María Luisa Ruiz-Jarabo tenía 33 años cuando en 1998 quedó tetrapléjica tras sufrir un accidente esquiando en Sierra Nevada. Su situación cambió drásticamente pero su discapacidad fue la que le llevó a Dios y a ser feliz pues hasta el suceso vivía en tinieblas.

Es por ello que esta mujer reconoce abiertamente que carga “una cruz que no me pesa, creo que es porque Jesús va soportándola conmigo. Estoy encantada en mi silla y no tengo que hacer un esfuerzo por sonreír o levantarme de la cama. No viene de mí y como no hago esfuerzo el mérito no es mío, es gracia de Dios”.


María Luisa, empresaria de éxito en el mundo de la decoración e interiorismo, cuenta en una entrevista en Mater Mundi TV cómo cambió su vida con el terrible accidente pero también la fuerza con la que entró Dios en su vida.

“Llevaba una vida muy activa, de salir mucho por la noche. No paraba. Justo antes del accidente me había separado y en esa época salía como una loca. Probé un montón de drogas y tenía una vida dedicada a mi cuerpo, a tener un cuerpo 10. Vivía muy desorientada y llegaba a casa después de toda la noche vacía, me faltaba algo, no estaba contenta con mi vida”, relata esta mujer.



A ello había que añadir una bulimia que arrastraba desde hacía años y que en plena separación se agudizó aún más. Mientras tanto, Dios era un ser alejado para ella. Y así fue el contexto en el que se quedó tetrapléjica.


En la entrevista, María Luisa relata que aquel día iba esquiando fuera de pista pese a que había numerosas placas de hielo. Al final se resbaló por culpa de una de ellas y tras golpearse contra unas rocas cayó al abismo. “Salí volando y aterricé en la nieve durísima. No perdí el conocimiento. No me dolía nada ni siquiera sentía el frío. No sabía que había quedado tetrapléjica”.

Estuvo varias semanas en coma en la unidad de cuidados intensivos. Cuando despertó, su padre se le acercó y le dijo que no sabían cómo evolucionaría. “Estás en manos de Dios”, le dijo a su hija.

Curiosamente, esas palabras resonaron en el interior de María Luisa: “me dejó alucinada, era algo nuevo. Entre mis alucinaciones pos-comáticas me encontraba sujeta y sostenida por unas manos enormes de Dios, como acurrucada”.


Ese encuentro con Dios en el dolor y en el sufrimiento le hizo salir adelante y ver las cosas buenas que le sucedían pese a la gravedad de su estado. En ese momento ni siquiera podía hablar, tenía un respirador en la tráquea, ni mover el cuello.

A su vez, recuperó un libro que tiempo atrás le había regalado su padre. Era sobre la Madre Teresa de Calcuta, hoy ya santa, y que no había terminado de leerse. “Cuando estaba hecha polvo en el hospital pensaba como la Madre Teresa contaba que cuando llegaba a alguna de sus casas una persona destrozada, un desecho de humanidad eran cuando más veían el rostro de Cristo”, afirma. Y ese pensamiento le hacía mirarse a sí misma sin poderse mover y veía en ella también “algo de Cristo”.


En el hospital se confesó y recibió la comunión todos los días y empezó a rezar el hábito de rezar. Su relación con Dios se iba haciendo cada vez más íntima. Descubrió la belleza de la Eucaristía y afirma que “sentía que ese era un Dios que estaba conmigo, cerca de mí, salía encantada”.


María Luisa, con el padre Figaredo en Camboya

Pero quizás el punto que marcó su relación con Cristo se produjo un día que acudió a una Adoración al Santísimo que se realizó en el Seminario de Madrid: “ahí de pronto me enamoré de Jesús, me dio cuenta de que me había enamorado y le dije que sólo era para Él y ya no me interesaban ni novios ni nada”.


En medio de todo este proceso conoció a un sacerdote que le ha marcado profundamente, el jesuita Kike Figaredo, prefecto de Battamang (Camboya). En aquel país desarrolla una impresionante labor social y es conocido por fabricar sillas de ruedas y prótesis para las miles de personas víctimas de las minas antipersona. Ella en silla de ruedas, pronto conectó con este sacerdote cuando venía a España a recaudar fondos.

Ahora todas sus vacaciones de verano desde hace años las pasa en Camboya con el padre Figaredo. “Fui para allá y me enamoré de lo que vi. Estaba lleno de niños sonriendo, con sus sillas, sus prótesis, había niños ciegos pero con alegría por todos lados”, cuenta exultante María Luisa Ruiz-Jarabo.



Por ello, decidió colaborar con el padre Kike y con otras asociaciones, porque es “buenísimo salir de uno mismo. No quedarte con lo tuyo, tus problemas, tu mundo ya que te acabas hundiendo y puedes engancharte a adicciones”.


Otro gran regalo que ha recibido en su vida no fue hace demasiados años. Cuando se cumplieron quince años de su accidente quiso organizar algo para todas sus amigas que tanto le habían ayudado ese tiempo. “Les pedí que me regalaran 48 horas de su vida”, explica. Todas accedieron y sin que lo supieran las apuntó a todas, ella también, a unos retiros de Emaús de los que le habían hablado.

“A todas de alguna forma nos tocó de una manera muy bonita. Como es muy testimonial va directo al corazón. Hay conversiones y transformaciones. Yo me tiré todo ese retiro dando gracias a Dios. En cuanto podía iba al Santísimo a dar gracias porque veía a mis amigas tan tocadas que alababa a Dios como una loca”.