Jueves, 01 de octubre de 2020

Religión en Libertad

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Una reserva católica hacia el evictionismo

En tanto que se carece de una unidad de criterio moral y que el relativismo sigue haciendo mella en nuestras sociedades, hay quienes permiten que se siga manteniendo una disputa, en tanto que hay partidarios del avance de la cultura de la muerte, algo que se expone con esos genocidios médicos conocidos como abortos.

Ante ese debate aún existente, algunos nos reafirmamos en el carácter no negociable de la santidad de la vida humana (esto verifica perfectamente la existencia de un derecho natural a la vida, que no proviene del naturalismo de Descartes, sino de ese mismo orden no artificial en el que fuimos creados por Dios).

Dejando aparte el "aviso" que no hace falta tener una devoción católica nunca vista secula seculorum (lo cual no quiere decir que el factor espiritual y religioso no tenga nada que ver en el reconocimiento de inviolabilidad de la vida humana), cabe destacar que se han propuesto alternativas al aborto que en teoría no deberían "disgustar" a los pro-vida.

El evictionismo es una técnica cuya intención es mantener al feto con vida

Hablamos del evictionismo o desalojismo, una opción propuesta por el economista austrolibertario norteamericano Walter Block que, según cita el compañero de causa antiestatista contrarrevolucionaria (de los buenos) Eduardo Blasco en un reciente artículo de homenaje a esta personalidad, obedecería a la siguiente explicación:

«[...] Block propone una alternativa llamada desalojismo (evictionism en inglés), que respeta el derecho de propiedad privada de la mujer y del bebé sobre sus respectivos cuerpos. Cuando la madre se queda involuntariamente embarazada, el bebé que se empieza a gestar es un invasor en su propiedad privada. Como este no traspasó la propiedad privada voluntariamente, es un invasor inocente, por lo que la madre no tiene derecho a expulsarlo ya que este no ha violado su principio de no agresión. No obstante, lo que la madre puede hacer es esperarse a que la viabilidad del feto sea alta para inducirse el parto [...]»

Ciertamente, por el momento, no hay estudios considerables (así como tampoco avances adecuados) que verifiquen una elevada probabilidad de supervivencia extrauterina. No obstante, el artículo no va a entrar dentro de lo que competería al ámbito médico-científico. Supongamos el mejor de los casos y hagamos un análisis moral nada ad hominem.

No han de potenciarse inocentemente la irresponsabilidad y el liberacionismo sexual

Obviamente, una de las principales razones por las que uno se opone al aborto es porque, como se ha dicho, supone una vulneración de un mandamiento muy importante de la Ley de Dios. La dignidad de cada persona, concedida por Dios, es innegable e indiscutible, desde la fecundación hasta la muerte natural.

Ahora bien, ¿por qué objetar a esta técnica? ¿No se supone que el nasciturus acabaría, tras el parto, igualmente, con una familia de acogida? Obviamente, si una madre, por desgracia (no necesariamente con maldad, la verdad), no puede ocuparse de su hijo, es preferible que lo entregue en adopción a que consienta un aborto o recurra al contenedor de la basura.

No obstante, existen varios riesgos de carácter moral y social, cuya advertencia ha sido una de las principales razones de exposición de lo que, en resumen, puede considerarse, por decirlo de alguna manera, como una reserva moral, hecha en mi caso desde una cosmovisión plenamente católica.

Por un lado, se contribuye a la disociación de la maternidad, en tanto que se buscaría dejar bastante endebles los vínculos asociativos biológicos y emocionales que se hayan dado entre la gestante y el futuro neo-nato (de hecho, en cierta medida de gravedad, esto también se da con los vientres de alquiler, también relevantes por lo del "bebé a la carta").

Al mismo tiempo, esta técnica podría considerarse, indirectamente, como un método anticonceptivo de aplicación en el medio plazo. De hecho, si se diera el caso, habría algo menos de carga de conciencia al saber que el bebé no ha sido asesinado (aunque, ojo, ya que un aborto deja varias secuelas psicológicas y psiquiátricas).

Así pues, podría fomentarse, en mayor medida, esa irresponsabilidad que puede ir implícita al liberacionismo sexual (no se quiere ni tener en cuenta el método Billings), tan presente en el marco de crisis de valores actual, en la que impera el hedonismo. Hay una alta preferencia temporal que incentiva el placer orgásmico efímero frente al compromiso de nupcia floreciente.

No hay que caer en la trampa conceptual, aunque sea inocentemente

Es un error conceptual considerar que el feto humano es un invasor cuando no es ni siquiera el resultado de una serie de procesos orgánicos que supongan un peligro para el buen estado orgánico y el ritmo cardíaco de la persona (no hablamos de un virus ni de ninguna otra clase de patógeno tampoco).

Eso sí, considerarlo como inocente no deja de ser un oxímoron, dado que una invasión, ya sea en la vida social o en los procesos orgánicos, nunca tiene una pretensión de consecuencias positivas (por ejemplo, la okupación vulnera vandálicamente una propiedad; pero tampoco se puede considerar como invasión un encarnamiento de uñas).

De todos modos, viene a ser "un paso en la buena dirección" porque se reconoce que no hay ninguna clase de agresión intencionada por parte del feto. Se supone que la mujer tiene el rol natural de procrear a esos sujetos que harán posible la fertilidad floreciente de la sociedad, tras la correspondiente cooperación marital (implicando al varón).

La consideración de la voluntad de la mujer

Pese a la argumentación anterior, hay quienes insistirán en que se está faltando el respeto a la libre voluntad de la mujer. Sí, y si se trata de una violación sexual, el asunto puede ser más espinoso ya que no se puede decir tampoco que la persona quiso buscar sus segundos de placer sin meditar lo suficiente.

Pero quienes ponemos en valor la importancia de la maternidad, ya sea a título individual o comunitario (no estoy invocando ni dejando de invocar al Estado), hemos de tratar de dialogar con la gestante y tratar de convencerle sobre el honor de ser madre. Aunque, obviamente, no todo ha de reducirse a palabras (honestas en este caso).

Aparte de exigir que se castigue con ejemplaridad a un violador sexual, hay que hacer reivindicaciones de reversión de esos mecanismos de poder artificial que no solo impiden la conciliación laboral, acadénica y familiar, sino que también lastran las oportunidades de crecimiento económico en tanto que se penaliza la prosperidad, la creación de riqueza.

Mejor preocuparse de los avances médicos que garanticen la supervivencia de la gestante y del nasciturus

No deja de ser lo más importante el respeto de la dignidad humana de toda persona. Pero no por ello hay que fomentar, aunque sea con buenas intenciones, soluciones que pueden poner en peligro el orden moral que pueda respetar la maternidad y, en consecuencia, hacer posible esa idea de sociedad fértil y floreciente.

Adicionalmente, puestos a concluir con alguna referencia al desalojismo o evictionismo, yo preferiría que esos esfuerzos se sumaran a los intentos médicos de salvar la vida tanto de la madre como del feto en esos casos para los cuales se considera, en muchas legislaciones, el llamado "supuesto terapéutico".

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