Ser mamá no era precisamente su sueño. Sin embargo, más de un centenar de jóvenes y niños se dicen sus hijos.

Es la hermana Elsa María Ayala, una religiosa que tardó 17 años en aceptar su vocación por los niños. 

Un pedacito de su alma se quedaba en cada niño desamparado que conocía en las veredas de Cundinamarca, Quindío, Antioquia y Valle del Cauca (Colombia), que recorría con la congregación de las Siervas de la Madre de Dios.


Justo esa vocación “por los hijos más necesitados de Dios” ya la había impulsado tiempo atrás a adelantar una cruzada para registrar una docena de niños residentes en el barrio Terrón Colorado que no habían podido ser bautizados por la ausencia de ese documento.

Entonces no solo logró que una notaria aceptara recibir a todo el grupo en una misma jornada, sino que consiguió zapatos, ropa y hasta torta para celebrar el inicio de los chicos en la vida jurídica y en la religión católica.

Pero sería un puñado de chiquitines residentes en el corregimiento Montebello, en las goteras de Cali, el que finalmente la convencería de dar el paso, de abandonar la posibilidad de convertirse en madre de una comunidad religiosa para ser la mamá de muchos niños que merecían un mejor futuro.


“Un sacerdote me invitó a conocer la obra que él hacía con niñas de ese sector, que era muy deprimido, pero no fui autorizada por mis superioras, así que con el dolor de mi alma y sintiendo una fuerza que era más fuerte que mis miedos, opté por dejar la comunidad”, cuenta la hija de tierras boyacenses que también sacrificó la carrera que le estaban costeando en la Universidad San Buenaventura.

Pero si bien Elsa María renunció a sus hermanas de vocación, no se despidió de su consagración a Dios, al punto que le pidió a una monja de otra comunidad que le regalara un hábito en desuso para no tener que vestirse de civil.

Más tarde los caminos de la caridad y el amor hacia los demás la llevarían a asumir el manejo de un hogar para pequeñas abandonadas que alguna buena alma adecuó cerca a Yumbo.

Sin embargo, en su corazón comenzó a palpitar un sueño, el de tener su propio hogar para niñas desamparadas en un sector céntrico de Cali.


Entonces vino una época de muchas afugias, pero también de gratas realizaciones, como lo recuerdan Martha Caicedo, una médica que prepara maletas para instalarse en Estados Unidos; Soranyi, quien hoy se desempeña como economista, y Sandra, una enfermera que disfruta atendiendo a los pacientes de la fundación.

Las tres hacen parte la primera generación de ‘retoños’ que nunca han olvidado la amplia sonrisa de la hermana Elsa María y le agradecen porque “sabía cómo corregirnos, con firmeza pero sin violencia, sin maltratarnos”.

Son los mismos sentimientos que embargan a los otros ‘hijos’ que durante once años ella ha visto crecer en el Hogar Infantil Madre de Dios, como llamó al refugio que edificó en el barrio Los Cámbulos, gracias a su tenacidad y a la herencia que le dejaron sus padres.


Aquel sueño comenzó antes de diciembre de 1999, cuando compró el lote donde hoy se levantan tres pisos donde se alimentan, se visten, duermen, aprenden, juegan y también sueñan más de 70 menores de edad, incluyendo 10 bebés, que por causa de la pobreza, la prostitución, el abandono o la violencia intrafamiliar han llegado hasta la puerta de su fundación.

Pero pasó más de un año antes de que pudieran iniciarse los trabajos de construcción, por cuenta de los impuestos que adeudaba el predio que logró negociar. Entonces fue cuando la hermana Elsa María se las ingenió para hacer rifas y preparar almuerzos que vendía los fines de semana.


De lunes a viernes, su refugio lo encontraba en las salas del Hospital Universitario del Valle, adonde acudía como voluntaria.

Y en las noches, hoy dormía en casa de una familia amiga, mañana en la de otra, hasta que un grupo de benefactores se unió para pagarle el alquiler de un apartamento en los alredores del futuro hogar.

Por fin, la religiosa organizó una eucaristía un día de febrero de 2001 para poner la primera piedra de la casa y decidió que “el Padre Celestial sería el dueño de la obra, Jesús el maestro de construcción, la Virgen la interventora y yo la secretaria”.

Aun así, fueron varias las veces en las que aquella ceremonia tuvo que repetirse tras el estancamiento obligado de los trabajos. Al fin, tres años más tarde pudo recibir a sus primeros siete huéspedes, quienes urgían aprender a escribir muchas páginas de amor, alegría y esperanza.

Stefanía, hoy estudiante de noveno grado en la Normal Superior Farallones de Cali, es uno de los ‘frutos’ que podría mostrar el orgullo mundano de la hermana Elsa María, si lo tuviera...

Llegó hace tres años, de la mano de su abuela, cuando tenía 14 de edad y apenas cursaba quinto de primaria, y cuando el silencio pretendía borrar las huellas de una violación.


“Yo me puse feliz de quedarme en la fundación, de no volver a casa con ella, a que me golpearan, a que no me dieran amor”, dice quien ahora sueña con estudiar criminalística y disfruta los paseos que la religiosa organiza al Lago Calima o a Jamundí.

Pero la transformación de su vida, como la de muchas otras niñas no ha sido fácil. El maltrato infantil suele dejar huellas de desamor y rebeldía que la religiosa, como toda buena mamá, ha aprendido a sortear, ya con ternura, ya con disciplina.

Todo porque esta monja por devoción y madre por convicción o viceversa entendió que más allá de los rezos y la vida contemplativa hay otras formas de transmitir la misericordia de Dios.

Contrariando su espíritu humilde, el Club Rotario de Cali le entregó una condecoración a la hermana Elsa María, en reconocimiento a la labor que ha realizado en la ciudad durante más de 10 años.

Esta entidad también le donó una camioneta, gracias a la cual la hermana ha podido llevar a sus ‘hijos’ al Lago Calima, Jamundí y hasta Pereira.

A su vez, monseñor Juan Francisco Sarasti [arzobispo de Cali del 2002 al 2011, ya jubilado, nota de ReL] le ha pedido a la religiosa que escriba un libro contando su vida y su obra, pero ella aún no se decide a obedecerle.