Fuera de cámara, antes de empezar la entrevista, su protagonista rezó: "Para encomendarla a Dios, que no sea yo sino Él en mí, que lo que pueda decir pueda tocar corazones".

No es bueno que Dios esté solo
, el programa de Gonzalo Altozano en Intereconomía TV, comenzó y terminó este sábado a golpe de batería. A los mandos del instrumento, Jimmy Ríos (Nueva York, 1958), toda una historia personal vibrando a cada golpe de la baqueta: nació en una familia católica no practicante ("bautismo y primera comunión, hasta ahí, no hay más"), en Puerto Rico ingresó en un grupo juvenil evangélico ("hippies, me sentía muy bien"), dos años después se enroló en un circo como payaso y como mimo, y recaló en España.


Le gustó y se quedó, pero empezó otro infierno: las drogas. "Todas las que me pusieron por delante", admite, desde una raya a un canuto. "Te vuelves politoxicómano, y aunque lo dejes, eso es ya para toda la vida. Entonces tocas fondo y ¿quién está ahí para salvarte? Jesucristo", como fue en su caso.

Pero su tocar fondo adquirió una dimensión aún más dramática: "Tuve una novia que se quedó embarazada de mellizos y por causas naturales murió el mismo día en el que nos dieron la casa en la que íbamos a vivir tras casarnos. Se me fue la vida: mi futuro, el amor de mi vida y dos hijos. Toqué fondo, muy fondo, pero mucho... al borde de la muerte en dos ocasiones... ¿A quién recurres entonces? A Jesucristo".


Lo curioso es que, en ese trance, pese a ser evangélico (aunque "lejos del Señor"), acudió a una iglesia católica. Allí, Jimmy conoció a una chica que cantaba en misa y le invitó a ir el domingo siguiente e, inopinadamente para ella, fue: "Me quedé en el último banco, porque para mí, evangélico, las iglesias eran... brrr... con todas esas imágenes". 

Y entonces ella le invitó a ir a un grupo de oración de la Renovación Carismática Católica. Acudió, y aunque al principio se quedó en la puerta, sentado, al final algo le conmovió hondamente: "De repente miré al techo y dije: ¡Señor, me has pillado, de aquí no salgo!".

Ha permanecido vinculado a la Renovación Carismática, "una corriente dentro de la Iglesia católica donde se mueve el Espíritu Santo" y donde él sintió una imperativa llamada especial: "El Señor puso en mi corazón un deseo: ven a Mí, ¡ya!".

Él obedeció, y eso no le ha impedido hacer una brillante carrera en el ámbito de la música, donde ha sido batería con Ketama, Miguel Bosé, Joaquín Sabina o Javier Krahe. "Hay que cuidar el músico con el que tocas, por si las letras chocan con tu fe", afirma. Cuando eso ocurre, él lo discute con el artista. Como en el caso de su gran amigo Krahe, a quien le dijo un día en confianza: "Tú no eres ateo. Tú eres un creyente renegado".

Le duele que en su ámbito profesional se critique muchas veces a la Iglesia. Él sigue su camino y les anima "a creer en Dios y buscar en la Biblia (y en algún que otro libro de algún santo) las respuestas a las preguntas que tienen en su corazón".


Y dice más, y lo dice quien acababa de contar las circunstancias en las que se le fue la vida: "Hay que darle gracias a Dios por todo y en todo momento". Para eso reza y ora, una distinción entre dos actividades que le gusta hacer y que dejó clara para el telespectador: "Rezar es repetiendo, como en el rosario. Orar es hablar con Dios para contarle lo que te pasa".

Jimmy Ríos recomienda que la Iglesia apoye económicamente a "artistas cristianos que toquen bien, a buenas bandas, con buenas canciones", porque "evangelizan con la música". Le gustaría ver viento y arpa en los templos, y confiesa su debilidad por el órgano: "Y si es en una iglesia, me pierdo, y si huele a incienso, mejor".

Jimmy sortea la crisis económica dando clases, y sigue echando currículos, confiando siempre en la mano que lo dirige todo. "Señor, esto es para Ti", afirma al cerrar el sobre y dirigirse a la entrevista de trabajo: "Yo ya he sembrado".

Como lo hizo este sábado, tocando corazones según había prometido. Con mano de artista.