“La humanidad sufriente” de Jesús y la “dulzura” de María son los dos “polos” a los que debe mirar el cristiano para lograr vivir lo que pide el Evangelio.

Lo afirmó en la mañana del jueves 12 de septiembre el Papa Francisco en su homilía de la misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.

El Evangelio, explicó, es exigente, pide “cosas fuertes” a un cristiano: capacidad de perdonar, magnanimidad, amor por los enemigos… Hay un solo modo para lograr ponerlas en práctica: “contemplar la Pasión, la humanidad de Jesús” e imitar el comportamiento de su Madre.


Precisamente a la Virgen, de quien la Iglesia recuerda su “Santo Nombre”, el Papa dedicó su primer pensamiento de la homilía.

Al respecto dijo que una vez a esta fiesta se la conocía como la del “dulce Nombre de María”. Después cambió la definición, “pero en la oración – observó Francisco – quedo esta dulzura de su nombre”:

Hoy tenemos necesidad de la dulzura de la Virgen para comprender estas cosas que Jesús nos pide, ¿no? Porque ésta es una lista no fácil de vivir. Amen a los enemigos, hagan el bien, presten sin esperar nada… A quien te pega en la mejilla, ofrécele también la otra, a quien te quita el manto tampoco le niegues la túnica… Pero, son cosas fuertes, ¿no? Pero todo esto, a su modo, lo vivió la Virgen: es la gracia de la docilidad, la gracia de la mansedumbre”.


También San Pablo, en la Carta a los Colosenses de la liturgia del día, invita a los cristianos a revestirse de “sentimientos de ternura, de bondad, de humildad, de mansedumbre”, de tolerancia y de perdón recíproco. Y aquí – comentó Francisco – “inmediatamente se genera nuestra pregunta: pero, ¿cómo puedo hacer esto? ¿Cómo me preparo para hacer esto? ¿Qué debo estudiar para hacer esto?”.

La respuesta – afirmó el Papa – “es clara”: “Nosotros, con nuestro esfuerzo, no podemos hacerlo. Nosotros no podemos hacer esto. Sólo una gracia puede hacerlo en nosotros”. Y esta gracia, añadió, pasa por un camino preciso:

“Pensar sólo en Jesús. Si nuestro corazón, si nuestra mente está con Jesús, el triunfador, el que ha vencido la muerte, el pecado, el demonio, todo, podemos hacer esto que nos pide el mismo Jesús y que nos pide el Apóstol Pablo: la mansedumbre, la humildad, la bondad, la ternura, la docilidad, la magnanimidad. Si no miramos a Jesús, si no estamos con Jesús, no podemos hacer esto. Es una gracia: es la gracia que viene de la contemplación de Jesús”.


En particular – prosiguió diciendo el Santo Padre – hay un aspecto específico de la vida de Jesús al que debe dirigirse la contemplación del cristiano: su Pasión, su “humanidad sufriente”. “Es así – repitió el Papa con insistencia – de la contemplación de Jesús, de nuestra vida escondida con Jesús en Dios, podemos llevar adelante estas actitudes, estas virtudes que el Señor no pide. No hay otro camino”:

Pensar en su silencio manso: éste será tu esfuerzo. Él hará el resto. Él hará todo lo que falta. Pero debes hacer esto: esconder tu vida en Dios con Cristo. Esto se hace con la contemplación de la humanidad de Jesús, de la humanidad que sufre. No hay otro camino: no existe otro. Es el único. Para ser buenos cristianos, contemplar la humanidad de Jesús y la humanidad sufriente. Para dar testimonio, para poder dar este testimonio, este. Para perdonar, contempla a Jesús sufriente. Para no odiar al prójimo, contempla a Jesús sufriente. Para no hablar contra el prójimo, contempla a Jesús sufriente. Es lo único. Esconde tu vida con Cristo en Dios: éste es el consejo que nos da el Apóstol. Es el consejo para llegar a ser humildes, mansos y buenos, magnánimos y tiernos”.