Solo fueron veinticuatro años de vida y apenas tres de reinado, pero la indeleble impronta de María Cristina de Saboya, reina consorte de las Dos Sicilias, quedará consolidada con su beatificación, prevista para el próximo 25 de enero.


Pese a que su impecable linaje -era hija de un rey de Cerdeña-Piamonte y de una archiduquesa de Austria y bisnieta de Felipe V de España- le auguraba, en principio, una existencia cómoda, su vida nunca fue un camino de rosas.

De entrada, porque cuando vino al mundo el 14 de noviembre de 1812 lo hizo en el exilio o -por lo menos- en el medio exilio: nació en Cagliari, capital de Cerdeña, pero no lo pudo hacer en Piamonte, el territorio histórico de su dinastía, porque estaba ocupado por las tropas napoleónicas.

Sus primeros años fueron felices hasta que, a la edad de nueve años, vivió la abdicación de su padre. Esta renuncia fue el inicio de una época de inestabilidad -vivió en Niza, Moncalieri y Módena, hasta que se asentó en Génova junto a su madre y su hermana- y de luto familiar: antes de cumplir 20 años de edad, ya había perdido a sus dos progenitores.

Superó todos estos obstáculos gracias a la fe católica inquebrantable que tuvo desde niña; no en vano fue consagrada a la Virgen el mismo día de su bautizo.


La princesa quería ser monja pero entre su familia, el entorno cortesano y su confesor la empujaron a contraer el matrimonio dinástico que le estaba reservado.

El elegido era Fernando II de las Dos Sicilias, que reinaba sobre un territorio, Nápoles y Sicilia, cada vez más convulso: estaba, más que otros territorios de la península italiana, sometido a la presión -embrionaria pero ya agobiante- de un liberalismo masón que quería unificar a Italia en un mismo Estado.

A María Cristina le costó aceptar: “Sigo sin entender cómo haya podido acabar, teniendo en cuenta mi carácter, por cambiar de opinión y decir que sí; el asunto solo puede explicarse por mi sometimiento a la voluntad de Dios, para la que nada es imposible”.

Una voluntad de Dios que empezó a cumplir el 20 de noviembre de 1832, día de su boda. El Rey y ella destinaron parte de la cantidad destinada a los festejos a establecer la dote de otras 240 esposas del reino y a la recuperación de objetos empeñados por gente pobre en los Montes de Piedad.

Como escribe la historiadora Cristina Siccardi, “su credo católico no era un sentimiento sino un hecho de vida: asistía a misa a diario; no se acostaba sin rezar el Rosario; iba a ejercicios espirituales; mandaba parar su carroza cada vez que se cruzaba con el Viático, ante el que se arrodillaba aunque el suelo estuviese embarrado… y dio su traje de novia a una iglesia napolitana”.

No intervino directamente en política, pero tuvo una influencia positiva sobre su marido. Según cuenta un autor tan poco sospechoso de catolicismo y de monarquismo como Benedetto Croce, arrancó a su marido el indulto a muchos condenados a muerte, entre ellos a Cesare Rosaroll, que conspiró para asesinar a Fernando II.

Semejante bondad –ayudaba sin parar y donó ingentes cantidades de dinero a todo tipo de obras benéficas y culturales- desembocó en una inmensa popularidad.


Sin embargo, tres años después de su matrimonio seguía sin cumplir con su principal obligación, la de dar un heredero al trono. Por fin en la primavera de 1835 se quedó embarazada. El 18 de enero de 1836 nació el Príncipe Francisco, que sería el último Rey de las Dos Sicilias.

El parto fue complicado y la Reina Maria Cristina sabía que sus días estaban contados. El 31, casi sin fuerzas, cogió al recién nacido, lo llevó ante el Rey y le dijo: “Habrás de responder ante Dios y ante el pueblo; cuando crezca, le explicarás que he muerto por él”. A las pocas horas, expiró.