Fray Antonio Salinaro, conocido como Vito, siempre dice que él mismo es un ejemplo de que se puede resucitar sin esperar al último día. Asegura que esta sensación la tiene aquel que ha salido de una verdadera situación de muerte. “Yo lo hice y no estaba solo, alguien me ayudó, Dios existe”, afirma.

La historia del ahora franciscano italiano de 48 años y actual párroco de San Pascual Bailón de Taranto es la muestra de que Dios puede rescatar hasta lo más podrido, aquel por el que nadie apostaría nada. Adicto a la cocaína, a la heroína, al éxtasis, incluso llegó a pegar a su madre y a recibir varias palizas de narcotraficantes. De ahí pasó a una depresión profunda hasta que un día sin saber cómo encontró a Dios y a un sacerdote que le habló de misericordia. Ahora es él que habla de esta misericordia de Dios y de que los milagros existen.

“Si me dijeran que Dios es ficción no lo creería, porque tengo una experiencia real de que vive”, afirma este franciscano a la publicación italiana Famiglia Cristiana. Como le ocurre a muchos jóvenes en la actualidad él no empezó en las drogas porque le gustasen sino que se dejó llevar por el ambiente, por sentirse integrado en el grupo. Le faltaba personalidad propia.


Siendo todavía un chaval ingresó como marinero en la Armada, un trabajo que le hacía muy feliz. Allí siguió aquel dicho que tanto daño ha hecho a mucha gente: “lo hice porque los demás también lo hacían”. Y se dejó llevar...Pero lo que no imaginaba Antonio es que las Fuerzas Armadas le harían un control de orina. Dio positivo y fue despedido. “Perdí un trabajo que me gustaba, me sentí un fracasado”, cuenta.

Durante un tiempo estuvo sin trabajo y vagando sin rumbo hasta que abrió una pequeña papelería, que le daba para vivir bien siendo tan joven. Como tenía dinero empezó salir todas las noches, a ir de mujer en mujer y a relacionarse con malas compañías. Según avanzaba en esta espiral también lo hacía en el consumo de drogas. Empezó con el éxtasis y la cocaína y de ahí pasó a la heroína. 




Era tal al nivel de consumo al que llegaba que acababa no recordando nada, ni los signos de violencia con los que amanecía ni el dinero que se había gastado. Incluso llegó a levantar la mano y amenazar a su madre para que le diera dinero para poder seguir consumiendo droga cuando se le acababa el dinero.

Ya estaba en el infierno. Pero aún tenía que pasar por más para darse cuenta de que estaba en él. El punto de inflexión se produjo una tarde cuando dos narcotraficantes se presentaron en su tienda, bajaron la reja por dentro  y le dieron una brutal paliza. “No sabía ni el motivo de estos golpes. Ese incidente, sin embargo, me abrió los ojos y me hizo ser consciente de la mala vida que estaba llevando, que la heroína me había dominado”, asegura ahora.


¿Qué hizo? Pidió ayuda a su madre, a la misma a la que había atemorizado, amenazado y levantado la mano. Y ella no le negó esa ayuda. Es más, estuvo en todo momento a su lado cuando pasó por el síndrome de abstinencia y en tantos momentos en los que Antonio no podía dormir por las noches, vomitaba y sufría alucinaciones.



“Me gustaría que ninguna madre pasara por lo que he experimentado yo misma. Aunque hoy en día este dolor está encerrado en un cajón. Creo en el hoy y en el futuro. Creo en el hombre en el que Antonio se ha convertido hoy en día”, asegura su madre.


Sólo con sus fuerzas y el apoyo de su madre fue dejando las drogas. Y para ello era imprescindible dejar la vida que llevaba y los ambientes en los que se movía. Necesitaba un cambio radical de vida. Eso le hizo entrar en una depresión profunda, que suele pasar en estos casos. Volvió a su trabajo en la papelería y su vida era casa-trabajo-casa. Y mientras tanto escuchaba todo el tiempo el Réquiem de Mozart.

Sin embargo, él mismo indica que su vida “se había vuelto plana” y vacía, hasta que una noche, en enero de 1992, Antonio sintió una necesidad imperante de hablar y de contar lo que había en su interior acumulado. Fue así como sin saber cómo al salir del trabajo se dirigió a una iglesia, “tal vez por mi recuerdo de cuando era niño”.


Una vez dentro del templo buscó alguien con quien hablar y encontró un joven sacerdote con el que acabó confesando. “Me hizo darme cuenta de la gran misericordia de Dios. Por primera vez me sentí amado, perdonado, liberado y decente de nuevo. Así que empecé a asistir a la parroquia”, relata Fray Antonio.



Su vida cobró sentido y plenitud. Ahora empezaba en él otro viaje mucho más bonito. Este sacerdote se acabó convirtiendo en su director espiritual y Antonio empezó a sentir una inquietud vocacional. Probó en un primer momento con los benedictinos y pronto se dio cuenta que era en los franciscanos donde el Señor le llamaba. En 2005 hizo la profesión perpetua y en 2010 fue ordenado sacerdote. Y ahora en 2016 es párroco en Taranto y referente para todos los jóvenes de la zona, que acuden a él a pedir ayuda y discernimiento.


Él no oculta su pasado sino que muestra cómo Dios puede hacer milagros mientras advierte a los jóvenes cómo de fácil es también arruinarse la vida. “Siento que es justo compartir esta experiencia con los demás, especialmente con los jóvenes. Porque todo el mundo siente que la vida siempre abre nuevos horizontes y es en ellos donde Dios se manifiesta”, concluye este franciscano.