El pasado viernes el Papa proclamó como mártir de la fe al samurai japonés del siglo XVI Takayama Ukon, de nombre cristiano Justo.  

La declaración de que murió por la fe permite su beatificación sin necesidad de un milagro. Murió en Manila con 62 años de edad, cuando las Filipinas eran territorio español, unas semanas después de exiliarse de Japón con 300 compañeros, expulsados de su tierra porque se negaban a apostatar de la fe católica. 

Él tenía 12 años cuando su familia, un clan noble, se convirtió al catolicismo en 1567 y él fue bautizado. Se mantuvo firme en su fe sirviendo primero al famoso señor guerrero Oda Nobunaga (15341582) y después a Totoyomi Hideyoshi (15371598). Hideyoshi proclamaría finalmente la expulsión de los misioneros extranjeros, y más tarde, en 1614, bajo el shogunato Tokugawa llegaría la prohibición total del catolicismo. Ese año Justo Takayama Ukon se exilió, y murió semanas después en Manila. Las autoridades españolas de Manila celebraron para él un funeral con honores militares.



La Iglesia japonesa ha conseguido demostrar durante 2015 que los padecimientos que experimentó el samurai durante la persecución en Japón fueron los que finalmente causaron su muerte diez meses después de llegar a Manila, constatando que murió como mártir. 


En Japón y fuera de Japón, este daimyo (señor feudal) se presenta hoy como un ejemplo de líder político cristiano, que aunque servía a poderosos señores paganos, se mantenía siempre fiel a su fe y su conciencia. 

En 2013 los obispos japoneses enviaron a Roma su informe de 400 páginas que presentaba su figura. El arzobispo de Osaka, Leo Jun Ikenaga, en 2012 ya había escrito a Benedicto XVI presentando esta causa de canonización. 



Aunque en un momento se pensó que la beatificación llegaría en 2015, finalmente se comprueba que será en 2016, a causa de la necesidad de comprobar los elementos que llevaron a su defunción como mártir. Sin embargo, aunque su vida fue ejemplar, no ha llegado a culminarse su beatificación por la vía de las virtudes heroicas corroboradas con un milagro, y se suma a la nutrida lista de mártires beatos japoneses. 


El postulador de la causa, el padre Kawamura, siempre señaló que este daimio es un modelo para los políticos actuales, porque vivió en un entorno hostil, de políticas siempre cambiantes, pero “nunca se dejó extraviar por los que le rodeaban y vivió una vida según su conciencia, de forma persistente, una vida adecuada para un santo, que sigue dando ejemplo a muchos hoy”. 


Takayama adquirió la fe de adolescente cuando trajo al castillo de Sawa a un sacerdote católico, por petición de su padre, el señor Tomoteru, un hombre con inquietudes religiosas, que quería debatir las virtudes del budismo con un sabio cristiano. Era 1564, quince años después de que un barco portugués atracara por primera vez en Japón.

Tomoteru analizó en profundidad y con detenimiento la propuesta cristiana y le gustó, por lo que se bautizó él y su casa: su hijo, el joven Takayama (su nombre real era Hikogoro Shigetomo) recibió como nombre de bautismo el de “Justo”.

Los Takayama, señores guerreros pero ahora cristianos, cuando ganaban nuevas tierras y vasallos, asombraban a todos al conceder elaborados funerales con ataúdes, banderas y procesiones a personas que no eran nobles

En 1576, con el sacerdote italiano Gnecchi Soldo, Ukon Takayama hizo construir la primera iglesia de Kyoto, que durante 11 años sería un centro misionero de Japón. De ella hoy sólo queda la campana. 


Fotograma de la película japonesa de 2007 "Good Soil",
la historia de un samurai católico que se niega a apostatar


En 1578, con 26 años, siendo señor del castillo Takasuki, el joven samurai cristiano dio ejemplo de su temple al encontrarse en una complicada encrucijada. Su hermana era rehén del señor Murashige, que había disgustado al poderoso Nobunaga. Murashige era invitado de Ukon Takayama, pero un ejército de Nobunaga acudió al castillo pidiendo que le entregasen a Murashige. Hiciese lo que hiciese, mucha gente podía morir. 

El joven samurai se afeitó la cabeza, se vistió de monje budista –rituales para expresar humildad y rechazo a la violencia- y se entregó como rehén a Nobunaga. Así evitó el derramamiento de sangre. A éste le impresionó la salida del joven y le premió con su confianza y con títulos. 

Tres años después, Nobunaga era asesinado, y los Takayama apoyaron a su general y heredero, Hideyoshi, con gran valor en combate. Éste premió a Ukon con el feudo de Akashi, donde en poco tiempo 2.000 personas se convirtieron al cristianismo, la fe de su nuevo daimio.


La tolerancia para el cristianismo en Japón acabó en 1587. Hideyoshi no sólo quería un Japón unido, sino absolutamente dominado bajo su poder. Al parecer, una chica cristiana de noble cuna no accedió a ser una más de sus concubinas, debido a su fe, y eso produjo la ira del ya todopoderoso gobernante.

Por esas mismas fechas, un comerciante portugués cuyo barco había sido apresado por los japoneses habló con palabras altaneras a Hideyoshi, asegurando que la flota de guerra portuguesa algún día llegaría a Japón, lo que acabó de enfurecerlo.

El nuevo señor de las islas no quería resistencia alguna, ordenó la expulsión de los misioneros y de todos los extranjeros y presionó a los señores japoneses para que renunciasen a la fe cristiana. Algunos nobles, como Ukon Takayama, podían maniobrar, más o menos, para demorar o esquivar las presiones y proteger a sus vasallos cristianos. 


Pero menos de 30 años después, en 1614, el nuevo shogun Ieyasu Tokugawa lanzó la prohibición total del cristianismo. A los cristianos se les pedía pisotear o escupir a un crucifijo como signo de su abandono de la fe. 

Ukon, con más de 60 años, respondió al shogun: “No voy a luchar con armas o espadas, sólo tendré paciencia y fe de acuerdo con las enseñanzas de mi Señor y Salvador, Jesucristo”. 

Ese año 3 barcos dejaron Japón con cristianos japoneses. Dos iban a la portuguesa Macao. Otro, en el que viajaban Ukon Takayama, su esposa, hija y nietos, y unos 100 laicos japoneses, fue a Manila. 

Dios dice que quien toma la espada se arruina con ella. Formad familias en Filipinas y regresad a Japón como enviados para la paz”, dijo el daimio en el puerto de Nagasaki a su pueblo que se exiliaba con él. 

Su esperanza es que aquellos cristianos volverían a Japón, más numerosos, como un puente entre culturas. Ya no pensaba en ejércitos, sino en algo más poderoso, que vive de generación en generación: pensaba en familias.  Se habló de preparar una expedición militar española a Japón bajo su mando o consejo, pero él se negó. 

No podía saber que Japón se iba a cerrar a toda influencia extranjera durante más de 250 años, un fenómeno cultural y político realmente singular en la historia.  Los exiliados japoneses se fundieron con la población católica filipina rápidamente.




En una plaza de Manila se levanta una escultura que recuerda a Ukon Takayama, el “samurai de Dios”, con la cruz en sus manos. 

En Japón los católicos celebran peregrinaciones a los lugares en los que vivió, luchó y rezó.
Como sucedió con Cristo y suele suceder con los santos cristianos, su mayores victorias las cosechará después de muerto.