El Papa Francisco aprobó este fin de semana las virtudes heroicas, paso previo a la beatificación, de cinco mujeres: tres religiosas y dos laicas.

Dos de ellas son españolas: la religiosa María Séiquer, de Murcia, y la laica asturiana Práxedes Fernandez García.

Las otras tres son la laica y madre de familia italiana Elisabetta Tasca (18991978), la superiora de las Hermanas de la Misericordia de San Carlos Borromeo, la checa Adalberta Hasmandová (19141988) y la fundadora del Instituto de las Hermanas el Sagrado Corazón del Verbo Encarnado, Carmela de Jesús (18581948).


La historia de la murciana María Séiquer es una historia de perdón y entrega. Nació en 1891 y se casó en 1914 con Ángel Romero, un médico otorrino conocido entre sus vecinos por su honradez y su actitud servicial. Cuando empezó la política anticatólica de la República en 1931 Ángel entró en política para defender sus valores cristianos. Al estallar la guerra, fue detenido y fusilado en 1936 por significarse como político católico.

María le había prometido a su esposo que “si no me matan a mí también, te prometo ingresar en el convento”. Así, tras huir de Murcia, junto a Amalia Martín de la Escalera fundaron, culminada la guerra, la primera casa de las Hermanas Apostólicas de Cristo Crucificado. En un escrito aseguró que “perdono a todos mis enemigos, pido por ellos y avivo el deseo de perdonar a todos los que me hicieron mal".

María Séiquer llegó a atender de una de las mujeres que denunció a su esposo, cuidó a los hijos del miliciano que arrastró por las calles el cadáver de su esposo, y se presentaba con frecuencia ante el Juzgado para exigir que no se tramitasen los sumarios de los asesinos que habían sido capturados, hasta que logró salvarlos de ser ejecutados.

En sus escritos aseguró que “solo he hecho lo que me enseñó Cristo: Perdónalos, porque no saben lo que hacen".

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Francisco también aprobó las virtudes heroicas de la Sierva de Dios Práxedes Fernández García, laica y madre de familia, terciaria dominica, que nació en Puente de la Luisa en 1886 y murió en Oviedo el 6 de octubre de 1936.

La orden dominica, que promueve su proceso, explica que “no ha dejado más escritos que cuarenta y siete cartas a su hijo cuando se formaba para dominico. Pero en ellas brilla, junto a su elevado espíritu cristiano y su celo apostólico, la solicitud por su familia y su sensibilidad religiosa”.

En una de sus cartas, Práxedes expresaba a su hijo su “satisfacción porque los tres hijos vais por muy buen camino, pues ¿qué mayor felicidad y contento puede haber para los padres que ver a sus hijos con una carrera y bien educados? Esta es la misión que tenemos que cumplir en este mundo los padres”.

En el diario asturiano ElComercio.es recuerdan que tuvo 4 hijos aunque ningún nieto. «Práxedes fue hija, madre y esposa de mineros; modelo para una sociedad tan difícil como era la de la cuenca minera de los años 20 y 30. Fue esposa, hija y madre ejemplar y encajó los golpes que le dió la vida, que fueron muchos, con una paz tremenda», señala Gonzalo José Suárez Menéndez, arcipreste del Caudal, quien cuenta que aunque no la pudo conocer en persona, sí ha coincidido con personas que lo han hecho.

Su proceso canónico empezó en 1957 (el texto presentado inicialmente tuvo que repetirse por diversos defectos).

«Tenía fama de santidad evidente. Pero todo se inició gracias a su párroco, Moises Díaz Caneja, quien ofició una misa en su honor en 1951 porque tras su muerte en 1936, en plena guerra, no podían hacerse funerales. Él fue quien dijo al pueblo que harían mal si no la llevaban a los altares, y entonces se comenzó a movilizar la gente y los sacerdortes de Mieres lo pidieron oficialmente», explica Suárez.

Fue entonces cuando el pueblo juntó una veintena de cartas escritas por ella y unas sesenta personas tuvieron que servir de testigos de sus virtudes heroicas, valorando su prudencia y piedad.

A ella se le atribuyen muchas gracias extraordinarias, como oraciones, protección física y espiritual, conversiones y también muchas visiones.

«En un arrebato de amor, llegó a tatuarse con el gancho incandescente de la cocina, los nombres de Jesús y María», explica el arcipreste.

También se comenta su actitud ante la violencia desatada contra clérigos y católicos ya en 1934. 

«Todos en el pueblo coinciden en que nunca se definió políticamente ni la escucharon hablar mal de nadie. Una vez, cuando los rojos quemaron la iglesia de Seana, su hijo Arturo, el menor, le preguntó si eran malos, y ella contestó que era gente como la demás, como sus vecinos, pero que no sabían bien lo que hacían», recuerda Suárez.

La vida de Práxedes se apagó en Oviedo, el 6 de octubre 1936. En su pueblo, cada seis de cada mes, se reúnen fieles en su casa natal, transformada en oratorio. Gonzalo Suárez afirma que no se le conoce ningún milagro pero que está investigándolo.