El Papa Francisco ha reconocido las virtudes heroicas de la monja española Coínta Jáuregui Osés, profesa de la Sociedad de María Nuestra Señora. Sólo faltaría el reconocimiento de un milagro por su intercesión para que pudiera ser declarada beata. 

 
Publicamos aquí una narración acerca de su vida a cargo de su compañera de congregación (e historiadora) Maria Josep Dach.

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Cointa nace el 8 de febrero de 1875 en el pequeño pueblo de Falces (Navarra). Sus primeras educadoras fueron su abuela, su madre y las Hijas de la Caridad, que dirigían la única escuela existente en el pueblo. Allí aprendió a leer y escribir, además de la formación cristiana.

Para completar su educación, cumplidos los 14 años, sus padres la llevaron interna al Colegio de la Enseñanza de Tudela. Aunque al principio notó el cambio, ya que pasó de corretear libre por las calles de Falces a estar en el internado, pronto se sintió bien y le tomó gusto a las clases, al estudio, a la formación espiritual, a las religiosas y a sus compañeras. En este ambiente se forjó su vocación religiosa.

Pasados tres años, sus padres la retiraron del internado y regresó al pueblo. Cuando les comunicó su intención de hacerse religiosa, éstos quisieron poner a prueba su propósito y le prohibieron hablar de ello. Dos años después le dieron permiso para ingresar en la Compañía de María y en 1893 entró en el Noviciado de Tudela, donde hizo los primeros votos y vivió sus primeros años como educadora hasta que, en 1899, fue destinada a la fundación del Colegio de Talavera de la Reina (Toledo).

En Talavera, fue prefecta del colegio y procuradora de la comunidad. En estos años, tanto las religiosas como las alumnas, pudieron comprobar sus cualidades y virtudes. Sobresalía su humildad y prudencia, su generosidad y buen trato a las personas, su disponibilidad y oración, su fortaleza y su búsqueda de la verdad y del mayor bien. Pedía a Dios vivir en el día a día: “las delicadezas de la caridad”.

La Comunidad la eligió como superiora en 1915. Pronto obtuvo la confianza y el amor de las religiosas y continuaron eligiéndola durante varios trienios.

Cuando en 1900 tuvo lugar la Beatificación de Juana de Lestonnac, el Papa León XIII, en la audiencia que concedió a las religiosas, les manifestó el deseo de que se realizara la Unión de todas las Casas de la Orden, hasta entonces autónomas, bajo un gobierno centralizado. Este era el deseo de la Fundadora, y así lo había diseñado en el primer Documento entregado al Cardenal de Sourdis para la aprobación del Instituto, pero no fue aceptado.

Esta Unión se hizo realidad en el año 1921, no sin sufrimiento provocado por fidelidades contrapuestas: unas al primer proyecto y otras a la tradición de la Orden. La Comunidad de Talavera fue del grupo de Casas que se resistió a esta unión. Sin embargo, Coínta Jáuregui, con el paso del tiempo y empujada por las circunstancias históricas en las que se encontró poco a poco se fue dando cuenta de las ventajas que ofrecía el gobierno centralizado.

A partir de 1933, se empezaron a vivir momentos de inseguridad política que llegaron al máximo al estallar la guerra civil. El 24 de julio de 1936 las religiosas tuvieron que abandonar el convento.

M. Coínta procuró buscarles alojamiento en familias de las alumnas y de las religiosas que se prestaron generosamente a acogerlas. Pronto Talavera fue recuperada por las tropas nacionales pero el colegio fue convertido en hospital. Las religiosas no podían volver a habitarlo. Mientras tanto, Coínta se preocupó de mantenerlas unidas y dedicadas a la educación, primero en un casa y después en un pequeño hotel.

Una de las religiosas que había ido a Badajoz a refugiarse con su familia, recibió la petición de que se fundara un Colegio para las niñas. Coínta se trasladó a Badajoz y vio que era factible la fundación, aunque fuera provisionalmente y permaneció allí durante un tiempo. Por fin, en 1940, pudo reunir de nuevo a la comunidad en Talavera y abrir de nuevo el colegio.

Los duros acontecimientos de la guerra civil española y su incidencia en la vida y misión del monasterio de Talavera de la Reina, le hicieron entender mejor los desafíos del momento histórico que se vivía y le ayudaron a discernir el querer de Dios. Comprendió las bondades de la unión a la que ella se resistía y que la fidelidad al Carisma va más allá de las formas en que se encarna en un momento dado; la riqueza de esos dones que Dios da a la Iglesia, a través de los fundadores y fundadoras, encierra virtualidades siempre nuevas para cada momento de la historia.

Coínta comenzó un diálogo con cada religiosa y posteriormente con la comunidad, planteando la conveniencia de adherirse a la Unión. Fue un tiempo intenso de oración, reflexión y discernimiento. El resultado de la votación de la comunidad fue la no adhesión. M. Coínta aceptó el resultado. Coherente con sus ideas, solicitó un permiso a la Santa Sede y pidió a la M. General la admisión en la Unión. En junio de 1941 fue destinada a la Comunidad de San Sebastián, que la recibió con gozo por la fama de santidad y el prestigio que tenía. A sus 66 años se adaptó rápidamente a la nueva situación.

Desde el primer momento estuvo al servicio de las necesidades de la comunidad y vivía la cotidianidad desde el amor y la entrega en humildad: atendía a la portería, ayudaba a la profesora de párvulos, preparaba a las niñas para la primera comunión, vigilaba estudios… Siempre disponible para lo que hiciera falta.

Murió el 17 de enero de 1954. Inmediatamente la Comunidad de San Sebastián empezó a recibir gran cantidad de escritos y cartas sobre la santidad de su vida, que también había sido reconocida “siempre y en todo buena” mientras vivía.

En 1961 se inició el proceso de Beatificación, que actualmente sigue adelante con la aprobación de los Consultores teólogos de la Congregación de las Causas de los Santos. Sus restos fueron trasladados a la Casa de Tudela el 7 de abril de 2010.

Son muchas las personas que, desde los cuatro continentes, confían en su intercesión y agradecen los favores recibidos. Creemos poder afirmar que la vida de la M. Coínta es transparencia del Dios Amor. Su relación con las personas, su libertad interior para dejarse transformar por las experiencias en las que veía la presencia y acción amorosa del Señor y su valentía para ser coherente con lo que descubría como voluntad suya, marcan su camino de santidad. En la fuerza del amor y de la verdad, encontró el secreto para construir la historia y el fundamento de una educación humanista cristiana, tan necesaria en nuestro mundo.

Las palabras de S.S. Benedicto XVI son también para nosotras una confirmación del significado de la vida de la M. Coínta en el hoy de nuestro tiempo. En la Carta sobre “la Caridad en la Verdad”, el Papa afirma: “La fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano, que vivifique la caridad y que se deje guiar por la verdad, acogiendo una y otra como un don permanente de Dios”.

Agradecemos al Señor la vida que M. Coínta recorrió en la Compañía de María, en fidelidad al Carisma de Santa Juana de Lestonnac: esa manera especial de ser extraordinaria en lo ordinario, de vivir las delicadezas de la caridad y de dejar a Dios ser Dios, como lo hizo María Nuestra Señora . Damos las gracias a todas las personas que creen en la validez de este camino de santidad y que continúan colaborando para que su vida sea una luz en nuestro mundo, necesitado de amor, verdad y humanidad .