Viernes, 18 de octubre de 2019

Religión en Libertad

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Trófimo, discípulo de Pablo, ¿el primer cristiano no judío?

por En cuerpo y alma

 

 

            Trófimo es un personaje que pasa por la vida de Pablo y al que la exégesis y la tradición cristianas no han dado excesiva importancia, todo lo cual a pesar de que, como vamos a tener ocasión de ver, la tiene y mucha.

            Los textos canónicos recogen tres alusiones a su persona que si bien no aportan excesiva información sobre la misma, sí nos van a proporcionar toda la que necesitamos.

            Sabemos que sigue a Pablo, por lo menos, desde que éste realiza su tercer viaje, y más concretamente cuando está en Éfeso y se produce la rebelión de los orfebres, tras la cual Pablo “salió camino de Macedonia” (Hch. 20, 1). ¿Quién le acompaña en tan magna ocasión? Nos los dice Lucas: “Sópatros, hijo de Pirro, de Berea; Aristarco y Segundo, de Tesalónica; Gayo, de Doberes, y Timoteo; Tíquico y Trófimo, de Asia” (Hch. 20, 4). Es más, Tíquico y Trófimo incluso se adelantan al resto de la comitiva, como una vez más lo detalla el minucioso Lucas:

            “Éstos [Tíquico y Trófimo] se adelantaron y nos esperaron en Tróade”. (Hch. 20, 5)

            Todo lo cual permite afirmar que Trófimo acompaña a Pablo ya desde el año 53 o 54 como tarde.

            Sabemos también que Trófimo va a estar con Pablo hasta sus últimos días, que situamos en torno al año 67, como conocemos en esta ocasión por el propio Pablo que, en la que es su última Carta, la segunda que dirige a Timoteo, le escribe:

            “Erasto se quedó en Corinto; a Trófimo lo dejé enfermo en Mileto” (2 Tim. 4, 20).

            En resumidas cuentas, un discípulo que acompaña a Pablo, probablemente de manera ininterrumpida, durante 13-14 años, y que está con él hasta sus últimos días, es decir, aquéllos en los que algunos han abandonado al apóstol de los gentiles, todo lo cual permite afirmar que se trata de uno de sus más fieles.

            Por lo demás, poco más. La tradición cristiana reserva un espacio para un importante obispo del mismo nombre, Trófimo de Arles, pero todo indica que se trata de un prelado del s. III que, consecuentemente, no puede ser nuestro protagonista. Un apócrifo llamado “Pseudo-hipólito”, de discutida datación, narra que Trófimo sería uno de los Setenta y dos Discípulos que menciona Lucas en su Evangelio, el cual habría sufrido el martirio con Pablo. Sin ni siquiera entrar en la autoridad y autenticidad del texto en cuestión, ni desdeñar la posibilidad de que incluso pudiera tratarse de otro Trófimo, el dato parece casar mal tanto con el que aporta Lucas en los Hechos, donde Trófimo sólo aparece en el relato cristiano en el año 54 y no es palestino, como supuestamente serían todos o la mayoría de los Setenta y dos, sino efesino; y menos aún con el que el propio Pablo aporta en el sentido de que Trófimo se hallaba en Mileto, una ciudad que dista como poco dos mil kilómetros de Roma, y enfermo, cuando él está en los días previos a su “libación” (ver 2 Tim. 4, 6), vale decir, a su martirio, por lo que no pudo morir mártir con él.

            Pero todo esto es tangencial e irrelevante al lado del tercer pasaje en que los textos canónicos mencionan a Trófimo, que nos parece de una importancia capital. El relato es el siguiente:

            “Cuando estaban ya para cumplirse los siete días, los judíos venidos de Asia le vieron en el Templo, amotinaron a todo el pueblo, le echaron mano y se pusieron a gritar: «¡Auxilio, hombres de Israel! Este es el hombre que va enseñando a todos por todas partes contra el pueblo, contra la Ley y contra este Lugar; y hasta ha llegado a introducir a unos griegos en el Templo, profanando este Lugar Santo.» Pues habían visto anteriormente con él en la ciudad a Trófimo, de Éfeso, a quien creían que Pablo había introducido en el Templo. Toda la ciudad se alborotó y la gente concurrió de todas partes. Se apoderaron de Pablo y lo arrastraron fuera del Templo; inmediatamente cerraron las puertas. Intentaban darle muerte”. (Hch. 21, 27-31).

            La importancia del evento, que debió de acontecer hacia el año 58, es grandísima y no sólo porque coloca a Pablo en una situación muy delicada en la que su vida peligra seriamente (aunque como sabemos, la superará), sino porque da respuesta a una de las preguntas que con más frecuencia se plantean sobre el mensaje y predicación de Pablo: si rompió con el judaísmo enseñando una nueva religión, la cristiana, o se limitó a trasladar una versión light del judaísmo a una comunidad que, eso sí, no era siempre judía, es más, muy a menudo no lo era. En otras palabras, si lo que Pablo enseña a los gentiles es “judaísmo adaptado” o “novedoso cristianismo” o, en terminología muy actual que viene muy al caso, “judaísmo.2” o “cristianismo.1”. Pues bien, la sañuda persecución a la que sus correligionarios judíos someten a Pablo por haber introducido a su discípulo en el Templo, -por cierto, que el siempre riguroso Lucas no nos dice que pasó con Trófimo-, demuestra fehacientemente que los acólitos de Pablo, por muy judío que éste fuera, por muy legitimado que él mismo sí estuviera para franquear las puertas del Templo, no eran ya considerados judíos por los propios judíos, los más autorizados para hacerlo.

            Cada uno de los apóstoles, el resto de los discípulos, el mismísimo Jesús, Pablo por descontado, podían ser malos judíos, herejes incluso si se quiere, hasta reos de muerte, pero judíos al fin y a la postre. No por casualidad, en Hch. 2, 46, por cierto, cuando ya Jesús no está en el mundo, contemplamos a los apóstoles en el Templo.

            Acudían diariamente al Templo con perseverancia y con un mismo espíritu”.

            En Hch. 3, 1 volvemos a contemplar a Pedro y Juan. En Hch. 5, 3 otra vez a todos los apóstoles, y de nuevo en Hch. 5, 42. Al propio Pablo, al que así le invita a hacer otro cristiano de procedencia judía como es el Santiago que gobierna la comunidad jerosolimitana, le vemos entrar en el Templo en Hch. 21, 26 sin que nadie le cuestione su derecho a hacerlo, es más, acompañado de otros judíos.

            “Entonces Pablo tomó a los hombres y, al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el Templo para declarar cuándo se terminaban los días de la purificación en que se había de presentar la ofrenda por cada uno de ellos”.

            El caso de Trófimo es, sin embargo, diferente, y siguiendo a Jesucristo como sin duda sigue porque de otra manera no podría ser discípulo de Pablo, no es aceptado ya como judío por los demás judíos, y su presencia en el Templo no puede ser considerada sino como lo que termina siendo: una verdadera, notoria y provocativa profanación del mismo, merecedora, en el derecho penal judío, del peor de los castigos, como bien demuestra la lápida que, hallada en 1871 por Charles Simon Clermont-Ganneau y conservada hoy día en el Museo Arqueológico de Estambul, habría colgado del muro de separación del Atrio de los Gentiles del Templo de Jerusalén, la cual, escrita en griego, reza como sigue:

            “Ningún extranjero puede atravesar la balaustrada y el terraplén en torno al templo. Quien sea capturado dentro será responsable de su muerte subsiguiente”.

            Por lo que hace a nuestro asunto, la cosa es aún más significativa cuanto que Pablo, según da a entender Lucas cuando dice “pues habían visto anteriormente con él en la ciudad a Trófimo, de Éfeso, a quien creían [ojo, creían] que Pablo había introducido en el Templo” (Hch. 21, 27), ni siquiera había osado realizar tamaña afrenta, lo que demuestra fehacientemente que también él sabía bien que sus acólitos cristianos no eran ya judíos.

            Y otra cuestión todavía, que si bien no es tan importante, no es tampoco baladí: ¿podemos afirmar que Trófimo es el primer cristiano “no judío”? No es, desde luego, la primera persona no judía a la que los apóstoles convierten al mensaje de Cristo. Ahí están el eunuco etíope al que convierte Felipe (Hch. 8, 26-40), el centurión Cornelio al que convierte Pedro (Hch. 10), ahí están tantos conversos como se mencionan a lo largo de los Hechos algunos de los cuales, sin duda, no serían judíos.

            Lo más probable, pues, es que no lo fuera, y que ya para cuando Pablo intenta introducirlo en el Templo (o más bien, para cuando sus contemporáneos judíos "dicen" que lo intenta), muchos otros cristianos jerosolimitanos y siríacos no previamente judíos supieran que no debían franquear los muros del sagrado y emblemático lugar. Si sí como si no, lo cierto es que, a falta de saber, -pues el libro de los Hechos no nos lo dice-, si el eunuco convertido por Felipe, o el centurión convertido por Pedro, o cualquiera de los neófitos de la comunidad cristiana, intentaron alguna vez entrar en el Templo, no nos queda sino aceptar que Trófimo, a quien dicha entrada le es expresamente reprobada, es, efectivamente, el primer cristiano con nombre y apellido cuya judaidad no es aceptada por los judíos contemporáneos de Jesús, de los apóstoles, y por supuesto, de Pablo.

            Y una segunda cuestión no menos curiosa, que podría haber aportado alguna luz al tema: nos quedamos sin saber, porque ni Lucas ni el propio Pablo nos lo dicen, si Trófimo milita, dentro del grupo de los discípulos captados por el apóstol de los gentiles, entre los que son circuncidados por el propio Pablo, caso de Timoteo (Hch.16, 1-3), o el de los que no, caso de Tito (Gl. 2, 1-3). Aunque, no sé bien por qué pero así es, le queda a uno la impresión de que Trófimo formaba parte más bien de este segundo grupo.

 

 

            ¿Quieres conocer mejor la figura colosal de San Pablo? Lee “De Saulo a Paulo. El rabino que se cayó del caballo”.

 

 

            ©L.A.

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