En la remota localidad nigeriana de Adazi Nnukwu, un grupo de jóvenes veían por televisión imágenes de un país europeo que en sus sueños anhelaban alcanzar para escapar de la pobreza.

Reino Unido ha sido para muchos jóvenes de África el destino anhelado. La Oficina Nacional de Estadística británica, informa que son 174.000 los nigerianos que hoy tienen residencia legal en el país.

Entre esos jóvenes, frente al televisor, estaba Kenneth Chukwuka Iloabuchi. Era apenas un adolescente, que próximo a finalizar la enseñanza secundaria fantaseaba con sus amigos cómo sería estudiar Derecho en Londres.

Con su padre fallecido cuando él tenía ocho años, Kenneth sentía el peso de ayudar a su familia. Fue así que al cumplir en 1997 los 18 años le expuso a su madre el plan. Era el más pequeño de los siete hermanos y aunque ella se resistió a dejarlo marchar, Kenneth estaba decidido.

“Mi madre me dijo: «Lo que deseo es tu felicidad, así que, si quieres ir, cuenta con mi apoyo». Así, con un amigo buscamos información en una agencia de viajes. Obtener un visado desde Nigeria era un imposible. La recomendación fue que viajásemos a Marruecos, pues desde allí podríamos entrar fácilmente a España, donde debíamos tomar el tren a Francia y después cruzar hasta Inglaterra”.


La familia recolectó algo de dinero y el joven nigeriano, con su amigo, salió rumbo a Lagos, ciudad portuaria de Nigeria.

El trayecto hasta Reino Unido les parecía sencillo según lo habían expuesto los de la agencia... “Nos dijeron que era muy fácil entrar en España; además nos explicaban que allí se necesitaba gente que trabajara en el campo, con lo cual teníamos la entrada asegurada sin mucho control”.

Esperaron unos días en Lagos hasta obtener el visado de entrada a Marruecos y en septiembre de 1997 llegaron a Casablanca. Allí comenzó a mostrar su rostro la cruda realidad.

“Cruzar la frontera era muy, muy difícil” -recuerda el emigrante Kenneth-, por lo que debió permanecer los siguientes dos años viviendo como podía en la ciudad marroquí.




“Estaba en la calle, sin techo, no había nadie. Muchos días comíamos sólo pan y agua. Para poder sobrevivir nos decíamos el uno al otro que pase lo que pase, sobreviviríamos a esa situación, pero en el fondo sentíamos que no había esperanza y nos costaba”.

Agotado decidió regresar con su familia, pero los conflictos diplomáticos que enfrentaban esos días Marruecos y Nigeria lo impedían.

En un intento desesperado se trasladó a Tánger para intentar ingresar a Ceuta (territorio español) cruzando la frontera a pie.

La Guardia Civil de fronteras lo detuvo y le devolvió hacia tierra africana.

Para peor de males los guardias marroquíes que le recibieron rompieron su pasaporte y quedó varado, sin existencia legal, recluido en un centro de detención. En este periplo había perdido también el rastro de su amigo.

Recluido estuvo sólo quince días. La noche, los golpes, el encierro en un camión que parecía herencia de la segunda guerra mundial, junto a decenas de otros inmigrantes como él, fueron abandonados a su suerte, de madrugada, a pleno campo en la frontera con Argelia... “«Yala, yala» (vamos, vamos), nos dijeron, y se marcharon”.


Caminaron hasta la salida del sol, eran casi sesenta personas de varias nacionalidades y entonces en el horizonte se dibujaron las formas de una ciudad argelina... Orán. Allí el joven nigeriano volvió a padecer por ocho meses en las calles.

Pero el sueño de estudiar en Londres que abrigaba lo devolvió otra vez a la aventura de intentar alcanzarlo. Y desanduvo por el desierto el camino, regresando hacia Marruecos. Tres semanas de infierno

“Llevábamos más de cuatro días sin comida ni agua, cuando llegamos a un sitio donde un chico me hizo señas de que no podía caminar más… no alcancé a nada, se desmoronó cerró sus ojos y se murió. Apenas teníamos fuerzas y lo sepultamos en la arena. Sólo Dios podía salvarnos y me aferré a él”.


Kenneth finalmente logró llegar a Marruecos y tras recibir dinero que le envió su familia pagó su derecho a estar en una “patera” rumbo a España.

“Después de más de cuatro horas navegando en un mar amenazante escuché llantos y gritos de la otra “patera” cuyo motor se detuvo… se volcaron y todos murieron. Yo sólo rezaba y entonces le prometí a Dios que si me rescataba vivo me entregaría a su servicio. ¿Cómo? No lo sabía, pero lo que me importaba en aquel momento era mi vida, no ir a estudiar Derecho a Inglaterra. Fuimos rescatados por la Guardia Civil española que nos encarceló en Algeciras”.




Tras unas semanas internado, un juzgado le dio 48 horas para salir de España. Pero Kenneth tomó un autobús y huyó a Murcia.

En los siguientes dos años, trabajó en la construcción y en el campo, tuvo una novia… y poco o nada recordaba su anhelo por estudiar Derecho en Londres.

Hablaba con mi madre quien me preguntaba siempre: «¿Vas a la Iglesia?». Para que no se enfadara le mentía y ella insistía… «Hijo, aunque te cueste, tienes que ir, te ayudará también para aprender el idioma», decía para convencerme”.


Fue una mañana de domingo del año 2002 que acudió a misa en la parroquia de San Andrés en Murcia y se sentó al fondo.

“De pronto, el cura me llamó delante de todos y me dijo: «Oye, ven aquí ¿Hablas español?», «No», le contesté, y me invitó a sentarme delante y rezar en mi dialecto, porque la Iglesia es universal, dijo”.

Ese era el inicio de una siembra del párroco, Jesús Avenza, que luego de dos años daría frutos en el joven.

“Este sacerdote para mí ha sido un testimonio. Después de más de dos años viendo su vida, recordé la promesa que hice en la ´patera´ y me planteé ir a hablar con él. Me invitó a rezar y un año después me presento al rector del seminario. Tras dos años de discernimiento la predicación de un sacerdote abrió mis ojos… «¿Tienes miedo?, tu vida no es tuya; deja a Dios actuar en ella». Decidí dar un paso más y llamé a mi novia para decirle que iba a ser sacerdote… «Si es la voluntad de Dios, no tengo problema», me dijo”.



Kenneth fue ordenado en septiembre de 2013. Actualmente acompaña a dos comunidades y anima la fe entre los inmigrantes que deambulan por Murcia. Adazi Nnukwu, el amigo que escapó con él desde Nigeria, se licenció en Inglaterra. Kenneth encontró el sentido y paz que por tanto tiempo anheló. “Si volviera a nacer, sería sacerdote de nuevo, con la ayuda de Dios… En la Iglesia he encontrado una familia. Hay mucha gente de Dios que está dando su vida para mejorar la vida de los demás. «Gratis lo has recibido, entrégalo gratis», dice el mismo Señor”.