Probablemente, usted nunca ha oído hablar sobre el señor Lothar Kreyssig. Yo no sabía de él sino hasta hace poco. Sin embargo, luego de conocer su historia, me di cuenta que el señor Kreyssig fue un héroe de nuestros tiempos: un hombre que, tomándose un riesgo inimaginable, defendió la santidad de la vida humana.

En octubre de 1939, el Tercer Reich estableció lo que vino a conocerse como el programa “Acción T4”. Para poder llevar a cabo lo que los nazis denominarían “la higiene racial”, los burócratas de la Reich, en colaboración con los médicos, estaban autorizados para identificar y matar aquellos a quienes entendían eran “no merecedores de la vida”, o sea, poder institucionalizar los pacientes con “discapacidades severas”.

Claro está, las expresiones como “no merecedores” y hasta “severas” eran subjetivas. En la realidad, eran palabras de licencia para el genocidio. Hitler hizo un llamado para que, por lo menos, 70,000 personas murieran bajo este programa, por lo que los médicos y los oficiales acordaron el modo de poder cumplir con la cuota impuesta por el ‘Fuhrer’.

Temiendo una reacción doméstica e internacional, los nazis intentaron esconder lo que estaba sucediendo: ellos le mintieron a las familias de los pacientes, y en prefiguración a Auschwitz, ellos disfrazaban las cámaras de gas como unas duchas de baño.

Cuando yo pienso en lo que le ha sucedido a estas personas, especialmente a los niños – algunos como mi nieto autista, Max – se me parte el corazón, y me horrorizo.

Los nazis también hicieron grandes esfuerzos para proveer el legalismo necesario para los asesinatos: Hitler, personalmente, ordenó a los jueces alemanes que no se realizaran cargos en contra de los médicos por matar a sus pacientes. Y es aquí donde el señor Kreyssig tiene un rol: él era un juez de mucha estima, en la región de Sajonia, lugar de su procedencia.

Pero él era más que un juez. Kreyssig era un líder en la iglesia confesional, la cual se resistía a los esfuerzos del ‘Reich’ para convertir a las iglesias protestantes en iglesias nazis. Ser miembro de la feligresía confesional, y especialmente del liderato de la iglesia, era ser un blanco fácil de los nazis en cualquier momento.

Mientras más y más certificados de muerte para las personas con discapacidad mental eran enviados a su despacho, el señor Kreyssig se dio cuenta que algo terrible estaba pasando.

Le envió una carta al Ministerio de Justicia en la que protestaba, no sólo el programa “Acción T4”, sino también el trato dado a los prisioneros en los campos de concentración. Además, él radicó cargos por asesinato contra un médico por las muertes de sus pacientes.

Después de haber sido llamado para presentarse ante el Ministro de Justicia, se le dijo que el propio Hitler había implementado el programa. Al serle informado de ello, él respondió de la siguiente manera: “Las palabras del Fuhrer no establecen determinados derechos.”

El valor para decirle que “no” a un oficial de gobierno de la Alemania nazi fue un acto extraordinario. Al señor Kreyssig se le obligó acogerse al retiro. Aunque la Gestapo intentó que fuese enviado a un campo de concentración, el temor de atraer atención hacia el programa T4 fue lo que probablemente salvó la vida del señor Kreyssig.

Él señor Kreyssig pasó el resto del período de la guerra atendiendo su finca, y, por cierto, escondiendo judíos en su propiedad.

El único juez que se enfrentó a los nazis, sobrevivió “la Reich de los 1,000 años”, viviendo unos cuarenta y uno años más de vida. Y pasados veinte años desde su muerte, Alemania le construyó un memorial en honor a su valor y su compasión.

En una cultura donde, como estrategia para poder sobrevivir, se dice que es mejor no quejarse y hacer lo que le pidan a uno, el señor Kreyssig rehusó guardar silencio. Cuando la mayoría de los alemanes protestantes le hicieron modificaciones a su fe para acomodar las exigencias de la Reich, él rehusó conformarse y declaró claramente que existen leyes de mayor envergadura.

Podemos estar agradecidos de que, hoy día, la defensa de la santidad de la vida no requiere de actos valerosos como los del señor Kreyssig. Pero requiere de valentía en sí. Y requiere, además, de conocer al Verbo, de quien obtenemos nuestros derechos.