Meg Pérez tenía 18 años cuando se quedó embarazada por primera vez de manera imprevista. Vivía lejos de la casa paterna al conocer su estado, y como joven católica y provida sabía que el aborto no era opción. Así que regresó con sus padres para continuar la gestación con su ayuda.

No considerándose en circunstancias de criar a su hijo, encontró un abogado católico especializado en adopciones que encontró un matrimonio católico que no podía tener hijos y se comprometió a educar en el seno de la Iglesia al pequeño que naciera.

Para ella fue muy difícil tomar la decisión dar a su hijo en adopción: "Realmente quería quedármelo, pero en lo profundo de mi corazón sabía que no podía ser una buena madre para él a mi edad. Tendría que depender de mis padres, los problemas me superaban. Le amaba más de lo que me amaba a mí misma, y justo en eso consiste la adopción".

Lo vivió, por tanto, como un sacrificio que hacía por su hijo, para darle a través de esa familia, que era perfecta para él, lo que ella no podía darle.


Meg, sin embargo, decidió no tener más hijos. Continuó con su trabajo y siguió yendo a misa los domingos, pero según su testimonio, recogido en LifeActionNews, "no llevaba la vida que Dios quería" para ella. Apagó sus penas en alcohol y perdió muchos años sin dirección alguna en su existencia. Cuando, a través de su abogado, quiso contactar con la familia adoptiva de su hijo, éstos se negaron.

"Fue muy doloroso para mí", recuerda: "Eso alimentó mi ira y continué dando tumbos durante años. Padecí un trastorno alimentario. Mi familia era muy piadosa y los fundamentos de mi fe eran fuertes, pero en verdad sufría tremendamente con la situación. No era algo malo, porque era un dolor redentor. Cuando eres una joven con un agujero en el corazón, es muy difícil llenarlo".


Con el tiempo logró un puesto como presentadora de informativos de televisión y se casó. Durante su matrimonio sufrió cuatro abortos naturales, uno de ellos con gemelos. Ahora sí quería niños, y finalmente su marido y ella tuvieron un  hijo.

Poco duró su alegría, porque descubrió que su esposo la engañaba y tenía "adicciones". Se fue de casa con el pequeño y volvió de nuevo al hogar paterno a empezar de cero.

Pero un año después volvió a quedarse embarazada a consecuencia de una relación puntual. Tenía 41 años y la idea de una nueva maternidad la ilusionaba. Incluso su pequeño quería un hermanito. La reacción del padre fue, por desgracia, lamentable: ni quería seguir con ella, ni quería saber nada del niño que venía, ni mucho menos contribuir económicamente a su crianza.


Fue devastador para Meg: "La oscuridad me susurró grandes mentiras al oído. Las mentiras del aborto. Todo pasará, es lo mejor para tu hijo, a tu edad no puedes criar tu sola dos hijos, tendrás que dejar tu trabajo porque te obliga a viajar..."

Cayó en la trampa. El aborto fue doloroso mental, emocional y físicamente, y ella supo desde el principio que se estaba equivocando. Una clínica fría, un médico grosero que incluso le decía "¡Cállese!" cuando gemía de dolor. No hubo atenciones ni asesoramiento, y los trabajadores del centro la movieron de un sitio a otro como si fuera un paquete. A pesar del dolor, Meg no se quejó, porque sentía que se lo merecía. Lloró todo el camino de vuelta a casa y desde entonces no ha habido un día en el que no haya pensado en su hija, pues niña era.

Avergonzada, continuó con su vida, cargando con el peso de ese aborto. Seguía yendo a la iglesia, seguía rezando, pero no podía confesarse ni pedir perdón.


Todo empezó a cambiar cuando el padre de su primer hijo contactó con ella para decirle que creía haber encontrado al hijo que dio en adopción. Meg no se sentía al principio preparada para ello, pero a final arreglaron un encuentro.

"Quería verle. Fue justo un año después del aborto y no estaba preparada, pero cuando Dios tiene un plan, tienes que cumplirlo, así que no podía decir que no", cuenta.

Y se vieron: "Mi hijo es una persona maravillosa. Sus padres son fantásticos y fueron tan buenos que siempre le explicaron el sacrificio que había hecho por él. Ahora estamos en contacto y nos vemos en Navidad. Me entristeció mucho, sin embargo, saber que es partidario del aborto".


Cuatro años después, Meg encontró valor para confesarse, porque "vivir con ese pecado en su corazón tanto tiempo no era bueno". Volvía a padecer un trastorno de la alimentación, continuaba anegada en dolor y lamentaciones. Ya no podía atormentarse más. Cuando se arrodilló ante el sacerdote y abrió su alma, comprendió que pedir perdón por el aborto era lo único que podía llevarle alguna paz.

"Lo peor fue decirle a mis padres lo del aborto. Fue muy difícil, porque son my provida y mi madre trabaja para Derecho a Vivir en Cincinnati. No temía que dejasen de quererme y respetarme, me preocupaba más decepcionarles. Pero sentía que Dios me impulsaba a hablar de esto en público y no quería que se enterasen a través de los medios de comunicación".

Y es que Meg, tras confesarse, ya había decidido que su misión era ayudar a otras madres que se vean en circunstancias parecidas a las suyas, dado que tiene la experiencia de las tres posibilidades: tener el hijo y criarlo, tener el hijo y darlo en adopción, y matar al hijo. Con la primera era feliz, con la segunda sabía que había hecho un sacrificio por su hijo y éste lo sabía, pero con la tercera... los años de dolor padecidos le habían dejado una huella imborrable.

"Ahora, aunque se que lo que hice no está bien, quiero hacer algo bueno que provenga de mi dolor y mi pecado": y ayuda a grupos provida a aconsejar a madres en riesgo de acudir a un abortorio.

Habla, además, como la católica que nunca dejó de ser: "Lo más duro era el terror que tenía a no ir al cielo y estar allí con mis hijos, estar separados de ellos para siempre. Eso me mortificaba. Pero existe el perdón. Lo segundo era que, cada vez que veía una niña en una foto o una película, se me rompía el corazón. No asumía que había sido mi decisión la que me había dejado sin ella. Todos los días le pido a Dios que mi hija me perdone".


Así que aconseja a todas las mujeres que estén considerando abortar que abran sus corazones a Jesucristo. Y les da un consejo muy práctico: que piensen cómo será su vida dentro de diez años sin su hijo, y cómo sería con él.

"Tu decisión no sólo te afecta a ti, afecta a todos los que te rodean", concluye: "Al final de tu vida tienes que dar cuenta de todo el daño que has hecho a los demás. La gente cree que el aborto es una decisión personal. Y no lo es. No veo cómo decirle a mi hijo, que tiene ahora 9 años, que tuvo una hermana. Porque él realmente la quería. Tú no sabes cómo va a ser tu vida dentro de diez años. Y estoy segura de que también mis padres lamentan no tener esa nieta a quien nunca conocieron. El aborto es una decisión de la que nunca te alegrarás. Siempre la lamentarás. A veces escucho a mujeres orgullosas de haber abortado. ¡No son sinceras consigo mismas! Si estás considerando abortar... reza pidiendo generosidad y todo irá bien".