El Ayuntamiento de Madrid decidió este miércoles renombrar la céntrica Plaza de Vázquez de Mella y dedicársela al recientemente fallecido Pedro Zerolo, dirigente del PSOE, ex presidente de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales y el hombre que impulsó a José Luis Rodríguez Zapatero -según confesión del mismo ex presidente del Gobierno- a introducir el llamado matrimonio homosexual.


Pedro Zerolo, notablemente deteriorado por el tratamiento contra el cáncer que sufría, junto a José Luis Rodríguez Zapatero cuando recibió el 24 de abril de 2014 el Premio Pluma de parte del colectivo gay. "El día que se aprobó la ley del matrimonio homosexual tendríamos que haber puesto la bandera gay en La Moncloa", dijo Zapatero ese día. En el Orgullo Gay 2015, Jesús Posada (presidente del Congreso de los Diputados) y Cristina Cifuentes (presidente de la Comunidad de Madrid) hicieron realidad el sueño de Zapatero en las instituciones que presiden.

La propuesta, criticada por los vecinos por el trastorno y coste que les supone, ha recibido el apoyo de todos los grupos presentes en el consistorio, salvo el PP, que ha aducido exclusivamente razones presupuestarias, a pesar de que el homenajeado es el impulsor de una ley que el mismo PP recurrió ante el Tribunal Constitucional.

En cualquier caso, la decisión del consistorio madrileño ha servido para poner bajo los focos la figura de un personaje notable de la historia de España, el político tradicionalista asturiano -de Cangas de Onís- Juan Vázquez de Mella y Fanjul (18611928), extraordinariamente popular en vida... y después: sus obras completas, veintinueve tomos, fueron continuamente editadas y reeditadas durante los treinta años posteriores a su fallecimiento.


Juan Vázquez de Mella, uno de los grandes oradores en la historia del parlamentarismo español además de un sólido doctrinario.

Dieciocho años diputado carlista en la madrileña Carrera de San Jerónimo, en dos periodos y varias legislaturas (18931899 y 19041916), Mella está considerado por los estudiosos, junto a Emilio Castelar, como el mejor orador que pisó el estrado de las Cortes durante la Restauración.

Los suyos le denominaban "el Verbo de la Tradición", y por eso fue elegido en 1909 para leer el testamento político de Carlos VII durante los funerales celebrados en su exilio de Trieste (Italia), en cuya catedral están enterrados casi todos los reyes carlistas.


Vázquez de Mella despacha con el rey carlista Jaime III en el castillo de Frohsdorf de su exilio austriaco.

La influencia pública de Vázquez de Mella llegó mucho más allá de su condición de diputado y "rebasó los límites de su partido", dijo Pedro Sainz Rodríguez, quien considera que "su postura durante la guerra europea [Primera Guerra Mundial] fue la salvaguardia más fuerte que encontró la política de neutralidad, que era la que sentía la inmensa mayoría del país, no obstante su división en francófilos y germanófilos".

Pero, sobre todo, la importancia de Mella se mide por su influencia en la Iglesia a causa de la singular calidad de su discurso teológico. En un tiempo donde la actuación política de los católicos daba lugar a polémicas muy intensas que involucraban a cabezas de primerísimo nivel (él mismo, Marcelino Menéndez Pelayo o Antonio Cánovas del Castillo, por citar tres casos, discreparon casi contemporáneamente en cuanto a posición de partido), y cuando la opinión pública católica se dividía en una agria dialéctica entre liberales y tradicionalistas, la apologética católica de Mella sobre cuestiones no políticas suscitaba un aprecio unánime.



De hecho, en numerosos seminarios diocesanos los profesores utilizaban en clase su demostración de la divinidad de Jesucristo desde el punto de vista de la filosofía de la Historia, su defensa de la libertad e independencia de la Iglesia respecto al Estado en cuanto sociedad perfecta o su explicación metafísica de la transustanciación.


Puede apreciarse en estos diez textos seleccionados de entre los suyos, conteniendo ideas capitales sobre Dios, la fe, la Iglesia y la religión ciertamente en las antípodas de lo que significa hoy en España el Pedro Zerolo que vendrá a sustituirle en el callejero madrileño.

1. La Encarnación, fin de la Creación.- "El corazón  humano gravita hacia Dios, y, si se estudia, lo demuestra, y toda inteligencia elevada que penetra sus arcanos tropieza con Jesucristo. ¡Él es el corazón de la humanidad! La Encarnación completa la Creación y, según una sublime teología, es su fin, no sólo para restaurar al hombre, sino para glorificar el mundo y unir sin confusión lo finito con lo infinito, cerrando, según la frase de un gran doctor, el círculo de lo creado. La Cruz es el cetro de Dios clavado en el Universo que sobre ella gira. ¡Si lo arrancase, todo se desplomaría en la nada!".

2. Sentido del poder político.- "Si el fin del hombre es divino, la sociedad debe ser el camino para alcanzarlo; y el poder, crismado con el óleo santo, tiene por obligación suprema dejar expedita esa vía para que el hombre no se separe de ella y llegue feliz al término del viaje".

3. Jesucristo, bien de las naciones.- "Jesucristo, fuente de autoridad y de derecho, estableció con su doctrina la base de las naciones. (...) Así, cuando la Revolución, devorada por odios satánicos, arranca el árbol veinte veces secular en que se redimió el mundo, en el hueco que deja surgen llamas siniestras que se dilatan, consumiéndolo todo, por los confines de la Patria, convirtiendo el mundo en una prolongación del infierno".



4. La Eucaristía, síntesis suprema.- "La Eucaristía es la síntesis suprema en que parece que Dios ha querido condensar, sin confundirlos, lo ideal y lo real, lo natural y lo sobrenatural. Explica y esclarece las ideas de ser, substancia, esencia, naturaleza, causa, relaciones entre lo finito y lo infinito, y abarca, por lo tanto, la metafísica, la psicología y la teodicea. Toda la teología está compendiada en ella, porque todos los misterios son sus precedentes y sus premisas. Supone la Encarnación que prolonga, como la Encarnación supone la Creación y ésta la Trinidad con la producción ad intra. Es el compendio de todos los milagros. (...) Por ser el sacramento rey, es la fuente principal de la gracia y de la acción de Dios sobre las almas; y como es el sacrificio supremo, es la esencial del culto y de la Jerarquía y, por lo tanto, de la Iglesia".

5. El sacramento de la Penitencia, crisol de la sinceridad.- "La sinceridad verdadera exhala aroma cristiano, porque es hija de la unidad y hermana de la modestia. La falsa sinceridad, lo que ahora, indicando su temperatura moral, se llama frescura, es hija de un matrimonio bien avenido con la bajeza: el cinismo y la desvergüenza. (...) La Iglesia católica, suprema directora de conciencias individuales y sociales, exige periódicamente a sus hijos que comparezcan ante una maravillosa institución, el Sacramento penitencial, cátedra de Psicología, Ética y de Pedagogía, donde se juzga, conforme a un código invariable, el honor y los honores que otorgan los hombres y donde se les obliga a que descubran hasta su último pensamiento impuro y el más escondido repliegue del corazón, sometiendo todo asomo de fingimiento a la condenación inapelable de su fallo. El confesonario es la sinceridad elevada a institución divina".


San Francisco de Sales confesando a un principal en el tribunal donde caen todas las máscaras, según un lienzo de Janez Valentin Menzinger que se conserva en la Galería Nacional de Eslovenia. "El progreso moral de un pueblo podría medirse por la disminución de caretas interiores y exteriores, y su envilecimiento, por el aumento de ellas", decía Mella en su apología del sacramento de la confesión como un bien (también) social.

6. Los derechos de la Iglesia.- "¿Cuáles son los derechos de la Iglesia que hay que reconquistar? Se habla de ellos vagamente, pero no se los enumera en concreto mostrando su enlace lógico. Señores: los derechos de la Iglesia, como los de todas las sociedades y los de todas las personas, son medios para alcanzar su fin, y de él toman su fundamento objetivo. Y, como el fin de la Iglesia se identifica con el fin supremo del hombre elevado al orden sobrenatural, la sociedad constituida para conducir a él tiene que ser completa o perfecta; esto es, de tal naturaleza, que tenga en sí todos los medios necesarios para cumplir su destino y que no necesite depender de otra sociedad para alcanzarlo, porque, si dependiera de otra, en la misma manera en que dependiese dependería su fin y ya no sería último ni supremo, y no sería Iglesia una entidad subordinada a otras sociedades cuyo fin propio no saliera de los linderos del tiempo. Por eso tiene todos los derechos propios de las sociedades completas, y, por lo tanto, la facultad de ejercer plenamente las funciones esenciales de la soberanía, y así legisla, juzga y ejecuta".

7. Las herejías del Cristianismo.- "El Cristianismo sin el Catolicismo no es más que una herejía, una forma mutilada de la verdad que no puede vivir sin tener en cuenta aquel manto de donde ha sido arrancada. Por esto todos los heresiarcas, y todas las herejías, y todos los jirones desprendidos de la Iglesia, para arreglar sus discrepancias, tienen que mirar de continuo, como relojes descompuestos, el cuadrante de la Iglesia católica, que encierra sus dogmas y su culto en el Sacramento de la Eucaristía".

8. Anticlericalismo.- "Nosotros sabemos que detrás de ese fantasma del anticlericalismo no hay más que un odio hipócrita a la Iglesia católica; pero no frente a frente como hacen los sectarios, sino llevando deslizada la lanza de Longinos entre los pliegues de la túnica de los legisladores. Pero la lucha será inútil: nosotros tenemos la garantía absoluta, suprema, del triunfo. ¿Qué tempestad puede amenazar a la Iglesia católica que a la hora presente no haya sufrido ya? Cerca de dos mil años lleva en pie, y ante ella se disgregan Estados y pueblos, y su dinastía de patriarcas y  profetas llega hasta los umbrales mismos de la Historia".

9. Neutralidad religiosa del Estado. "El Estado neutro y el maestro neutro son dos formas de irracionalidad, pues el hombre normal afirma, niega o duda, porque piensa y no declara en huelga el entendimiento en presencia de la realidad que interroga. El Estado que se declara neutral en todas las cuestiones que más interesan al  hombre, diciendo que ignora la verdad en Religión o en Moral, y, por lo tanto, en los fundamentos del Derecho, es un Estado que se jubila a sí propio, declarándose inepto para gobernar".

10. El apagamiento de la fe.- "No hay en el mundo espectáculo más dolorosamente triste que el que ofrece un pueblo católico caminando, en medio del orden material, a perderse en los abismos de la apostasía, acaudillado por ateos y sofistas que se fingen sus libertadores. (...) Cuando esto sucede, los hombres se acostumbran a ver florecer y desarrollarse, bajo las disposiciones del Poder soberano, la iniquidad y la injusticia; y el hábito de contemplar el mal llega a matar el instinto del bien, o a considerar como natural y corriente el desorden moral y los males sociales como hechos completamente indestructibles".


Esta última sentencia, que Vázquez de Mella temía para España "si la corriente de los hechos no cambia o se altera profundamente", ha resultado, a la postre, profética, hasta en el hecho simbólico de que uno de esos "libertadores" desplace del callejero, con su nombre, al suyo.



Pero Mella estaba preparado para esa batalla, seguro de que al final de la Revolución que anticipaba contemplaríamos "surgir al sacerdote católico levantando la Hostia Santa como el nuevo Sol de un mundo nuevo": "Y si caigo en el combate antes de ver ese glorioso final, ¡no importa!, porque, con los ojos fijos con la última mirada en los del Redentor agonizante en la cruz, aún podrán decirle trémulos mis labios: ¡Señor! ¡Señor! Cuando las muchedumbres que remidiste de doble servidumbre, enloquecidas por el vino de la impiedad, te maldecían; cuando los sofistas se mofaban de ti y te escarnecían saludándote con el Ave, Rex Judaeorum; cuando los perseguidores echaban suertes sobre tu vestidura, y los escribas y fariseos se concertaban para infamarte, y los cobardes pactaban con ellos, y discípulos pusilánimes te confesaban en silencio, ¡Señor, Tú bien lo sabes!, yo no te negué, y en horas muy amargas se levantó hasta Ti como una oración mi propia pesadumbre, para decirte que sea tu nombre el último que pronuncien mis labios, y que, cuando mi lengua quede muda, todavía con el postrer esfuerzo de mi brazo se alce mi pluma como una espada que te salude militarmente al rendirse a la muerte, peleando por tu causa".

(Los textos de Vázquez de Mella están extraídos del volumen XXVIII de sus obras completas, publicado en 1942 bajo el título El pensamiento de Mella.)

Pincha aquí para leer el artículo de Juan Manuel de Prada sobre el cambio de nombre de la Plaza Vázquez de Mella.