Publicamos a continuación el texto completo de la IV predicación de Cuaresma de 2016 del sacerdote capuchino, Raniero Cantalamessa en el Vaticano, como predicador de la Casa Pontificia.

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Dedico esta meditación a una reflexión espiritual sobre la Gaudium et spes, la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo. De los varios problemas de la sociedad tratados en este texto conciliar -cultura, economía, justicia social, paz-, el más actual y problemático es el relativo a matrimonio y familia. A esto la Iglesia ha dedicado los dos últimos sínodos de los obispos. La mayoría de nosotros aquí presentes no vivimos directamente este estado de vida, pero todos debemos conocer los problemas, para entender y ayudar a la gran mayoría del pueblo de Dios que vive en el matrimonio, hoy especialmente al centro de los ataques y amenazas por todas partes.

La Gaudium et spes trata en profundidad de la familia al inicio de la Segunda Parte (nrr. 46-53). No viene al caso citar sus afirmaciones, porque no es más que la doctrina católica tradicional que todos conocemos, a parte del relevo dado al mutuo amor entre los cónyuges, reconocido ya abiertamente como un bien, también primario, del matrimonio, junto a la procreación.

A propósito de matrimonio y familia, la Gaudium et spes, según su buen conocido procedimiento, destaca primero las conquistas positivas del mundo moderno (“las alegría y las esperanzas”), y en segundo lugar los problemas y los peligros (“las tristezas y las angustias”). Yo me propongo seguir el mismo método, pero teniendo en cuenta los cambios dramáticos sucedidos, en este campo, en el medio siglo que ha pasado desde entonces. Llamaré velozmente la atención sobre el proyecto de Dios sobre matrimonio y familia, porque es siempre desde este que nosotros creyentes debemos partir, para después ver qué puede aportar la revelación bíblica a la solución de los problemas actuales. Me abstengo deliberadamente de tocar algunos problemas particulares discutidos en el sínodo de los obispos, sobre los cuáles solo el Papa ya tiene el derecho de decir todavía una palabra.

El libro del Génesis tiene dos historias distintas de la creación de la primera pareja humana, que se remontan a dos tradiciones diferentes: la jahwista (siglo X a.C.) y la más reciente (siglo VI. a.C.) llamada “sacerdotal”. En la tradición sacerdotal (Gen 1, 26-28) el hombre y la mujer son creados simultáneamente, no uno del otro; se pone en relación el ser masculino y femenino con el ser a imagen de Dios: “Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó”. El fin primario de la unión entre el hombre y la mujer es visto en el ser fecundos y llenar la tierra.

En la tradición jahwista que es más antigua (Gen 2, 18-25), la mujer sale del hombre; la creación de dos sexos es vista como remedio a una petición (“No está bien que el hombre esté solo; le quiero dar una ayuda que sea parecido”); más que el factor procreativo, se acentúa el factor unitivo (“el hombre se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne”); cada uno es libre frente a la propia sexualidad y a la del otro: “Entonces los dos estaban desnudos, el hombre y su mujer, pero no sentían vergüenza”.

La explicación más convincente del porqué de esta “invención” divina de la distinción de los sexos la he encontrado no en un exegeta; sino en un poeta, Paul Claudel:

“El hombre es un ser orgulloso; no había otro modo de hacerle comprender al prójimo que introduciéndolo en su carne. No había otro medio de hacerle entender la dependencia y la necesidad, más que mediante la ley de otro ser diferente [la mujer] sobre él, debida al sencillo hecho de que existe” [1].

Abrirse al otro sexo es el primer paso para abrirse al otro que es el prójimo, hasta el Otro con la letra mayúscula que es Dios. El matrimonio nace en el signo de la humildad; es reconocimiento de dependencia y por tanto de la propia condición de criatura. Enamorarse de una mujer o de un hombre es hacer el acto más radical de humildad. Es un hacerse mendicante y decir al otro: “Yo no me basto por mí mismo, necesito de tu ser”.

Si, como pensaba Schleiermacher, la esencia de la religión consiste en el “sentimiento de dependencia” (Abhaengigheitsgefühl) frente a Dios, entonces, podemos decir que la sexualidad humana es la primera escuela de religión. Hasta aquí el proyecto de Dios.

No se explica el resto de la Biblia si, junto con la historia de la creación, no se tiene en cuenta también el de la caída, sobre todo lo que se le dice a la mujer: “Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará” (Gen 3,16). El predominio del hombre sobre la mujer forma parte del pecado del hombre, no del proyecto de Dios; con esas palabra Dios lo preanuncia, no lo aprueba.

La Biblia es un libro divino – humano no solo porque tiene por autores a Dios y al hombre, sino también porque describe, mezclados entre sí, la fidelidad de Dios y la infidelidad del hombre. Esto es particularmente evidente cuando se compara el proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia con su actuación práctica en la historia del pueblo elegido. Para permanecer en el libro del Génesis, ya el hijo de Caín, Lámek, viola la ley de la monogamia tomando dos mujeres. Noé con su familia aparece una excepción en medio de la corrupción general de su tiempo. Los patriarcas Abrahán y Jacob tiene hijos de varias mujeres. Moisés sanciona la práctica del divorcio; David y Salomón mantienen un verdadero harem de mujeres.

Más que en las particulares transgresiones prácticas, el desapego del ideal inicial es visible en la concepción de fondo que se tiene del matrimonio en Israel. El oscurecimiento principal tiene que ver con dos puntos cardinales. El primero es que el matrimonio, de fin, se convierte en medio. El Antiguo Testamento, en su conjunto, considera el matrimonio como una estructura de autoridad de tipo patriarcal, destinada principalmente a la perpetuación del clan. En este sentido se entienden las instituciones del levirato (Dt 25, 510), del concubinato (Gen 16) y de la poligamia provisoria. El ideal de una comunión de vida entre el hombre y la mujer, fundada sobre una relación personal y recíproca, no es olvidada, pero pasa a un segundo plano respecto al bien de la prole. El segundo oscurecimiento grave tiene que ver con la condición de la mujer: de compañera del hombre, dotada de igual dignidad, esta aparece cada vez más subordinada al hombre y en función del hombre.

Un rol importante, en el mantener vivo el proyecto inicial de Dios sobre el matrimonio, lo desempeñaron los profetas, en particular Oseas, Isaías, Jeremías y el Cantar de los cantares. Asumiendo la unión del hombre y de la mujer como símbolo de la alianza entre Dios y su pueblo, en consecuencia, estos volvían a poner en primer plano los valores del amor mutuo, de la fidelidad y de la indisolubilidad que caracterizan la actitud de Dios hacia Israel.


Jesús, venido a “recapitular” la historia humana, implementa esta recapitulación también a propósito del matrimonio.

“Se acercaron a él algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le dijeron: «¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo?». Él respondió: «¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer (Gen 1, 27) y dijo: Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne? (Gen 2, 24). De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido” (Mt 19,3-6).

Los adversarios se mueven en el ámbito restringido de la casuística de escuela (si es lícito repudiar a la mujer por cualquier motivo, o si es necesario un motivo específico y serio), Jesús responde llevando el discurso a la raíz, al inicio. En su citación, Jesús se refiere a ambas historias de la institución del matrimonio, toma elementos del uno y del otro, pero de ellos destaca, como se ve, sobre todo el aspecto de comunión de las personas.

El texto siguiente, sobre el problema del divorcio, también se orienta en esta dirección; reafirma, de hecho, la fidelidad e indisolubilidad del vínculo matrimonial por encima del bien mismo de la prole, con el que se habían justificado en el pasado poligamia, levirato y divorcio:

“Le objetaron: Pues ¿por qué Moisés prescribió dar acta de divorcio y repudiarla? Les respondió Jesús: Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así. Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer -no por concubinato- y se case con otra, comete adulterio” (Mt 19, 7-9).

El texto paralelo de Marcos muestra cómo, también en caso de divorcio, hombre y mujer se sitúan, según Jesús, en un plano de absoluta igualdad: “Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio”(Mc 10, 1112).

Con las palabras: “Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”, Jesús afirma que hay una intervención directa de Dios en cada unión matrimonial. La elevación del matrimonio a “sacramento”, es decir a un signo de la acción de Dios, no reposa por lo tanto solo en el débil argumento de la presencia de Jesús en las bodas de Caná ni sobre el texto de Efesios que habla del matrimonio como un reflejo de la unión entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5, 32); empieza, implícitamente, con el Jesús terreno y forma parte también de su conducir las cosas al inicio. Juan Pablo II define el matrimonio “el sacramento más antiguo” [2].


Esta es, en resumen, la doctrina de la Biblia, pero no podemos detenernos. “La Escritura, decía san Gregorio Magno, crece con quien la lee” (cum legentibus crescit)[3]; revela implicaciones nuevas a medida que se le plantean cuestiones nuevas. Y hoy, cuestiones o provocaciones nuevas sobre el matrimonio y la familia hay muchas.

Nos hallamos ante una contestación aparentemente global del proyecto bíblico sobre sexualidad, matrimonio y familia. ¿Cómo comportarse frente al fenómeno? El Concilio inauguró un nuevo método, que es de diálogo, no de enfrentamiento con el mundo; un método que no excluye siquiera la autocrítica. Creo que debemos aplicar este método también en la discusión de los problemas del matrimonio y de la familia. Aplicar este método de diálogo significa procurar ver si en el fondo incluso de las contestaciones más radicales existe una instancia positiva que hay que acoger.

La crítica al modelo tradicional de matrimonio y de familia que ha conducido a las actuales, inaceptables, propuestas del deconstructivismo, comenzó con la Ilustración y el Romanticismo. Con intenciones diferentes, estos dos movimientos se expresaron contra el matrimonio tradicional, valorado exclusivamente por sus “fines” objetivos: la prole, la sociedad, la Iglesia, y demasiado poco por sí mismo, en su valor subjetivo e interpersonal. Todo se pedía a los futuros esposos, excepto que se amaran y se eligieran libremente entre sí. Incluso hoy en día, en algunas partes del mundo hay esposos que se conocen y se ven por primera vez el día de su boda. A tal modelo, la Ilustración opuso el matrimonio como pacto entre los cónyuges y el Romanticismo el matrimonio como comunión de amor entre los esposos.

Pero esta crítica se orienta en el sentido originario de la Biblia, ¡no contra ella! El Concilio Vaticano II recibió esta instancia cuando, como decía, reconoció como bien igualmente primario del matrimonio el mutuo amor y la ayuda entre los cónyuges. San Juan Pablo II, en una catequesis de los miércoles, decía:

“El cuerpo humano, con su sexo, y su masculinidad y feminidad, …es no sólo fuente de fecundidad y de procreación, como en todo el orden natural, sino que encierra desde el principio el atributo esponsal, o bien, de expresar el amor: ese amor precisamente en el que el hombre-persona se convierte en don y, mediante este don, realiza el sentido mismo de su ser y existir” [4].

En su encíclicaDeus caritas est, el papa Benedicto XVI ha escrito cosas profundas y nuevas a propósito del eros en el matrimonio y en las relaciones mismas entre Dios y el hombre. “Esta estrecha relación entre eros y matrimonio que presenta la Biblia no tiene prácticamente paralelo alguno –escribía– en la literatura fuera de ella” [5].

Una de los equivocaciones más grandes que hacemos a Dios es terminar haciendo de todo lo relacionado con el amor y la sexualidad un ámbito saturado de malicia, donde Dios no debe entrar y sobra. Como si Satanás, y no Dios, fuera el creador de los sexos y el especialista en el amor.

Nosotros, los creyentes -y también muchos no creyentes- estamos lejos de aceptar las consecuencias que algunos sacan hoy de estas premisas: por ejemplo, que baste con cualquier tipo de eros para constituir un matrimonio, incluido aquél entre personas del mismo sexo, pero este rechazo adquiere otra fuerza y credibilidad si se une al reconocimiento de la bondad de fondo de la instancia, e igualmente a una sana autocrítica.

No podemos en efecto silenciar la contribución que los cristianos dieron a la formación de aquella visión puramente objetivista del matrimonio contra la cual la cultura occidental moderna se ha lanzado con vehemencia. La autoridad de Agustín, reforzada en este punto por Tomás de Aquino, acabó por arrojar una luz negativa sobre la unión carnal de los cónyuges, considerada el medio de transmisión del pecado original y no privada, ella misma, de pecado “al menos venial”. Según el doctor de Hipona, los cónyuges debían acudir al acto conyugal “con disgusto” (cum dolore) y solo porque no había otro modo de dar ciudadanos al Estado y miembros a la Iglesia [6].

Otra instancia que podemos hacer nuestra es la igual dignidad de la mujer en el matrimonio. Como hemos visto, está en el corazón mismo del proyecto originario de Dios y del pensamiento de Cristo, pero a lo largo de los siglos ha sido desatendida a menudo. La Palabra de Dios a Eva: “Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará” tuvo una trágica realización en la historia.

En los representantes de la llamada “Gender revolution”, revolución de los géneros, esta instancia ha llevado a propuestas desquiciadas, como la de abolir la distinción de sexos y sustituirla con la más elástica y subjetiva distinción de “géneros” (masculino, femenino, variable), o la de liberar a la mujer de la “esclavitud de la maternidad” proveyendo de otros modos, inventados por el hombre, al nacimiento de hijos.

En los últimos meses hay una sucesión de noticias sobre hombres que pronto se podrán quedar embarazados y dar a luz a un hijo. “Adán da a luz a Eva”, se escribe sonriendo, pero lo que daría es ganas de llorar. Los antiguos habrían definido todo esto con un término: hybris, la arrogancia humana contra Dios.

Precisamente la elección del diálogo y de la autocrítica nos da derecho a denunciar estos proyectos como “inhumanos”, o sea, contrarios no solo a la voluntad de Dios, sino también al bien de la humanidad. Traducidos a su práctica a gran escala, conducirían a daños humanos y sociales imprevisibles. Nuestra única esperanza es que el sentido común de la gente, unido al “deseo” natural del otro sexo y al instinto de maternidad y de paternidad que Dios ha inscrito en la naturaleza humana, resistan a estos intentos de sustituir a Dios, dictados más por atrasados sentimientos de culpa del hombre, que por un genuino respeto y amor por la mujer.


No menos importante que la tarea de defender el ideal bíblico del matrimonio y de la familia es para los cristianos la tarea de redescubrirlo y vivirlo en plenitud, de manera que se vuelva a proponer al mundo con los hechos, más que con las palabras. Los primeros cristianos, con sus costumbres, cambiaron las leyes del Estado sobre la familia; nosotros no podemos pensar que se haga lo contrario, o sea cambiar las costumbres de la gente con leyes del Estado, aunque como ciudadanos tengamos el deber de contribuir a que el Estado haga leyes justas.

Después de Cristo, nosotros leemos justamente el relato de la creación del hombre y de la mujer a la luz de la revelación de la Trinidad. Bajo esta luz, la frase: “Creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó”, revela por fin su significado, que había sido enigmático e incierto antes de Cristo. ¿Qué relación puede haber entre ser “a imagen de Dios” y ser “macho y hembra?”. El Dios bíblico carece de connotaciones sexuales; no es ni varón ni mujer.

La semejanza consiste en esto. Dios es amor y el amor exige comunión, intercambio interpersonal; requiere que haya un “yo” y un “tú”. No existe amor que no sea amor por alguien; donde no hay más que un sujeto no puede haber amor, sino sólo egoísmo o narcisismo. Allí donde Dios es concebido como Ley o como Potencia absoluta, no hay necesidad de una pluralidad de personas (¡el poder se puede ejercer también solos!).

El Dios revelado por Jesucristo, siendo amor, es único y solo, pero no es solitario; es uno y trino. En Él coexisten unidad y distinción: unidad de naturaleza, de voluntad, de intención, y distinción de características y de personas.

Dos personas que se aman -y el caso del hombre y la mujer en el matrimonio es el más fuerte- reproducen algo de lo que ocurre en la Trinidad. Allí dos personas -el Padre y el Hijo-, amándose, producen (“exhalan”) el Espíritu que es el amor que les une. Alguien ha definido el Espíritu Santo como el “Nosotros” divino, esto es, no la “tercera persona de la Trinidad”, sino la primera persona plural [7].

En esto precisamente la pareja humana es imagen de Dios. Marido y mujer son en efecto una carne sola, un solo corazón, una sola alma, aún en la diversidad de sexo y de personalidad. En la pareja se reconcilian entre sí unidad y diversidad. En esta luz se descubre el sentido profundo del mensaje de los profetas acerca del matrimonio humano, que eso es por lo tanto símbolo y reflejo de otro amor, el de Dios por su pueblo. Esto no significaba sobrecargar de un significado místico una realidad puramente mundana. No era cuestión sólo de simbolismo; era más bien revelar el verdadero rostro y el objetivo último de la creación del hombre varón y mujer.

¿Cuál es la causa de la inconclusión y de la insatisfacción que deja la unión sexual, dentro y fuera del matrimonio? ¿Por qué este impulso cae siempre sobre sí mismo y por qué esta promesa de infinito y de eterno resulta siempre decepcionada? A esta frustración se busca un remedio que no hace más que acrecentarla. En lugar de modificar la calidad del acto, se aumenta su cantidad, pasando de un partner a otro. Se llega así al estrago del don de Dios de la sexualidad, en marcha en la cultura y en la sociedad de hoy.

¿Queremos, de una buena vez, como cristianos, buscar una explicación a esta devastadora disfunción? La explicación es que la unión sexual no se vive en el modo y con la intención pretendida por Dios. Este objetivo era que, a través de este éxtasis y fusión de amor, el hombre y la mujer se elevaran al deseo y tuvieran una cierta pregustación del amor infinito; recordaran de dónde venían y a dónde se dirigían.

El pecado, empezando por Adán y Eva bíblicos, ha atravesado este proyecto; ha “profanado” ese gesto, o sea, lo ha despojado de su valor religioso. Ha hecho de él un gesto que es fin en sí mismo, concluso en sí mismo, y por ello “insatisfactorio”. El símbolo ha sido desgajado de la realidad simbolizada, privado de su dinamismo intrínseco y por lo tanto mutilado. Jamás como en este caso se experimenta la verdad del dicho de Agustín: “Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

Nosotros de hecho, no hemos sido creados para vivir en una eterna relación de pareja, sino para vivir en una eterna relación con Dios, con el Absoluto. Lo descubre incluso el Faust de Goethe, al término de su largo vagar; pensando a su amor por Margarita, al término de su poema exclama: “Todo lo que pasa es solamente una parábola. Solamente aquí [en el cielo] lo inalcanzable se vuelve realidad [8].

En el testimonio de algunas parejas que han tenido la experiencia renovadora del Espíritu Santo y viven la vida cristiana carismáticamente se encuentra algo de aquel significado original del acto conyugal. No hay que asombrarse que sea así. El matrimonio es el sacramento del don recíproco que los esposos hacen de sí mismos, uno al otro y el Espíritu Santo es, en la Trinidad, el “don” o mejor el “donarse” recíproco del Padre y del Hijo, no un acto pasajero sino un estado permanente. Donde llega el Espíritu Santo, nace o renace, la capacidad de volverse don. Es así que opera la “gracia de estado” en el matrimonio.


También si nosotros los consagrados no vivimos la realidad del matrimonio, he dicho al inicio, debemos conocerla para ayudar a quienes viven en esa. Añado ahora un ulterior motivo: ¡tenemos necesidad de conocerla para ser, también nosotros, ayudados por ellos!

Hablando de matrimonio y virginidad el apóstol dice: “Cada uno tiene el propio don (chárisma) de Dios, quien de una manera y quien en otra”. (1 Cor 7, 7); o sea: los casados tienen su carisma y quien no se casa “por el Señor” tiene su carisma.

El carisma -dice el mismo apóstol- es “una manifestación particular del Espíritu, para la utilidad común” (1 Cor 12, 7). Aplicado a la relación entre casados y consagrados en la Iglesia, esto significa que el celibato y la virginidad son también para los casados y que el matrimonio es también para los consagrados, o sea para su ventaja. Tal es la naturaleza intrínseca del carisma aparentemente contradictoria: algo de “particular” (“una manifestación particular del Espíritu”) que entretanto nos sirve a todos (“para la utilidad común”).

En la comunidad cristiana, consagrados y casados pueden “edificarse” mutuamente. Los casados están llamados, por los consagrados, al primado de Dios y de lo que no pasa; son introducidos por el amor por la palabra de Dios que ellos pueden profundizar y “despedazar” para los laicos. Pero también los consagrados aprenden algo de los casados. Aprenden la generosidad, el olvidarse de sí mismos, el servicio a la vida, y con frecuencia una cierta “humanidad” que viene del duro contacto con la realidad de la existencia.

Hablo por experiencia propia. Yo pertenezco a una orden religiosa donde, hasta hace alguna década atrás nos levantábamos de noche para rezar el oficio “Matutino”, que duraba aproximadamente una hora. Después llegó el gran cambio en la vida religiosa, a continuación del Concilio. Pareció que el ritmo de la vida moderna -el estudio para los jóvenes y el ministerio apostólico para los sacerdotes- no consintieran más aquel levantarse nocturno que interrumpía el sueño, y poco a poco esta práctica fue abandonada, a parte de algunos lugares de formación.

Cuando más tarde el Señor me hizo conocer de cerca, en mi ministerio, a varias familias jóvenes, descubrí una cosa que me conmovió positivamente. Estos jóvenes papás y mamás tenían que levantarse no una, sino dos, tres o también más veces durante la noche, para dar de comer, suministrar la medicina, arrullar al niño que llora, o quedarse despierto cuando tiene fiebre.

Y por la mañana uno de los dos, o los dos, al mismo horario de siempre corren al trabajo, después de haber llevado al niño o a la niña con los abuelos o al nido o jardín de infantes. Hay una ficha que sellar, con buen tiempo o con mal tiempo, sea con buena o con mala salud.

Entonces me he planteado: ¡si no tenemos cuidado corremos un grave peligro! Nuestro tipo de vida si no es apoyado por una auténtica observancia de la Regla y por un cierto rigor de horarios y costumbres, corre el riesgo de volverse una vida al ‘agua de rosas’ y de llevarnos a la dureza del corazón. Lo que los buenos progenitores son capaces de hacer en favor de sus hijos carnales; el grado de olvido de sí al cual son capaces de llegar para proveer a la salud, estudios y felicidad de ellos, tiene que ser la medida de lo que deberemos hacer nosotros para los hijos o hermanos espirituales. Nos da el ejemplo de esto el apóstol Pablo que decía querer “prodigarse, más aún, consumirse”, en favor de sus hijos de Corinto (cf 2 Cor 12, 15).

Que el Espíritu Santo, dador de carismas, nos ayude a todos nosotros, casados o consagrados, a poner en práctica la exhortación del apóstol Pedro: “Pongan al servicio de los demás los dones que han recibido, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios”, (…) para que Dios sea glorificado en todas las cosas, por Jesucristo. ¡A él sea la gloria y el poder, por los siglos de los siglos! Amén (1Pt 4, 1011).

[1] P. Claudel, Le soulier de satin, a.III. sc.8 (éd. La Pléiade, II, Parigi 1956, p. 804).

[2]. Giovanni Paolo II, Uomo e donna lo creò. Catechesi sull’amore umano, Roma 1985, p. 365.

[3]. Gregorio Magno, Moralia in Job, 20, 1, 1.

[4]. Giovanni Paolo II, Discorso all’udienza del 16 gennaio 1980 (Insegnamenti di Giovanni Paolo II, Libreria Editrice Vaticana 1980, p. 148).

[5] Benedetto XVI, Enc. Deus caritas est, 11.

[6] Cf. S. Agostino, Discursos, 51, 25 (PL 38, 348).

[7]. Cf. Cf. H. Mühlen , Der Heilige Geist als Person. Ich – Du – Wir, Münster in W., 1963.

[8] W. Goethe, Faust, final parte segunda: „Alles Vergängliche / Ist nur ein Gleichnis; /Das Unzulängliche,/Hier wird’s Ereignis“.