El Arca Internacional es una federación de más de 150 comunidades de espiritualidad católica en las que conviven, crecen y trabajan personas con discapacidad intelectuales junto a otras que carecen de ellas. Es una iniciativa que fundó en 1964 el suizo Jean Vanier, ex militar de la Marina británica, filósofo y teólogo, cuyos pensamientos conocen bien nuestros lectores porque un blog alojado en ReL los recoge puntualmente. En torno a las comunidades de El Arca se estrenó el 5 de abril en Estados Unidos una película documental titulada Summer in the forest [Verano en el bosque], que plasma bien su espíritu y ha impactado a la antigua atea, ahora conversa católica, Leah Libresco Sargeant, tal como ella misma cuenta en un artículo publicado en First Things:


Este reportaje de Rome Reports sobre Jean Vanier y El Arca, con motivo de la concesión a 2015 del Premio Templeton, ofrece una panorámica de su obra y aspiraciones.


Summer in the Forest [Verano en el bosque], el documental de Randall Wright sobre Jean Vanier y sus comunidades para personas con discapacidad intelectual El Arca, tiene momentos inolvidables. En uno, un anciano está dócilmente sentado para un corte de pelo. Mientras un joven le corta el pelo, él levanta su mano nudosa en cuya palma se van depositando los níveos cabellos.
 
Este anciano no es uno de los residentes con discapacidad intelectual de El Arca, sino el propio Jean Vanier. El documental de Wright está perfectamente calculado. Al mostrar a Vanier como un anciano, permite que su cuerpo sea testigo de sus palabras y acciones: todos somos frágiles y debemos amarnos los unos a los otros.
 
El documental nos muestra a varios residentes de El Arca situada en el pueblo francés de Trosly-Breuil, como también a otra comunidad de El Arca situada en Jerusalén. Cada residente es presentado con su nombre y edad, pero no se indica su diagnóstico o minusvalía. Para Vanier, y para el equipo de rodaje, el fin es conocer a estos hombres y mujeres como personas, de manera individual.


Algunos de los protagonistas de la película. El último, abajo a la derecha, es el propio Jean Vanier, de 89 años.

Esta orientación hacia la persona me ha dejado, como espectadora, confundida (de manera positiva) sobre cuáles son exactamente las capacidades de los distintos residentes. Varios de los hombres son ancianos y a veces da la sensación de que pueden «pasar» como enfermos mentales típicos. Cualquier discapacidad intelectual está disfrazada por la lentitud o la inseguridad típica de la edad.
 
Más adelante, en el documental, me sorprendió cuando se indica quién es un jardinero que había visto en el fondo de la imagen. No era un miembro del personal, como yo había imaginado, sino uno de los residentes permanentes, que contribuyen lo que puede y donde pueden. Cuando vi que uno de los ancianos le estaba dando el postre con una cuchara a una de las mujeres con funciones motoras limitadas, ya no me sorprendían estas revelaciones.


 
Una querida amiga mía entró en un convento de dominicas en Hawthorne, que atiende a gente pobre con cáncer terminal. Cuando visité su comunidad, una de las hermanas me contó su experiencia con los pacientes. Cuando la familia de un paciente acudía a visitarlo, solía explicar lo que había sido el paciente antes de la enfermedad. La hermana siempre escicjaba sus historias, pero las encontraba superfluas para su vocación al amor. Ella no necesitaba ningún argumento o prueba para amar a las personas a su cargo, era feliz de amarlos tal como eran.


Las comunidades de Vanier están edificadas sobre este supuesto. El equipo de rodaje frecuentemente encontraba a Vanier en momentos de contemplación y de participación en la comunidad.



En una escena está sentado con Sebastian, un hombre negro de algo más de treinta años que está en una silla de ruedas motorizada. Sebastian puede mover su silla, pero no habla. Vanier le habla un rato y luego permanece en silencio junto a él, con aspecto deslumbrado. «Eres un encanto, Sebastian», le dice en voz baja. Está mirando a su amigo como yo miro a los bebés, estupefacta de estar en presencia de alguien que parece ser demasiado maravilloso para ser real.
 
De alguna manera, parece más natural sentir asombro ante un bebé que ante un adulto que puede tener la misma dependencia que aquél. Más que su edad o su enfermedad, es su mirada de asombro lo que hace que Vanier se parezca a los otros residentes de El Arca. Me asombró cómo el silencio puede parecerse, según mi opinión, a una minusvalía intelectual. Veo la capacidad cuando está canalizada a la acción, pero Vanier siempre retrocede para ser receptivo, no activo.
 
Summer in the Forest es una invitación de El Arca a entregarse al amor y la receptividad. Estamos invitados a darnos cuenta de que todos los momentos en los que fuimos sorprendidos por el rostro de Dios en el otro formaban parte de la perenne invitación de Dios al amor. Es mi lentitud en aceptar Su ofrecimiento, no la deficiencia en los que pueda amar, lo que impide que experimente la alegría de Vanier.
 
"Los débiles nos conducen a la realidad", dice Vanier durante el documental.


Cerca del final, una secuencia en El Arca de Jerusalén me ayudó a captar un destello de dicha realidad.

Maha, 24 años, lucha por rodear una taza de té con sus dedos. La cámara se acerca, enmarcando sus dedos mientras la agarran con torpeza. La imagen está fija, es silenciosa, como Vanier; simplemente está presente en lo que se puede sentir como un tiempo dolorosamente largo.
 
Quiero llegar a través de la pantalla a ella, para ayudarla, pero cuando al final Maha consigue levantar la taza, me doy cuenta de que no estoy segura de si estaba sufriendo, a pesar de sus dificultades. Para mí, que estoy siempre pensando en la eficiencia, sus movimientos son pesados. Pero la paciencia de Vanier, la rica expresividad de los residentes de El Arca, han abierto suficiente espacio dentro de mí para que empiece a mirar de manera distinta.


Leah Libresco cuenta en este artículo todo lo que le han enseñado los habitantes de El Arca a través de la película.
 
Tal vez la lentitud sea natural para Maha, como sucede en la ancianidad (protegiéndonos para que no nos hagamos daño) o en la infancia (cuando estamos aprendiendo a conocer nuestro cuerpo). Puede ser natural, como es natural el dolor cuando nos ayuda a recuperarnos al obligarnos a respetar los límites de nuestro cuerpo.
 
Durante un instante, pude comprender cómo puedo esperar lo mejor para Maha: no esperando menos, sino sencillamente esperando a Maha y evitando que cualquier imagen mía preconcebida oscurezca su presencia y su particularidad. Pero Vanier tiene razón: soy frágil. Lucho para agarrarme al don que se me ha dado.
 
Traducción de Helena Faccia Serrano.