia de dos, una historia que Dios no puede escribir solo, porque es una historia de amor.

 

Toda la fuerza de una sonrisa, todo el poder de la ternura suponen el consentimiento. Sin consentimiento, sin apertura, ni la sonrisa ni la ternura pueden nada. Y el poder de Dios no es otra cosa que la sonrisa, que el impulso mismo del Amor que Él es. Y porque la Creación es cuestionada sin cesar por las elecciones que nosotros hacemos de nosotros mismos, cada niño es necesario para el cumplimiento del plan de Dios, aunque a la par, puede, por desgracia, también ponerlo en peligro.


Hay algo de vertiginoso en esta perspectiva, algo de absoluto en este pensamiento de que cada uno de nosotros, en este inmenso recorrido de la vida, que cada uno de nosotros es un segmento indispensable, que cada uno de nosotros lleva, en un solo instante, toda la Historia, todo el universo, todo el destino de Dios.

 

Esto es lo que significa el año del Señor en el que estamos. Es esto lo que el Adviento quiere inculcarnos en esta recapitulación de la Historia: con Jesús, es el mundo entero el que es remitido a nuestras manos, porque está claro que esta universalidad que abraza todos los siglos, que concentra todos los tiempos y todas las generaciones en un solo presente en el que nos convertirnos en ofrenda de amor, está claro que esta universalidad sería en vano y se reduciría a una palabra si no tuviera por garantía la intensidad de nuestro amor respecto a los hombres de hoy, respecto a quienes nos rodean, que deben ser el objeto inmediato de nuestra consideración y atención.

 

El ser que sea verdaderamente capaz, como lo fue san Francisco de Asís, de llevar con Cristo todo el peso de la Historia y del universo, será también el ser más cercano para quienes le rodean, el que estará más atento a sus necesidades y sufrimientos.
 

No se trata, por lo tanto, de diluirnos, de alguna manera, en una visión vaga e indefinida de la Historia y del mundo para eximirnos de este estrechamiento, de esta concentración, de esta intensidad del amor en el presente respecto a todos los que están bajo nuestra responsabilidad, precisamente porque el único motivo que tenemos para cargar con toda la Historia es que Dios está comprometido con la totalidad de la Historia; y el mismo Dios, que está comprometido con toda la Historia, está comprometido con cada uno personalmente, comprometido hasta la muerte, hasta la muerte en la cruz.

 

Esta semana veía, bueno más bien volvía a ver, a una mujer pobre, una de esas mujeres como las que hay muchas en el mundo, desprovistas de todo en la vida, que empiezan desde cero, que no tenían nada al empezar, cuya salud es frágil, que no tienen más recursos que los trabajos de limpieza que las abruman y que pronto las dejan fuera del circuito: quince días en un lugar, quince en otro; quince días en una casa, y la vida transcurre duramente, cada vez más, porque las posibilidades son siempre menos. La salud, un trabajo imposible, las deudas que se acumulan y este ser, obviamente, está cada vez más a cargo de los otros, que empiezan a temblar cuando la ven aparecer, porque es evidente que viene para hacer compartir su carga, ¡viene a pedir!
 

Y yo escuchaba esta historia, o más bien la escuchaba por décima vez, esta historia lamentable, esta historia sin salida; y veía a este ser debatirse cuando me decía: «Pero yo no quiero, yo no quiero que me encierren, no quiero. Ya me han hecho una cura de insulina y ahora me amenazan con electroshock, pero no quiero, no estoy loca, no quiero…». Efectivamente, yo pensaba que en este ser estaba toda la tragedia de la humanidad, esta humanidad encadenada por sus necesidades físicas, disminuida por todas sus necesidades materiales, pero sin embargo con la posibilidad de ser un espacio, con esta luz de la inteligencia, con esta posibilidad de elegir; y esta mujer hundida me parecía tan patética en su intento de defender todo lo que quedaba en ella de dignidad humana, de libertad posible, queriendo defender esa elección última en la que el ser humano decide su valor y su eternidad.

 

Y precisamente lo que nos despierta esta vocación, que es la nuestra, de asumir toda la Historia, es que el otro, finalmente, el otro, es Dios. En los otros está el Otro y esto es porque en los otros el destino de Dios está comprometido, está cuestionado por cada decisión de la voluntad; por esto se nos confía el prójimo, por esto cuidamos de los otros, porque en ellos nosotros cuidamos del Otro.

 

Es necesario sensibilizarse con este misterio, con este secreto en el que toda la humanidad tiene su destino. Es verdaderamente la vida de Dios, la vida de Cristo la que se juega en cada uno de nosotros y es nuestro Señor quien carga con toda la Historia, que es su centro, y quien dota a todas las generaciones por el don mismo de su gracia, pues nuestro Señor lo ha dicho de un modo muy concreto: «Soy Yo: en esta pobre, soy Yo; en este hombre que tiene hambre, que está desnudo, que está en la cárcel, soy Yo; soy Yo quien viene, soy Yo quien llama, soy Yo el que espero, soy Yo el que estoy amenazado».

 

La Historia por fin culmina y lleva a una mística: en el centro de la Historia, como en el centro de nuestra alma, está esta Presencia frágil como una sonrisa, frágil y poderosa como el amor, que es la Presencia divina. Y la caridad se articula sobre esta Presencia divina pues el Otro, con mayúsculas, es quien nos espera en los otros.

 

Entonces nosotros elevaremos la Historia, la cumpliremos realmente, le daremos una nueva conclusión; de todos esos escombros, de todas esas miserias haremos un universo resucitado en la medida en que, hoy, acojamos al Otro en los otros; en la medida en que percibamos en el hombre esa dimensión divina y consideremos a cada hombre como si fuera único, único porque él es único, porque es necesario, único porque sin Él la creación no puede realizarse, único porque a través de él es Cristo quien se revela y quien nos implora.

 

Por otra parte allí estamos en el corazón de la vida cristiana. La vida cristiana es una historia de amor. La vida cristiana es una historia de dos. La vida cristiana está centrada en la vida de Jesucristo que quiere expresarse en la nuestra. «Para mí la vida es Cristo» decía San Pablo (Fil 1, 21), expresando maravillosamente todo lo que podemos decir sobre la conducta humana: la santidad, el bien, la virtud, la plenitud de la alegría y de la libertad son siempre Jesús vivo en nosotros.

 

Se trata únicamente de dejar que Jesús viva en nosotros porque si Él vive en nosotros, Él estará en los otros a través de nosotros: una acogida infinita. Será en nosotros el corazón de la Historia, el mundo comenzará en nosotros, hoy, a través de Él, que es la vida de nuestra vida. Y la creación tomará su significado último que es ser, precisamente, la ofrenda eterna del Amor, de este Amor que es Dios, de este Dios que no puede hacer otra cosa que donarse y que suscita un universo que, como Él, se convertirá en un impulso puro de generosidad.

 

1954: esta simple fecha dice todo esto remitiéndonos a Jesucristo, acompañándonos en Él al corazón de la Historia, haciendo que tomemos conciencia del arraigo de nuestra vida en su Persona.

 

Entonces el bien, con un significado nuevo, ya no es una tarea que hay que llevar a cabo, una ley que hay que observar; se trata de esta vida de Dios que es remitida en nuestras manos, que nos requiere en la vida de los otros y que es la grandeza de cada uno de nuestros hermanos. Cristo no está lejos de nosotros. Camina entre nosotros. Es nuestro compañero de eternidad.


 


Acordaos de la adorable visión de los discípulos de Emaús, pintada por Rembrandt: solos, solos con su dolor, con su decepción ante la catástrofe que acaba de acontecer. ¡Era tanto su deseo de que la salvación al final se hubiera realizado! Y ahora la tumba ha enterrado todas sus esperanzas. Y he aquí que un forastero se une a ellos, un forastero que les escucha, al que no conocen; el forastero que es el Señor. Ellos le abren su corazón, comen con Él y, cuando Él bendice el pan, entonces ellos comprenden que es Él, que no les ha abandonado, que el Señor no les había dejado solos y que era verdaderamente su compañero de viaje.

 

¡Pues bien! Esto es: Jesús no nos ha abandonado. Él lleva toda la Historia, es el cumplimiento del universo, no lo es sin nosotros: Él nos llama a seguir su obra, a llevar esta maravillosa carga de un universo y una humanidad finalmente realizados en el amor. Y si estamos atentos, si permanecemos un poco silenciosos dentro de nosotros, de repente lo veremos en otro, en el rostro de otros o en el misterio de nuestro propio corazón; veremos inesperadamente surgir este rostro, este rostro de luz que es el rostro del Amor eterno".


Helena Faccia
elrostrodelresucitado@gmail.com
 

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