El Papa ha querido centrar la catequesis de la última Audiencia General anterior al Triduo Pascual en “las palabras que Jesús dirige al Padre durante el momento de su Pasión”.

De este modo, Francisco ha pedido que “para celebrar verdaderamente la Pascua, no sólo con el rito sino con la vida, apresurémonos, si aún no lo hemos hecho, a recibir el abrazo del Padre en la Confesión. De ahí proviene la alegría de sentirse amados y también la fuerza para perdonar a los que nos han hecho del mal”.

En su catequesis que recoge Vatican News, el Santo Padre reflexionó sobre tres palabras que Jesús dirige al Padre durante el momento de su Pasión. “La primera es: ‘Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo’. La gloria – precisó el Pontífice – significa la revelación de Dios como signo de su presencia salvadora entre los hombres. En la cruz, Jesús manifiesta su gloria porque es allí donde está realizando de forma definitiva la salvación a los hombres. La verdadera gloria es la del amor. En la Pascua – insistió – comprobamos cómo el Padre glorifica al Hijo, mientras el Hijo glorifica al Padre. Ninguno se glorifica a sí mismo, sino al otro. Así, el actuar de Dios nos tiene que interpelar, para que no busquemos nuestra propia gloria sino la de Dios y la de los demás”.

"Nos asombra como nunca antes"

Además, el Papa añadió que “la gloria, indica la revelación de Dios, es el signo distintivo de su presencia salvadora entre los hombres. Jesús es el que definitivamente manifiesta la presencia y la salvación de Dios. Y lo hace en Pascua: clavado en la cruz, es glorificado. Allí Dios revela finalmente su gloria: quita el último velo y nos asombra como nunca antes. Descubrimos que la gloria de Dios es todo amor: amor puro, loco e impensable, más allá de todo límite y medida”.

Del mismo modo, el Papa Francisco alentó a los fieles a hacer propia la oración para que se quite el velo de los ojos para que en estos días, mirando al Crucificado, acepten que Dios es amor. “¡Cuántas veces lo imaginamos como maestro y no como Padre, cuántas veces pensamos que es un juez severo en vez de un Salvador misericordioso! Pero en Pascua, Dios reduce las distancias, mostrándose en la humildad de un amor que exige nuestro amor. Nosotros, pues, le damos gloria cuando vivimos todo lo que hacemos con amor, cuando hacemos todo de corazón, como si fuera para Él”, sentenció.

En este sentido, el Santo Padre precisó que, “la verdadera gloria es la gloria del amor, porque es el único que da vida al mundo. Por supuesto, esta gloria es lo opuesto de la gloria mundana, que viene cuando uno es admirado, alabado, aclamado: cuando estoy en el centro de la atención. La gloria de Dios, en cambio, es paradójica: sin aplausos, sin público. Al centro no está el ‘yo’, sino el ‘otro’: en Pascua vemos que el Padre glorifica al Hijo mientras que el Hijo glorifica al Padre. Nadie se glorifica a sí mismo. Y en plena Pasión, Jesús dice: ‘Padre, en tus manos entrego mi espíritu’. El Espíritu que el Padre le había dado a Jesús, Jesús se lo devuelve al Padre. El mío se convierte en el tuyo. Así hace Dios, así hace el amor, así hace la salvación, que es un regalo de amor.

La verdadera gloria de Dios

“¿Cuál es la gloria por la que vivo? ¿La mía o de Dios? ¿Sólo deseo recibir de los demás o incluso dar a los demás?”, preguntó el Papa a los fieles que le escuchaban en la Plaza de San Pedro.

La segunda palabra – precisó el Papa Francisco – es: “Abbá”, papá. Jesús, cuando experimentó en el huerto de Getsemaní la angustia y la soledad ante su Pasión, se dirigió a Dios llamándolo “papá”.

El Papa explicó que Cristo enseña a tratar a Dios como un padre, porque en Él se encuentra la fuerza para seguir adelante en el dolor. En la desolación, Jesús no está solo porque está con el Padre. En cambio, en muchas ocasiones cuando se producen situaciones difíciles se prefiere muchas veces la soledad, antes que decir “Padre” y confiar en Él. En este aspecto, el Papa subrayo que, cuando en la prueba uno se encierra en sí se va hacia un doloroso camino introvertido que sólo tiene una dirección: más y más profundo en uno mismo. “El mayor problema – precisó el Pontífice – no es el dolor, sino cómo afrontarlo”.

La fuerza de la oración

“La soledad no ofrece salidas; la oración sí, porque es relación, confianza. Jesús confía todo y todos al Padre, llevándole lo que siente, apoyándose en él en la lucha. Cuando entremos en nuestro Getsemaní, recordemos orar así: Padre”-.

Finalmente, el Papa Francisco indicó la última oración de Jesús:”Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Él reza por los que lo están crucificando. Era el momento más agudo de dolor; pero es ahí donde se llega al culmen del amor, en el perdón, que rompe el círculo del mal. Jesús reza por nosotros al Padre, para que nos envuelva con su misericordia, que trasforma y sana el corazón. “En estos días – concluyó el Papa – rezando el Padre Nuestro, podemos pedir una de estas gracias: vivir nuestros días para la gloria de Dios, es decir, con amor; saber confiarnos al Padre en las pruebas; encontrar en el encuentro con el Padre el perdón y el valor para perdonar. El Padre nos perdona y nos da el valor para perdonar”.