Ante la terrible emergencia de los 629 refugiados que han llegado el domingo al puerto de Valencia, recobra gran actualidad lo que escribí hace unos meses y que glosaré en este artículo. Estos días estamos sobrecogidos ante el drama de los refugiados, huidos, inmigrantes que llegan a nuestra tierra, a las puertas de Europa pidiendo ayuda y acogida. No podemos permanecer indiferentes, menos aún los cristianos, ante este hecho de tan grandes magnitudes en nuestro tiempo. Ante este hecho, tan dramático e inhumano de los 629 africanos subsaharianos que han venido aquí, Valencia y particularmente la diócesis valenciana está reaccionando, creo, ejemplarmente, como me dijo el Papa la semana pasada a propósito, para entendernos, de la emergencia del barco «Aquarius».

 

La magnitud y gravedad del asunto del «Aquarius» nos está haciendo tal vez olvidar el drama de esos otros miles que nos llegan por pateras u otros medios estos días a las costas  españolas, especialmente las andaluzas, también a las italianas. No los podemos olvidar, ni cerrar nuestros ojos ante el drama del África subsahariana, o del África en general, ni ante los macabros negocios de las mafias, a las que hay que perseguir y eliminar, por su corrupción más terrible: eso sí que es corrupción a lo grande, y se debe reaccionar con todo vigor y energía porque tratan con vidas humanas y se enriquecen con vidas humanas.

 

Pensemos, por ejemplo, las fuertes sumas de dinero que han tenido que pagar los padres –¡nada menos!– de esos niños que han viajado solos en el «Aquarius», y pensemos además, por otra parte, en las grandes riquezas que gobiernos y mandatarios desaprensivos de África están obteniendo y acumulando de la opresión y subdesarrollo a que están sometiendo a sus pueblos, o la esclavitud que de ellos, de esos mandatarios, y la complicidad culpable y criminal de ellos, que lo permite, tolera, o hace la vista gorda: nunca, ni siquiera, en la época de la esclavitud de los pueblos africanos y el traslado y venta como esclavos de los siglos XVII al XIX, sobre todo a América, ha ocurrido nada semejante.

 

Y Occidente, y los países de la opulencia, europeos o de otras partes, sin tomar las medidas urgentes y adecuadas, que conjuntamente deberían adoptarse, sin miras ni intereses particulares o bastardos incluso. Me temo que pudiera haber complicidad de quien sea también en esto, al menos por estar mirando a otra parte sin ponerse de acuerdo en que debería ser prioritario adoptar medidas que corrijan estas situaciones inhumanas.

 

Sé que el asunto es complejo y delicado. Razón de más para actuar conjuntamente, pero actuar. En todo caso, no soy político ni la Iglesia puede permitirse ninguna injerencia política, pero nada verdaderamente humano puede dejar indiferente al seguidor de Jesucristo, a la Iglesia, para inhibirse ante la terrible desgracia de las gentes que nos llegan. La Iglesia, como dijo el Papa Francisco en una ocasión «ha de acoger, proteger, promover e integrar a los emigrantes y refugiados». Eso es lo que estamos haciendo en la diócesis de Valencia, colaborando coordinadamente con las autoridades autonómicas y locales, y con las nacionales, sin buscar aplauso ni mirar al tendido buscando el parabién o salir en los medios.

 

La emigración es un derecho que no se puede negar. Hay que reaccionar ante este hecho y este derecho, mostrar sensibilidad especial hacia él, hallar cauces y respuestas justas y equitativas para él. Habrá que buscar y darle soluciones, que seguro que las hay, innegablemente; reclamará muchas reformas y cambios en la sociedad mundial y habrá de favorecer e impulsar, sobre todo, en los países de origen, nuevas condiciones de vida; habrá que posibilitar un nuevo orden internacional justo y humano, no el nuevo orden mundial que se viene fraguando en una verdadera obra de ingeniería social; los países receptores de emigrantes habrán de cumplir con el deber de ordenar la inmigración para evitar conflictos y evitar que, en un plazo no lejano, pierdan su identidad y su unidad. ¿Qué se hace en los países de origen y con los países de origen? ¿Cuáles son las motivaciones y las causas que están produciendo esta catástrofe mundial? ¿Quiénes están dentro o detrás de estos movimientos que no son casuales? ¿Cuál es, aunque sea una pregunta políticamente incorrecta, el juego de, digamos, el yihadismo, el llamado «estado islámico», los imperios de Oriente, u otras formas anónimas económicas ocultas pero existentes como verdaderos imperios que están trayendo ruina, u otros movimientos que favorecen esta situación tan dramática? ¿Qué se espera del futuro de Europa, de los países europeos, o qué se espera de Europa que sea dentro de pocos años?

 

Hemos de ser lúcidos y prudentes, que no significa, en modo alguno, desatender ya y sin más demora a nuestros hermanos que nos llegan y que claman y gritan buscando justamente una situación distinta a la que están soportando y sufriendo con gran sufrimiento, en su origen. No podemos pasar de largo y dar un rodeo con comentarios que señalan culpables o dan soluciones de «barra de bar» para que las solucionen los que tienen el poder de los pueblos. Habrá que actuar sin ponerse nerviosos, pero actuar y pedir o reclamar que se actúe; habrá actuar colaborando con los poderes públicos, con los Estados y gobiernos que correspondan, pero actuar sin más dilaciones y paliar esta situación hasta que se encuentren soluciones globales y verdaderas; habrá que actuar denunciando, pero la denuncia sola no soluciona las cosas, hay que atender a los que nos llegan sabiendo que aquí los vamos a recibir como hermanos: «Obras quiere el Señor», diría Santa Teresa de Jesús. Para eso hay que reconocer que no estamos preparados: que no tenemos la suficiente fe, ni somos capaces de mayor caridad, heroica caridad, ni de mayor misericordia y nos coge sin saber qué hacer y cómo hacer. Pero hay que hacer algo.

Publicado en La Razón el 20 de junio de 2018.