Es bien sabido que, en Occidente, la mayoría de niños con síndrome de Down cuya trisomía (tres cromosomas en el par 21) es detectada en el embarazo no llegan a nacer… y todos sabemos por qué. Entre los años 2011 y 2015, en Europa, el 54% de bebés a los que se les detectó esta anomalía genética fueron abortados. Y en España, el porcentaje llegó nada menos que al 83%.

Sin embargo, en 2011, el doctor Brian G. Skotko coordinó un equipo que entrevistó a 2.044 padres sobre la relación con su hijo síndrome de Down. Pues bien: el 99% de ellos dijo que ama a su hijo o hija; el 97% de esos padres estaban orgullosos de ellos; el 79% sintió que su visión de la vida era más positiva gracias a ellos; el 5% se sintió avergonzado por ellos; y tan solo el 4% se arrepintió de tenerlos.

Los padres reportaron que el 95% de sus hijos o hijas sin síndrome de Down tienen buenas relaciones con sus hermanos con esta discapacidad. La gran mayoría de los padres encuestados señalaron que están contentos con su decisión de haberlos tenido e indicaron que sus hijos e hijas (Down) son una gran fuente de amor y orgullo.

Éste es un vídeo homenaje al doctor Skotko (quien interviene a partir del minuto 4:09), como antiguo alumno del St Ignatius High School. El doctor Skotko es médico genetista formado en Harvard. Tiene una hermana con síndrome de Down y siempre fue su sueño entregarse a las personas con trisomía 21. Hoy trabaja en el departamento que investiga el síndrome de Down en el Massachusetts General Hospital de Boston.

Además, el estudio Autopercepciones de las personas con síndrome de Down -también del doctor Brian G. Skotko y del mismo año 2011- reflejó que casi el 99% de las personas encuestadas con esta alteración cromosómica indicaron que estaban felices con sus vidas, al 97% les gustaba quiénes eran y al 96% les gustaba cómo se veían. Casi el 99% de las personas con síndrome de Down expresaron amor por sus familias y al 97% les agradaban sus hermanos y hermanas. El 86% de las personas con síndrome de Down sentían que podían hacer amigos fácilmente. Y aquellos con dificultades, en su mayoría vivían en situaciones de aislamiento. Un pequeño porcentaje expresó tristeza por su vida.

Las personas con síndrome de Down alentaron a los padres a amar a sus bebés con síndrome de Down, mencionando que sus propias vidas eran buenas. Además, alentaron a los profesionales de la salud a valorarlos, enfatizando que comparten esperanzas y sueños similares a los de las personas sin síndrome de Down. En general, la gran mayoría de las personas con síndrome de Down encuestadas indicaron que viven vidas felices y plenas.

El pasado mes de enero se viralizó este impactante mensaje de la pequeña Ana.

¿Por qué ese contraste, esa paradoja, entre la felicidad expresada por las personas son síndrome de Down y la de sus familias y la actual opción del aborto para la mayoría de ellas?

Estas cuatro familias españolas -seguramente haya algunas más- han adoptado a dos niños con síndrome de Down cada una. Todas tienen su propia historia. Pero todas ellas coinciden en, al menos, una cosa: ya no pueden vivir sin sus hijos. Porque hacen felices a quienes les rodean, en primer lugar a sus padres y hermanos. Porque ven que sus hijos son felices. Y porque es muy difícil conocer a una de estas personas y no quererla. Y el amor -amar y ser amados- es lo que hace feliz al ser humano, en primer lugar a sus hijos.

Y eso que en las historias de estas familias también hay sacrificio y momentos duros. Hay exigencia y dolor. La crianza y educación de un niño con síndrome de Down requiere mucho esfuerzo y pueden darse situaciones -aunque no necesariamente, ni siempre, ni todas a la vez- de problemas de salud, dificultades de aprendizaje, trastornos de comportamiento, conductas disruptivas… 

Como dice Jaime Poncela en un artículo publicado en el blog La vida en serio: “Se equivocan quienes creen que los síndromes de Down son estereotipos de seres humanos a quienes se define por su inmensa capacidad de cariño y su amor por la música. Eso es verdad, pero no es la única verdad. Los síndromes de Down parecen siempre niños y a veces actúan como tales, pero también se hacen adultos y después envejecen (más rápido que el resto), y tienen filias y fobias, y se enamoran, y se enfadan, y son del Sporting o del Oviedo, y saben usar su discapacidad para colarse en el supermercado o ganarse la simpatía de la gente cuando les conviene, pero también tienen raptos de ira y violencia, o se autolesionan, o son mansos como corderos o hiperactivos como lagartijas. También saben atacar y saben defenderse y también necesitan compañía y apoyo, como cualquiera de nosotros. No son ángeles, ni son parásitos, son simplemente personas con una particularidad genética en su cromosoma 21, pero eso no les hace ser muñecos crónicos cortados todos por el mismo patrón. Se equivocan quienes olvidan un elemento esencial: son seres humanos, cada uno de su padre y de su madre, personas a secas con las que unas veces es más fácil que otras poder convivir, a las que nadie regala nada y a quienes el Estado trata de forma lamentable como a la mayoría de los que son diferentes”.

En efecto, “son personas -explican estas familias- que tienen la misma dignidad, la misma belleza intrínseca, el mismo derecho a vivir que cualquier otro ser humano y el mismo derecho a ser felices”. Y todas ellas explican la gran aportación que sus hijos con esta discapacidad han traído a sus vidas: su humanidad, su alegría, la maravillosa aventura que supone el día a día con ellos, una aventura que merece la pena. “Nuestros hijos son un regalo y es un privilegio ser sus padres”, afirman.

¿Por qué? Quizá lo mejor sea leer sus reflexiones y testimonios… 

Beatriz y Carlos

[En conversación con el autor de este artículo.]

Carlos y Beatriz se casaron y estuvieron once años intentando ser padres biológicos pero sin conseguirlo. “Con gran deseo, con gran sufrimiento, pasamos por todo”, dice ella, incluyendo enfermedades, cirugías, dolencias, procesos de adopción en diversos países… Finalmente y sin mucha esperanza, iniciaron un proceso de adopción nacional.

Al hacer su ofrecimiento para una adopción nacional, “en ese papelito, pusimos ‘aceptamos hermanos’. Y en un mes nos llamaron para decirnos que había dos hermanitas, de 1 y 3 años, esperando una familia para ser adoptadas y que si las aceptábamos o no”, cuenta Beatriz.

“Ese día nos sentimos como inundados de amor y se te abren todos los poros de la piel. Sientes el amor de fuera, el amor de dentro, yo no sé si es como si te toca la lotería. Pero es un amor tan grande que no sientes ni la piel. Esa fue la sensación que tuvimos el día de la llamada”, añade Carlos.

Después del ‘subidón’ de felicidad, y aunque la adaptación a su nuevo rol como padres les costó “bastante”, reconocen, transcurrido un tiempo con sus dos hijas mayores, Beatriz le recuerda a Carlos una vieja debilidad suya, los niños con síndrome de Down. “Fue un amor que siempre me llamó hacia ellos, les adoraba, desde que era niña. Y le planteó a Carlos: ¿Qué te parece una adopción de un hijo con síndrome de Down?”.

Carlos, inicialmente, en un contexto de algunas circunstancias difíciles que estaban atravesando, responde que no. “Pero al final cedí. Yo había tenido una experiencia maravillosa con un niño con síndrome de Down en unos campamentos de verano en los que yo era monitor. Me encargaba de él. Y fue la bomba. Yo era tan ‘síndrome de Down’ como él. Éramos felices. Eso me ayudó a decir que sí”.

Una vez hecha su nueva solicitud de adopción, al poco tiempo les llaman para ofrecerles una niña con síndrome de Down, de tres meses de edad, con una cardiopatía de la que tiene que ser intervenida. Además, la administración les exige trasladarse toda la familia a su ciudad y esperar a que coja el peso adecuado para ser operada. La pequeña ya había pasado por tres momentos críticos. Todo eso les hizo dudar y al final rechazaron la adopción: “Para nosotros, el decir que no fue como un aborto”, explica Carlos. “Mi corazón quedó machacado, rechazamos a nuestra bebé”, asegura Beatriz.

Ella añade que esta vivencia por la que pasaron “te hace bien para comprender. Porque a veces parece que te ponen un escalón por encima de personas que no han podido asumirlo o no han sabido. Es verdad que yo se lo recomendaría a cualquiera, promovería la adopción -y lo hacemos cuando podemos- de todos los niños y también de los niños con síndrome de Down. Y por supuesto al horror del aborto, no. Pero cuando te pasa algo así dices: yo no soy ni mejor, ni peor, por haber adoptado a dos niños con síndrome de Down. Si yo rechacé a mi hija, ¿cómo voy a juzgar a una madre? No puedo juzgar. Siempre voy a pelear por la vida, por hacerle ver a esa mujer que tiene un ser dentro maravilloso y que si ella no se ve capaz, va a haber matrimonios que se vean capaces. Pero, ¿cómo no comprender?”.

“Yo le pedía al Señor que esa niña tuviera brazos de madre en el cielo o en la tierra. Y a los nueve meses de haber dicho que no, nos vuelven a llamar: que la habían operado, que había sobrevivido a la operación y que si queríamos ir a por ella. Vamos: nos faltó volar”, cuenta emocionada Beatriz.

Este matrimonio ya era feliz con sus tres hijas. Las dos mayores y la última, con síndrome de Down. ¿Cómo se les ocurrió entonces ofrecerse a adoptar a otro bebé con la misma discapacidad? En este caso, el camino tampoco fue fácil, tal y como cuentan ellos.

En uno de sus aniversarios de boda, Beatriz decide regalarle a Carlos una solicitud de adopción para un bebé con cualquier tipo de discapacidad. Y cuando él la ve, enfadado, le espeta a su mujer: “Te has cargado nuestro aniversario”. Y se lo explica: “Después de todo lo que hemos pasado. Ahora, ¿ofrecernos a adoptar a uno con cualquier tipo de discapacidad? Yo me ahogo”.

Sin embargo, una serie de pequeños detalles y anécdotas que se fueron sucediendo a partir de entonces hacen cambiar de opinión a Carlos, pero con una condición que pone a su mujer, la cual ella acepta: “No me siento capaz para adoptar a un bebé con cualquier tipo de discapacidad, me ahogo, pero sí le pido otro bebé con síndrome de Down”.

Beatriz explica: “Y yo me acosté diciendo: mañana por la mañana llamo a los servicios de adopción para corregir nuestro ofrecimiento. Pero al día siguiente, antes de que yo llamara, nos llamaron para ofrecernos un niño con síndrome de Down”. Adopción a la que, esta vez sin dudarlo, dijeron que sí. El pequeño se lleva dos años con su hermana y volvió a traer felicidad a la familia.

Ahora, con cuatro hijos adoptados, este matrimonio hace un balance de su experiencia: “El Señor nos ha mostrado que estamos respondiendo a su voluntad”. “Y, por supuesto, son mis hijos y qué quieres que te diga, nos dan la vida, nos la quitan también, pero es que son nuestra vida. No concibo nuestra vida sin ellos. Y la llenan al máximo, la expanden. Pero, sinceramente, si no fuera por esa certeza de estar respondiendo a su voluntad, que es lo único que deseamos… A veces le digo a mi marido: ¿cómo no se nos ocurrió (adoptar) a cuatro canarios? (risas) Por el agotamiento, etc.”, señala Beatriz.

Y añade: “Hay momentos intensos y agotadores con ellos, pero también hay otros tan intensos de felicidad, de ternura, de dulzura, que dices: esto debería tenerlo cada familia en el mundo. Pasamos tantos momentos de dificultad, me imagino que como cualquier matrimonio, entre nosotros también. Pero de nuestra familia y de nuestra vida no desaparece la dulzura. Estás que rabias, estás fatal, pero no te falta una caricia, una mirada, un ‘mamá’. Tenemos esa dicha para siempre. No tenemos una cruz para siempre, que también, porque me agotan (dice entre risas), pero es que tenemos una dicha para siempre, no nos falta la dulzura. No nos falta que nos miren con esos ojos de amor infinito. Y pasan los años, que mis hijos ya tienen 8 y 10, para 9 y 11, quiero decir, que no son bebés. Pero es esa mirada de amor, que no desaparece de ellos. Esa caricia, esa dulzura. Esto es un lujo, un privilegio”.

Foto: Kampus Production / Pexels.

Y Carlos añade: “Hay muchas cositas por las que uno llega a pensar: son ángeles que te los ha mandado el Señor, como a tu ángel de la guarda. Y cuando viene y te dice: ‘Te quiero’… entonces te derrites. Nadie me ha dicho un ‘Te quiero’ como me lo ha dicho mi hija. O nadie me ha abrazado al cuello como, esta misma mañana, mi hijo. El máximo de la ternura”.

En cuanto a lo que ha supuesto la llegada de sus hermanos con síndrome de Down para sus dos hijas mayores, Beatriz lo tiene claro: “Saben y conocen lo que es la entrega, la renuncia por amor. Porque los aman con locura. Sus hermanos son su pasión. Acaban ‘hasta aquí’ de ellos también. Pero los aman con locura. Yo siempre les digo: no sé si hay mucho más que aprender en esta vida que lo que ya estáis aprendiendo. A mí, cuando me dicen -hay gente que nos lo ha llegado a decir a la cara-: ‘¿Cómo les habéis puesto esta carga a vuestras hijas?’. Pues yo creo que les he dado lo mejor que les he podido dar en la vida. Más que esto, llegar a aprender esto de verdad…”.

Carlos lo corrobora: “Para nuestras hijas mayores, sus hermanos han sido un enriquecimiento y les ha dado una madurez y una responsabilidad”. 

Yolanda y Antonio

[El matrimonio dio su testimonio en el año 2017 en el programa de TVE 'Últimas preguntas', un diálogo que fue recogido por ReL y por el autor de este artículo.]

Antonio y Yolanda tienen seis hijos, todos ellos adoptados, los cuatro últimos a través de ofrecimientos de adopción de especial dificultad, y de los cuales dos de ellos tienen síndrome de Down.

Se casaron con la idea de formar una familia pero los hijos no venían, por lo que se hicieron pruebas médicas que confirmaron que no podrían ser padres de manera natural. “Cuando nos dieron el diagnóstico de infertilidad fue un momento difícil porque nos creemos que tenemos derecho a ser padres, pero el autor de la vida es Dios, no nosotros”, aseguraba Antonio.

Como Antonio y Yolanda hay miles de familias que no pueden tener hijos y que acuden a la adopción. Es lo que hicieron ellos. Así fue como llegó su primogénito. Poco después de llegar se inscribieron de nuevo en otro proceso de adopción y a los tres años ya tenían con ellos a su segunda hija.

Pero no se quedaron ahí. Recordaba Antonio que “el Señor nos cuestionó porque en los documentos del proceso de adopción había una casilla que, si la marcabas, te ofrecías a la adopción de un niño con enfermedad o discapacidad. Nosotros, en los dos primeros procesos de adopción no la marcamos, sin embargo, esa decisión nos marcó a nosotros”.

Fue en el contexto de una peregrinación donde vieron que les llamaba a “ser padres de un hijo con dificultades. No fue fácil pero Él, que es un caballero, nos lo susurraba”. Y así llegó nuestro tercer hijo”, el primero con necesidades especiales.

Antonio explicaba que “cuando ya teníamos a este último, nos invitó de nuevo a abrirnos a la vida, y llegó el cuarto hijo, que nació con hipoxia y un daño cerebral. Fue un gran regalo para nosotros”. 

Este matrimonio volvió a ofrecerse a adoptar a un niño o niña con necesidades especiales y así llegó su quinta hija, con síndrome de Down. “Ha traído la alegría a la casa, ha revolucionado a la familia. Nos enseña muchísimo cada día a vivir la vida y vivirla bien”, afirmaba Yolanda.

Y después llegó otro hijo, el sexto, también con síndrome de Down, y también adoptado. “Con cinco años de diferencia, nuestro sexto hijo llegó como un rayo de luz a nuestra familia. Fue algo realmente inesperado. Después de la adopción de nuestra quinta hija, los técnicos del Instituto del Menor y la Familia, con mucha amabilidad aunque con firmeza, nos invitaron a no volver a presentar otro ofrecimiento y nosotros así lo asumimos. Sin embargo, los caminos de Dios no son nuestros caminos y sus designios nos superan con creces. Sabiendo que era en cierta manera un sinsentido, entendimos que nos llamaba de nuevo a ser padres. Al nacer nuestro sexto hijo, a los técnicos del Instituto se les debió plantear un enorme dilema: '¿Qué hacemos con este niño? ¿Lo mandamos a vivir una institución de la Comunidad de Madrid o a una familia tan numerosa y con hijos con necesidades? Bueno, pues nos quedamos con la familia'. Y nos llamaron y nosotros encantados de ser papás otra vez. Encantados de la vida y de saber que ha sido todavía más fácil todo porque ya teníamos una hija con síndrome de Down y porque lo hemos vivido con mucha naturalidad y muchísima alegría”, narran en el libro Historias de niños y de familias especiales (Laura Serrano y Nacho Martín, Digital Reasons).

Yolanda y Antonio ven con realismo la discapacidad intelectual de sus hijos: "Lo que no puedes pretender es que tu hijo con síndrome de Down y discapacidad intelectual hable tres idiomas y vaya a Harvard. Es que no puedes. Primero por su bien pero también por el tuyo propio, porque si no, al final se convierte en una obsesión sin sentido donde todos terminan sufriendo sin necesidad". “Nosotros no miramos en nuestros hijos lo que no pueden hacer o si no tienen esa capacidad; sino que vemos en ellos todo lo que realmente pueden lograr, siendo cada logro una alegría enorme”. 

“Sin embargo -prosiguen-, según han ido creciendo nuestros hijos nos hemos ido dando cuenta de que hay muchas cosas del entorno que nos ayudan: el colegio, la parroquia, la urbanización, el entorno social.. Y nos emocionamos cuando vemos, por ejemplo, voluntarios que se llevan a los niños de campamento, que están ahí para hacernos la vida más fácil como padres. El error es verse solos o creerse que uno está solo en el mundo”. 

Yolanda y Antonio también cuentan que, desafortunadamente, son conocedores de “experiencias de familias que al tener un hijo con discapacidad, el matrimonio se ha visto afectado. Es cierto que la llegada de la discapacidad a la familia no siempre es fácil y uno se puede llegar a sentir descolocado por el gran cambio que implica en su vida. Es algo difícil y duro en los comienzos y por este motivo, hemos conocido a familias que les ha podido llegar a afectar. Sin embargo, para nosotros ha sido lo contrario”.

Ciertamente, en el día a día, “hay dificultades, problemas, la atención que demandan es grande, se acumulan citas médicas…con frecuencia, al final del día estamos exhaustos, sin embargo, nuestra experiencia es que dando la vida se recibe la Vida”, relatan.

En cuanto a lo que les deparará el futuro, comentan: “Nosotros a nuestros hijos los vemos juntos. Especialmente a los dos últimos, nuestros hijos con síndrome de Down. Les vemos como sea y donde sea, pero probablemente unidos entre ellos y apoyados por el resto de sus hermanos, aunque desde luego, el tiempo que nosotros estemos aquí, estarán a nuestro lado. Ante la duda de qué pasará cuando faltemos nosotros, tenemos muy presente una cosa y es que, al igual que nosotros somos los padres de estos hijos, por supuesto, no podemos olvidar que su verdadero padre es Dios, quien siempre estará con ellos. Estamos seguros que Él les cuidará. En ello depositamos toda nuestra confianza”. 

A día de hoy este matrimonio afirma seguir abierto a la vida, algo que, según dicen, “nos fortalece como matrimonio y como familia”. Y por ello, pueden decir con certeza que “damos gracias a Dios por nuestra infertilidad porque nos ha dado unos hijos maravillosos”. “Hay gente que nos dice: ‘Qué generosos’, o incluso nos dicen: ‘Qué valientes’, y nosotros siempre les decimos: No, qué afortunados. Porque cada hijo es un regalo, los afortunados somos nosotros”. Proseguía Antonio en la entrevista en TVE: “Todos, de alguna manera, somos discapacitados. Yo, particularmente, discapacitado para amar tantas veces, discapacitado de poder acercarme al otro".

Esperanza y José Ángel

[Esperanza y José Ángel contaron su historia y dieron su testimonio en la revista virtual de la Fundación Iberoamericana Down 21.]

Esperanza y José Ángel narran que tampoco pudieron tener hijos biológicos, lo que supuso sufrimiento en su matrimonio. Sin embargo, una serie de circunstancias se alinearon hasta tomar la decisión final -después de un proceso de discernimiento- de lanzarse a la adopción de un niño/a con síndrome de Down. En esa decisión también jugó un papel importante su fe cristiana: “El que recibe a uno de estos pequeños en mi nombre, es a mí a quien me recibe”, “lo que hagáis a uno de estos hermanos míos más pequeños, es a mí a quien se lo hacéis”.

En el momento de compartir su decisión con sus familiares y amigos, la mayoría recibieron la noticia con alegría e ilusión, la misma que ellos ya sentían. Sin embargo, cuentan, también conocen a un matrimonio que se ofreció a adoptar a un niño con síndrome de Down y cuando lo comunicaron a la familia, ésta se escandalizó y trató de disuadirles por todos los medios: que no iban a ser felices, que iba a ser un lastre para los hermanos…

Esperanza y José Ángel les han explicado que es todo lo contrario: que para todos los hermanos de niños con síndrome de Down que conocen ha supuesto un enorme enriquecimiento la llegada de su hermano/a. Además, los hermanos adquieren una sensibilidad especial con este tipo de personas: se les nota en su delicadeza, en su paciencia, en su cariño cuando ven a uno de ellos…

Volviendo a su historia personal, Esperanza y José Ángel cuentan la inmensa felicidad y emoción que experimentaron cuando conocieron a sus dos hijos. Tras la adopción del primero -el día que lo conocieron fue “el más feliz” de sus vidas, aseguran-, se dijeron: “¿Por qué no repetir la aventura?”. Y, tras valorarlo y solventar algunas dudas -sobre todo por el futuro, no por el presente, que era de una inmensa felicidad- se lanzaron a por el segundo, en este caso una niña que, al igual que con su hermano, el día que la conocieron fue “el otro día más feliz” de sus vidas. Esta segunda adopción les fue adjudicada porque los servicios sociales de su comunidad no tenían a ninguna otra familia candidata ni con la idoneidad requerida por la Administración, cosa que ellos sí tenían.

Desde entonces, explican, ha comenzado un camino no exento de sacrificio y esfuerzo, con noches sin dormir o durmiendo poco, con enfermedades, con lentitud en los avances y progresos en el desarrollo, con las dificultades del día a día -las batallas para vestirles, lavarles, darles de comer…-, con la incertidumbre de no saber si lo están haciendo bien como padres…

Pero por encima de todo eso, explican, “está el amor y el amor lo puede todo”. El infinito amor que sienten por sus hijos hace que les den igual los sacrificios y esfuerzos que tengan que hacer por ellos. Y ese amor es lo que les da la felicidad, a ellos y a su hijos… Hasta el punto de asegurar que la adopción de ambos es “lo mejor que hemos hecho en la vida”.

Pero es que, además, el día a día con ellos es también muy gratificante: “Son hijos espontáneos, cariñosos, ocurrentes, divertidos, cabezotas… Son ¡pura vida! Esa vida que merece la pena que ellos disfruten y vivirla junto a ellos, viendo sus avances, sus progresos… Cada pequeña conquista (empezar a hacer sus necesidades en el baño, aprender a quitarse o ponerse algo de ropa, lanzarse a comer solos), que otros niños logran de manera natural, es motivo de una inmensa alegría por el esfuerzo que les ha costado”. 

Con esa experiencia, animan a los papás que esperan a un hijo con síndrome de Down -aunque genere “cierto vértigo”- a aceptarlo y amarlo tal como es. Y, por supuesto, a la adopción. “No se arrepentirán”, aseguran, pues ellos lo han visto en todas las familias que conocen que tienen la suerte de tener un hijo con esta alteración genética. “Las personas son síndrome de Down generan un ‘no sé qué', que hace a los demás sacar lo mejor de sí mismas. Nosotros lo vemos a diario: vecinos que prácticamente ni nos saludaban, ahora se detienen y preguntan a nuestros hijos con una gran sonrisa que qué tal están, que a dónde van…”, explican.

Ana y Carlos

[Ana y Carlos (nombres ficticios) contaron su historia y dieron su testimonio en Aleteia.]

Ana y Carlos (nombres ficticios) contaron su historia y dieron su testimonio recientemente en Aleteia. Tras la boda, y al cabo de un año sin poder concebir hijos, Ana y Carlos descubrieron su infertilidad. Decidieron entonces iniciar un proceso de adopción fuera de España, concretamente en Rusia. En ese país adoptaron primero a sus dos primeros hijos, dos hermanos. Y poco después a otros tres hermanos, también rusos.

Pasados tres años de la última adopción -y ya con 5 hijos-, Ana y Carlos adoptaron a un niño de 3 años con síndrome de Down. “Adoptar un niño con trisomía 21 es muy distinto que quedarte embarazada de uno de ellos, en que te suele inundar el miedo y la incertidumbre. Nosotros sabíamos lo que queríamos, lo deseábamos. Lo habíamos deseado desde que éramos novios”. “La acogida de los niños (sus hermanos) fue maravillosa”, cuenta Ana emocionada a Aleteia.

El año pasado Ana y Carlos recibieron una llamada del Servicio de Adopción de su comunidad para convocarles a una reunión. En ella les pedían ayuda para encontrar 14 familias para 14 niños con síndrome de Down. Sin dudarlo, se plantearon ser una de esas familias.

“Lo más fácil de toda esta aventura es que en una familia numerosa no se aburre nadie. Es más fácil educar ciertos valores como son compartir, ceder, esperar, ser generosos, etc.” “Lo más difícil es lograr que nadie los etiquete por el hecho de ser adoptados y la lucha de los padres por demostrar que son como todos y que el hecho de ser adoptados no significa necesariamente que tengan ningún tipo de problema distinto a los que pueda tener un hijo biológico”, explica ella.

Y concluye: “No cierro la puerta a futuras adopciones. Vivo la maternidad a los ojos de Dios, no ponemos impedimentos. Si Él quiere adoptaremos más”, aclara Ana a Aleteia

Conclusión

En definitiva, como destacan Jesús Flórez y María Victoria Troncoso, “las personas con síndrome de Down dan a la sociedad mucho más que lo que reciben”. Y María Victoria insiste: “El mundo sería mucho peor sin personas con síndrome de Down”.

A todos estos seres humanos con esta alteración genética, a quienes la sociedad actual tantas veces discrimina -¿hay mayor discriminación que no dejarles nacer?- se les pueden aplicar las palabras que Jesús Mauleón dedicó a su amigo Genaro, con síndrome de Down, en un poema: “Y cuando sales a la calle, vuelves mejor el mundo/ y haces más hondo el aire que respiras” (Nuestro tiempo, octubre de 2007).

Ojalá la sociedad actual se dé cuenta porque, como decía Jérôme Lejeune, “la calidad de una civilización se mide por el respeto que manifiesta a los más débiles de sus miembros. No hay otro criterio para juzgarla”.

Tomado del portal de la Fundación Iberoamericana Down 21.