“Cuando le decía al Papa que estaba yendo a visitar a los sin techo, me decía si podía venir conmigo. Al inicio no se daba cuenta de la desazón que podían crear estas salidas”. Pero ¿ha ido? El limosnero vaticano, Konrad Krajewski, responde: “Hágame otra pregunta”.

Una respuesta que sugiere sin afirmar, y que recogen hoy los diarios italianos Il Messaggero e Il Sole. Y que no sería raro, pues continuaría su conocida costumbre en Buenos Aires de acudir anónimamente a las cárceles o a las Villas miseria.
 
“El Papa un día me dijo: tus brazos serán la prolongación de mis brazos. Cuando me nombró limosnero me añadió: la mesa de despacho no es para ti, puedes venderla. Y no esperes a que la gente te llame, ve tú a buscar a los pobres”.
 
La existencia de la Limosnería vaticana se remonta a los primeros siglos de la Iglesia, y al principio formaba parte de las competencias directas de los diáconos.

Posteriormente esta tarea era realizada por los propios familiares de los Papas, pero de forma no institucionalizada. Quien organizó la Limosnería fue el papa Gregorio X, en el siglo XIII.

“El Papa quiere que tome directamente contacto con los pobres, que les encuentre en sus realidades existenciales, en los comedores, en las casas de acogida, en las residencias o en los hospitales. Le pongo un ejemplo. Si alguno pide ayuda para pagar un recibo, es bueno que yo vaya, si es posible, a su casa a llevar materialmente ayuda, para darle a entender que el Papa, a través del limosnero, está cercano; si alguno pide ayuda porque está solo y abandonado, debo correr donde él y abrazarle para hacerle sentir el calor del Papa, es decir, el calor de la Iglesia de Cristo. Quisiera hacerlo personalmente, como hacía en Buenos Aires pero no puede. Por esto quiere que yo lo haga por él”, decía monseñor Konrad en una entrevista concedida a L´Osservatore Romano poco después de su nombramiento, el pasado 3 de agosto.