Un “camarero secreto” con la pasión de la inteligencia, infiltrado en el apartamento pontificio. Un Papa de nombre Benedicto, un alto funcionario discreto y confiable de nombre Monti que jugó un papel clave para ayudar al Vaticano en un momento difícil...

Comenzó en el Vaticano el proceso en contra del ex ayudante de cámara Paolo Gabriele, que ha confesado haber robado y divulgado documentos secretos del escritorio papal, pero la historia de espías que estamos por contar se llevó a cabo hace casi 100 años.

El Papa era Benedicto XV, Giacomo Della Chiesa; el camarero secreto era un joven y atractivo monseñor de origen bávaro, Rudolph Gerlach. Y Monti (Carlo) era el director de la oficina para los Asuntos del Culto y embajador del gobierno italiano ante el Vaticano.

Della Chiesa, genovés y arzobispo de Boloña después de una larga carrera en la Secretaría de Estado, había conocido al emprendedor Rudolph en la Academia de los Nobles eclesiásticos e inmediatamente le apreció.

Gerlach, que llegó al sacerdocio después de haber tratado, en vano, de hacer carrera de oficial en el ejército alemán, fue nombrado camarero secreto del nuevo Papa Benedicto XV en 1914, y frecuentaba constantemente el apartamento pontificio.

El contraespionaje italiano habría indicado que estaba involucrado en las acciones de sabotaje que provocaron el hundimiento de dos naves de guerra de la marina italiana, la “Benedetto Brin”, que explotó en el puerto de Bríndisi el 27 de septiembre de 1915, y el acorazado “Leonardo Da Vinci”, destruido en Táranto el 2 de agosto de 1916.

Los acusadores sostenían que monseñor Gerlach estaba en contacto con el Evidenzbureau, el Servicio de información austro-húngaro, y que usaba las noticias del Vaticano para ayudar a los enemigos de Italia.

Gerlach fue juzgado por el El Tribunal Militar y condenado a cadena perpetua. La historia, reconstruida por Annibale Paloscia en el libro “Bendito entre los espías”, concluye con la fuga de Gerlach, favorecida por el Vaticano y con la ayuda del barón Monti. Este último fue el que ofreció al camarero un pasaporte falso para que huyera a Suiza e incluso logró que fuera escoltado hasta la frontera por un funcionario público.

El Papa nunca creyó en la culpabilidad de su colaborador, a pesar de que a Gerlach le recibieran con todos los honores el Kaiser Guillermo II en Berlín y el emperador Carlos I en Vienna. Los espías italianos en Suiza indicaron que el ex camarero pontificio llevaba una «vida de secular convivencia” en Davos con una condesa.

Pocos años después, Gerlach decidió abandonar el hábito y se devolvió algunos documentos vaticanos que se había llevado consigo.

Moriría en Gran Bretaña, en 1945, en donde vivía con un nombre falso y colaboraba con los servicios secretos de Su Majestad.