Martes, 28 de septiembre de 2021

Religión en Libertad

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Del miedo a la esperanza

por Canta y camina

Tengo fatiga pandémica, esa que según la OMS  es una “reacción de agotamiento frente a una adversidad mantenida y no resuelta” que hace que nos sintamos desmotivados, con una sensación de incertidumbre constante que nos puede generar síntomas de ansiedad o depresión.

También tengo fatiga gubernamental, esa sensación de que los responsables del bienestar de los ciudadanos de mi país sólo miran por sí mismos, por mantenerse en el poder a toda costa siendo las personas normales las que pagamos el precio de su egoísmo e incompetencia, sabiendo que mienten más que hablan y  no creyéndome ni media palabra de lo que dicen a la vez que me escandaliza que sigan ahí, que no reconozcan ni se arrepientan de sus errores ni escuchen con humildad a los que saben lo que hay que hacer y lo que no.

Tengo además fatiga doméstica, una sensación de impotencia y frustración ante las dificultades derivadas de la pandemia que mi familia está sufriendo desde hace ya 1 año largo.

Y fatiga mental, emocional y anímica porque sé que el peligro de contagio es real y que a pesar de que yo soy responsable y tomo las medidas necesarias para protegerme a lo mejor el de al lado no lo es y puede contagiarme; porque tengo la sensación de ser la pelota en un partido de tenis en el que los gobernantes dicen un día A y al siguiente Z según en qué ciudad vivamos los ciudadanos, un sentimiento de desamparo e incertidumbre que ya ha calado muy hondo y me hace sentir una carga pesadísima sobre los hombros que me impide caminar erguida y respirar.

Así que con esto en mi interior no cabía ya ni espíritu cuaresmal ni higos chumbos, llegué a la Semana Santa chapoteando en lo mundano, acordándome de Jesús en momentos puntuales.

El domingo de ramos ni me salpicó el espíritu festivo y triunfal, además me enfadé en la iglesia porque cambiaron el horario de la misa y no me enteré hasta que pasados 10 minutos de la hora y viendo que el sacerdote regaba los floreros y preparaba el altar le pregunté a la sacristana y me dijo que estaba anunciado en los carteles: ojo, todos estaban dentro del templo y sólo anunciaban el horario de los oficios de Semana Santa. “Mira, domingo misa a las 8”. Le digo: “mira, eso es el Domingo de Resurrección y hoy es Domingo de Ramos.”  Me fui de allí con un calentón del 14 reprochándome a mí misma el haber vuelto a ir a una parroquia en la que no siento ninguna devoción y donde nada me lleva a Dios sino a murmurar interiormente, a criticarlo todo y a quitarme la paz.

Me fui rapidito para llegar a misa a otra parroquia donde las cosas son para mí muy distintas porque allí sí que recibo el alimento que necesita mi alma. Y allí fui a los oficios de Semana Santa el viernes y el sábado. El jueves no, el jueves estuve en la parroquia que me hace enfadar pero me dije que no podía volver porque se me llevan los demonios y no pienso hacerles el juego a esos bichos repugnantes.

Desde que se estrenó La Pasión de Cristo en 2004 no he dejado de verla ningún Jueves Santo. El año que se estrenó la vi de casualidad, mi marido y yo estábamos en Inglaterra y yo estaba embaraza de 5 meses de mi tercera hija. Empecé a llorar en la flagelación y ya no pude parar, procurando ser discreta y gastando kleenex a cascoporro pero nuestro anfitrión, tan británico y correcto él, lo pasó fatal viéndome y preguntándome a cada rato “are you ok?”. A la salida encendí un cigarro y su padre me dijo preocupado “if you smoke your baby smokes” a lo que le dije con el cigarro temblándome entre los dedos “I know but I need it”.

Este año el Jueves Santo no fui capar de verla, “huí” de Getsemaní. El Viernes Santo lo deseaba pero tampoco fui capaz: “me dormí” en Getsemaní. La visión del sagrario vacío en la iglesia pesaba mucho en mi ánimo, era la constatación de que Jesús estaba muerto, muerto y enterrado. Y yo había sido débil y no lo acompañé. Y el viernes me puso muy triste no poder adorar y besar la cruz, tan sólo hacer una genuflexión al paso de esta junto a mi banco.

El Sábado Santo fui a la Vigilia Pascual después de más de 20 años sin haber asistido, tenía muchísimas ganas e ilusión de vivir la liturgia de la luz que nace pequeña y se va extendiendo, aunque sabía que no habría reparto de velas ni las iríamos encendiendo partiendo del cirio pascual.

Disfruté de la liturgia, del paso de la oscuridad a la luz, del temor a la esperanza. Desmenucé cada lectura, profundicé un poquito en el conocimiento de Dios, durante la profesión de fe renuncié con firmeza a Satanás  y afirmé bien alto que creo en Dios, asintiendo a las palabras del sacerdote: “Esta es nuestra fe, esta es la fe la Iglesia que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús, Señor nuestro.” Viví una fiesta de fe, de adoración y de esperanza.

El Domingo de Resurrección seguía fatigada, mis circunstancias eran las mismas que el día anterior pero mi alma estaba encendida de amor, vibrante de esperanza, segura en la promesa de Jesús: “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará”(Mc 10, 33-34)

Durante la vigilia puse mis ojos en la Virgen María, la seguí a todas partes, me pegué a ella como una lapa, bebí de su ejemplo. Si no llega a ser por ella yo habría sido Judas en vez de Pedro. Por ella me quedé despierta en Getsemaní y recorrí Jerusalén viendo lo que le hacían a Jesús, le seguí un poco de lejos queriendo estar con él pero con mucho miedo a lo que me pudiera pasar a mí. Su presencia me ancló al suelo y ya no pude dejarlos solos, no quise dejarlos solos. Seguía teniendo miedo, mucha pena por ellos, pero también un punto de valentía y fidelidad, de dar la cara por Jesús y decir “yo estoy con él”.

Con la esperanza de la resurrección pude por fin ver la película y así acompañar a Jesús y a su madre en la pasión y muerte y esperar la llegada de la resurrección con la certeza del que sabe que tras la oscuridad de la noche llega la luz del nuevo amanecer.

Este año no tomé notas, sólo habló mi corazón. Lloré mucho, no sé si por más vieja, por más pecadora o por más consciente del amor de Dios, tal vez por las 3 cosas a la vez.  Vi detalles que en 16 años me pasaron desapercibidos, cómo algunos “malos” se replanteaban su actitud, cómo otros se reafirmaban en ella y otros se arrepentían de sus actos pero no buscaban la Verdad. Cómo algunos “buenos” pedían compasión para Jesús pero no se atrevían a implicarse, profundicé en el cambio interior del cirineo durante el camino al Gólgota, que de puro conocido siempre leo superficialmente.

Si no hubiera sido por ella, por la madre de Jesús, me habría perdido la expectación de la espera esperanzada –sin perdón por la redundancia, es intencionada- en la resurrección; me habría quedado en la oscuridad del remordimiento por haber huido, por haberme dormido, por no haberme atrevido a decir: Sí, yo le conozco, yo estoy con él.

 

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