Susan Evans y Marcus Evans son esposos y psicoterapeutas especializados en el tratamiento de personas identificadas como “trans”, y no son contrarios a los denominados “cambios de sexo” o “reasignaciones de género” en adultos. Esto otorga aún más relieve a su denuncia de ese abordaje en menores de edad.

Ambos trabajaron, en distintos puestos y periodos, en la clínica Tavistock, líder en el Reino Unido en “transiciones” de género en niños, y ambos acabaron dimitiendo en disconformidad con sus métodos diagnósticos y terapéuticos. Tavistock, una clínica de pasado perturbador y presente cada vez más discutido, fue noticia hace dos años cuando se supo que hasta 18 profesionales se habían despedido voluntariamente del centro por problemas éticos, ante la facilidad con la que se remitía a menores autodefinidos como trans a tratamientos de bloqueo hormonal.

La demanda de Keira Bell contra Tavistock abre un camino de esperanza en el Reino Unido para evitar tratamientos químicos o quirúrgicos irreversibles en menores de edad: a partir de ahora necesitarán aprobación judicial. En la imagen, a las puertas de los tribunales, en diciembre pasado.

Susan y Marcus son dos de esos profesionales. De hecho, Susan asesoró a la joven Keira Bell, sometida entre otras intervenciones a una doble mastectomía, en su demanda contra Tavistock, gracias a la cual recientemente el Tribunal Supremo de Inglaterra y Gales ha ordenado que los tratamientos de “transición” en menores reciban una previa autorización judicial.

Por qué dimitieron

Susan trabajó entre 2003 y 2007 en Tavistock para el Servicio de Desarrollo de la Identidad de Género (GIDS, por sus siglas en inglés) del sistema nacional de salud británico. “Durante ese periodo”, explica en un artículo en Quillette, “me acabó preocupando que a algunos de los niños se les remitía a tratamiento hormonal tras un proceso de valoración bastante superficial”. Resultaba “incómodo” plantear cuestiones al respecto, así que se dirigió al responsable de la fundación pública que gobierna la clínica. Como resultado, se llevó a cabo una investigación interna en 2005 y 2006 que recomendó “una investigación más rigurosa” en los casos de disforia de género infantil. Pero “nada cambió sustancialmente”, lamenta Susan, así que dimitió, aunque siguió vinculada al consorcio.

Marcus Evans, durante una intervención en un debate sobre el abordaje de la disforia de género en menores.

Marcus llegó aún más arriba. En 2018 fue elegido miembro de la junta de gobierno de Tavistock. Por razón de su cargo tuvo conocimiento de dos hechos. Por un lado, varios padres se habían dirigido a la clínica quejándose del tratamiento recibido por sus hijos. Por otro, diez profesionales sanitarios del GIDS (una quinta parte de la plantilla) habían trasladado a la dirección sus problemas éticos por la misma cuestión. En febrero de 2019, Marcus dimitió al convencerse de que estas inquietudes no se iban a tener seriamente en cuenta.

Miedo a la acusación de transfobia

Desde entonces, los Evans han advertido en todos los foros posibles sobre los riesgos a los que se está sometiendo a estos menores. Su artículo en Quillette tiene un título suficientemente expresivo: "Lo primero de todo, no hacer daño: un nuevo modelo para tratar a los niños identificados como trans". Título que inspiró asimismo un encuentro en el Parlamento británico sobre la ética de los tratamientos transgénero, señal de que en el Reino Unido esta cuestión, sometida en otros países a una férrea dictadura de la corrección política por pavor al control del lobby LGBTI sobre los medios, preocupa de verdad ante la epidemia de casos socialmente inducidos.

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Pero ¿por qué el Servicio Nacional de Salud (HNS) no se tomaba en serio la seguridad de la atención clínica a los menores y las inquietudes éticas de los sanitarios? Uno de los problemas, explica Susan, es que “muchos profesionales eran reacios a hablar públicamente, para evitar ser acusados de transfobia” si cuestionaban el “dogma establecido”. A saber, 1) hay que reafirmar rápidamente la identidad proclamada por el niño autoidentificado como “trans” y 2) hay proclamar, sin pruebas de ninguna clase, que los bloqueadores de la pubertad son totalmente reversibles.

Lo cierto es que, como señala Carl Heneghan, director del Centro para la Medicina basada en Pruebas de la Universidad de Oxford y redactor jefe de BMJ Evidence-Based Medicine del British Medical Journal, los tratamiento de bloqueo de la pubertad constituyen “un experimento no reglamentado llevado a cabo sobre niños.

Diez argumentos a tener en cuenta

Tras esta contextualización, Susan y Marcus ofrecen algunas ideas, basadas en su experiencia clínica, para orientar a los padres cuyos hijos dicen “haber nacido en el cuerpo equivocado”.

Podríamos sintetizarlo en diez puntos.

1. Es comprensible que padres y profesionales quieran proteger al niño del dolor que le causa su convicción, pero también deben enseñarle a discernir y calibrar qué le produce sufrimiento y por qué: “Hay que resistir el deseo de reducir el dolor y la ansiedad animándole a una transición social o médica, porque hay consecuencias a largo plazo que un niño en un estado mental bloqueado es incapaz de imaginar o comprender”.

2. Hay que distinguir la disforia de género de otros problemas de índole mental que pueden ser concomitantes: puede haber “factores psicológicos que influyen en el deseo de transición”.

3. Muchos niños tienen, como muchos adultos, una “frágil estructura del ego” que les lleva a enfrentarse a las dificultades del día a día con un “si al menos yo fuese…”, es decir, con un pensamiento desiderativo focalizado en algo (en este caso, la transición) que resolvería de golpe todos sus problemas.

4. Esas personas también tienden a verlo todo blanco o negro y son por tanto “susceptibles a los estereotipos y pensamiento rígido que caracterizan a los elementos más ruidosos del activismo por los derechos de los trans”.

5. En algunos casos, el deseo de “transición” expresa el deseo del adolescente de controlar su desarrollo sexual, y se les hace creer que la “transición” suprimirá ese deseo. Pero a esa edad “la confusión y la angustia son normales e incluso una parte necesaria del desarrollo”, y debidamente orientadas desaparecen en la edad adulta.

6. La disconformidad con el propio cuerpo que se expresa en forma de disforia de género no desaparece con las intervenciones médicas, que “no pueden erradicar completamente el género con el que nació el paciente”. Esto puede producir “un sentimiento de persecución, porque el cuerpo es un recordatorio constante de que siguen existiendo aspectos de uno mismo no deseados”.

7. Los familiares y los sanitarios “son presionados para que apoyen la creencia del paciente de que sus problemas psíquicos pueden resolverse interfiriendo en el funcionamiento y la apariencia del cuerpo”. Pero esto impide que muchos de ellos "acepten su cuerpo natural y su género, lo que permitiría evitar los riesgos médicos de la terapia hormonal”.

8. Los problemas humanos “suelen ser multidimensionales”, pero, por las razones descritas, los pacientes con disforia de género pueden considerar “molesta o incluso ofensiva” cualquier actitud inquisitiva sobre la raíz de esos problemas, porque esa averiguación “amenaza sus defensas internas y su sistema de creencias”.

9.  Hay quien considera la certidumbre de los adolescentes en su identidad trans como un signo positivo y favorable a hacer la “transición” química o quirúrgica, pero Susan y Marcus consideran que esa certidumbre debería, por el contrario, ser considerada una señal de alarma, pues no debe esperarse que una persona “desdeñe o ignore que la ansiedad, el sufrimiento, el estrés y los peligros en el funcionamiento corporal van a estar presentes incluso en el caso de una transición médica realizada con éxito”.

10. Por último, “no existe ningún método acreditado para determinar quién es ‘realmente’ trans”. Muchos que estaban seguros de serlo han admitido luego su error. “Es más, según nuestra experiencia”, añaden los Evans, “hemos encontrado que niños que deseaban la transición lo que subconscientemente deseaban es que una figura paterna diese un paso adelante y les ayudase a identificar y comprender esa parte de sí mismos que están intentando descartar”.

Una correcta evaluación psicológica

Los esposos Evans sintetizan su posición profesional afirmando que “una persona psicológicamente sana tiene que ponerse de acuerdo con su yo sexual, por lo que resulta de ayuda que un terapeuta le apoye a empezar a pensar en sus miedos y ansiedades, en vez de animarle a buscar mecanismos de evitación. La misión de la adolescencia es prepararse para la edad adulta, no posponerla artificialmente”.

Todos tenemos tendencia, al menos subconsciente, a eliminar aspectos no deseados de nosotros mismos, “pero no es posible hacerlo, porque las partes de uno mismo que uno descarta tienden a emerger de nuevo, particularmente cuando el ego está bajo presión. La salud mental se basa en la capacidad para integrar los diversos aspectos del yo, no en pretender expulsarlos… Es decir, en la capacidad para reconocer la diferencia entre el pensamiento basado en la realidad y el wishful thinking [pensamiento desiderativo]". La misión del terapeuta es ayudarle a lograrlo, no a lo contrario.

De ahí que sea importante conocer un retrato general de la personalidad del paciente, de sus déficits cognitivos o posibles trastornos psiquiátricos y de la dinámica familiar en la que surge la incongruencia de género. “La fantasía de que se puede cambiar y esculpir el cuerpo como forma de quitarse de encima profundos problemas psicológicos debe estudiarse detenidamente… A los cirujanos plásticos les resulta familiar recibir pacientes que intentan eliminar o manejar una dificultad psicológica mediante la cirugía, y los más éticos entre ellos los remiten al psiquiatra. Para quienes tienen disforia de género, una intervención médica y quirúrgica demasiado rápida puede dejar problemas sin abordar o quizá agravados”.

“En lo que concierne a los niños”, concluyen”, necesitamos un nuevo modelo que proporcione protocolos de valoración y tratamiento clínicamente rigurosos, equilibrados y éticos. Como mínimo, debería restablecerse en este ámbito el estándar ético común de la buena praxis: nuestro deber, en primer y principal lugar, debe ser siempre ‘no hacer daño’”.

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